Cuando las profundidades del mar ocultan secretos ancestrales y los ecos de la venganza susurran a través de las corrientes, solo las valientes sirenas de Mirthalia pueden desafiar el destino.
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Capítulo 18: La Última Resistencia
El regreso de Selene a la conciencia plena no fue un despertar dulce, sino un choque violento contra la realidad. Cada recuerdo recuperado en el Templo de los Ecos Perdidos era una aguja de hielo clavándose en su pecho. Recordaba el sabor de la traición, el peso de la corona de su madre y, sobre todo, el sacrificio que Marinus había hecho por ella. Mientras nadaban de regreso hacia las ruinas de Mirthalia, el agua grisácea y muerta se sentía como una mortaja que amenazaba con asfixiarlos a todos.
—¿Estás bien? —la voz de Marinus la sacó de sus pensamientos. Él nadaba a su lado, sus movimientos ahora imbuidos de una elegancia depredadora que antes no poseía. Sus ojos ya no eran los de un humano corriente; brillaban con la luz de las profundidades.
—Estoy... abrumada —confesó Selene, deteniéndose cerca de una columna de mármol derruida—. Recordar quién soy es como llevar el océano entero sobre mis hombros. Pero lo que más me duele es haberte olvidado, Marinus. Haber sentido que eras un extraño cuando tú habías dado tu humanidad por mí.
Marinus tomó su mano, entrelazando sus dedos. El contacto envió una descarga de calidez a través del frío de la Muerte Gris.
—No me perdiste, Selene. Estaba esperando a que volvieras. Pero ahora no somos los mismos. El mundo ha cambiado, y nosotros con él. Mira a tu alrededor.
Mirthalia, la joya del océano, estaba sitiada por el silencio. Los rebeldes de los "Hijos de la Marea", una mezcla inverosímil de sirenas leales y humanos que habían huido de la superficie, se agrupaban en las cuevas periféricas. Sebastián estaba allí, organizando las defensas con una expresión sombría. Al ver a Selene, el viejo general se arrodilló, y tras él, cientos de soldados hicieron lo mismo.
—Alteza —dijo Sebastián—. Hemos perdido la mitad de la ciudad ante la niebla de Pelagios. Los que tocan el agua gris pierden la voluntad y se convierten en cáscaras que obedecen sus órdenes. Si no atacamos el corazón del Abismo esta noche, no quedará reino que gobernar.
Selene miró a sus amigas. Coralia sostenía un tridente de obsidiana, Ariel revisaba sus flechas de cristal y Ondina canalizaba pequeños remolinos para limpiar el agua a su alrededor. Estaban cansadas, heridas, pero sus ojos ardían con la misma chispa que la suya.
—No vamos a atacar para recuperar un trono —dijo Selene, su voz proyectándose a través de la corriente con una autoridad que hizo vibrar el coral—. Vamos a atacar para que el mar vuelva a respirar. Esta es nuestra última resistencia. Si fallamos aquí, la sombra de Pelagios se extenderá hasta la última gota de agua del mundo.
—¿Cuál es el plan? —preguntó Ariel, acercándose—. Pelagios se alimenta del vacío. Cada vez que usamos magia contra él, parece hacerse más fuerte.
—Ese es el problema —explicó Selene—. Hemos estado usando el Prisma y el Corazón como armas individuales. Pero mi visión en el templo me mostró que son parte de una frecuencia mayor. No debemos atacar el Abismo, debemos *llenarlo*. El vacío solo existe donde no hay luz ni amor. Suena simple, pero el costo es la entrega total de nuestra esencia.
—¿Otra vez un sacrificio? —preguntó Coralia con amargura—. Selene, ya diste tu mente. Marinus dio su vida humana. ¿Qué más quiere este destino de nosotros?
—No es un sacrificio de muerte, Coralia —respondió Selene con suavidad—. Es un sacrificio de unión. Humanos y sirenas, luz y sombra. Tenemos que vibrar en una sola nota.
Las horas siguientes fueron un torbellino de preparativos. Selene pasó tiempo con cada uno de ellos, compartiendo palabras que sabían a despedida. Se acercó a Marinus, quien observaba el horizonte donde la neblina gris se encontraba con la superficie.
—Mi padre está allí —dijo Marinus sin girarse—. Lord Delmar cree que si ayuda a Pelagios, obtendrá la inmortalidad. No sabe que solo está comprando un lugar en primera fila para su propia aniquilación.
—No puedes salvarlo, Marinus —susurró Selene, abrazándolo por la espalda. Sintió la tensión en sus músculos—. Hay personas que eligen la oscuridad porque temen el brillo de los demás.
—Lo sé. Pero me duele que la sangre que corre por mis venas sea la misma que ha causado tanto daño. Aunque ahora... —miró sus manos palmeadas— mi sangre es más tuya que suya.
—Siempre lo fue en espíritu —Selene lo obligó a mirarla—. Marinus, si algo sucede allí abajo... si la magia nos consume... quiero que sepas que el beso en el templo fue lo único que me mantuvo conectada a la vida cuando estaba perdida en la nada.
—Nada nos separará —prometió él, sellando el pacto con un beso breve pero cargado de una urgencia eléctrica—. Ni el Abismo, ni el cielo.
Al caer la medianoche, el ejército de la última resistencia se puso en marcha. Se dirigieron hacia la Grieta del Olvido, el lugar más profundo de Mirthalia, donde la presión era tan fuerte que aplastaría a un humano normal, pero Marinus ahora soportaba con facilidad.
A medida que descendían, los ecos de antiguos poderes comenzaron a resonar. Eran cantos olvidados, voces de reinas muertas y susurros de la tierra. La Muerte Gris se volvió más densa, como un lodo que dificultaba el nado. Entonces, lo vieron.
Pelagios no era ya una sirena. Era una masa colosal de sombras entrelazadas con restos de barcos y huesos de ballenas, un titán de rencor que palpitaba en el centro de la grieta. A su alrededor, cientos de sirenas esclavizadas nadaban en círculos perfectos, sus ojos blancos fijos en la nada.
—¡HABÉIS VENIDO A ENTREGARME LO QUE ME FALTA! —la voz de Pelagios no se oía con los oídos, sino que retumbaba en los huesos—. ¡SELENE, HIJA DE LA NADA, DAME EL PRISMA!
—¡Ven a buscarlo, traidor! —gritó Sebastián, lanzando la primera carga.
La batalla estalló con una violencia inaudita. Rayos de luz mágica chocaban contra ráfagas de agua negra. Coralia y Ariel se sumergieron en la melé, luchando contra sus propios hermanos y hermanas que habían sido corrompidos. El dolor de herir a los suyos era evidente en sus rostros, pero sabían que no había otra forma.
Selene y Marinus avanzaron hacia el centro, protegidos por un círculo de fuego fatuo creado por Ondina. La presión de la magia oscura era tan intensa que Selene sentía que su piel iba a estallar.
—¡Ahora! —gritó Selene.
Ella alzó el Prisma de Étermar y Marinus sostuvo el Corazón de la Tierra. Pero esta vez, no intentaron disparar energía. Cerraron los ojos y comenzaron a cantar. No era una canción de guerra, sino la nana que la madre de Selene le cantaba. Una canción de cuna sobre el equilibrio entre la marea que sube y la que baja.
Los ecos de los antiguos poderes respondieron. El templo, los corales, incluso las piedras del fondo marino empezaron a brillar. El campo de batalla se transformó en un teatro de luces ancestrales.
—¡NO! ¡ESTO NO ES POSIBLE! —rugió Pelagios, sintiendo cómo su vacío era invadido por algo que no podía consumir—. ¡EL ODIO ES ETERNO!
—El odio es solo ausencia de algo más —respondió Selene, abriendo los ojos, que ahora irradiaban una luz blanca cegadora—. Y nosotros estamos aquí para llenar ese espacio.
La batalla alcanzó su clímax cuando una onda de choque dorada se expandió desde Selene y Marinus, barriendo la neblina gris y revelando, por un instante, la verdadera belleza que el mar ocultaba. Sin embargo, en el rincón más oscuro, una sombra se desprendió del cuerpo de Pelagios y se lanzó hacia Marinus con un puñal de obsidiana.
—¡MARINUS, CUIDADO! —gritó Selene, rompiendo el círculo.
El choque de poderes fue tan grande que la realidad pareció rasgarse, y con un estallido que iluminó todo el océano, la última resistencia se enfrentó a su destino final.