Un contrato por deber. Un secreto por proteger. Un amor nacido de la amargura.
NovelToon tiene autorización de Genesis Paz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 9: El Dulce Motivo
Benerice pasa las noches siguientes en un estado de vigilia creativa. La oficina de Julian es un entorno de una exigencia abrumadora, y ella sabe que no puede simplemente llegar con una bandeja de dulces y esperar que el respeto caiga del cielo. Necesita una estrategia, una que encaje con la mentalidad calculadora de su marido.
Durante el día, se dedica a observar. Se queda en su despacho analizando los flujos de trabajo, dándose cuenta de que entre las dos y las tres de la tarde, la energía de la planta cae en picado. Las caras se vuelven grises frente a los monitores, y la tensión entre los departamentos de finanzas y legal es casi palpable. Es ahí, en esa grieta de cansancio, donde ella planea insertar su propuesta.
Pero antes de actuar, debe enfrentarse al hombre que marca el ritmo de su vida.
Una tarde, tras varios días de silencio absoluto en los que Julian apenas la ha mirado al cruzarse en los pasillos, Benerice toma coraje y llama a la puerta de su despacho.
—Adelante —la voz de Julian suena profunda, con esa autoridad natural que la hace dudar por un segundo.
Al entrar, lo encuentra de pie frente a un panel de cristal lleno de anotaciones y proyecciones de mercado. Julian se quita las gafas de lectura y la observa. Su mirada es inteligente y amargada, evaluando su presencia como si fuera un informe pendiente.
—Has estado muy callada estos días, Benerice —dice él, apoyándose contra su escritorio con una elegancia varonil—. Empezaba a pensar que habías vuelto a tu estado de fantasma doméstico.
—Estaba observando, Julian —responde ella, forzando a su voz a no temblar—. He analizado los informes de Clara y he visto las horas de mayor fatiga en el personal. Mi plan de bienestar no es solo "dar dulces", es una intervención estratégica en la moral del equipo.
Julian arquea una ceja, un destello pícaro y curioso asomando tras su máscara gélida.
—¿Estratégica? Explícate.
—Mañana por la tarde voy a implementar una prueba piloto —continúa ella, ganando confianza—. He horneado yo misma lo que serviremos, para asegurar la calidad. Quiero demostrar que un pequeño incentivo sensorial puede mejorar la productividad de la última hora del día.
Julian camina hacia ella, acortando la distancia con esa parsimonia dominante que siempre la hace sentir pequeña. Se detiene a escasos centímetros, y Benerice percibe el aroma a sándalo y café que lo acompaña siempre.
—Una tarta de limón no va a cerrar un trato de mil millones, Benerice —murmura él, inclinándose un poco hacia ella—. Pero admito que tienes un talento inusual para la insistencia silenciosa.
Él alarga la mano y, en un gesto que le recuerda a su adolescencia, le aparta un mechón de pelo de la cara. Su tacto es cálido, un contraste violento con la frialdad de sus palabras.
—Recuerdo cuando tenías doce años —dice Julian, su voz tornándose nostálgica y algo ruda—. Te escondiste en la despensa durante la fiesta de compromiso de Isabella y mía porque no querías que nadie te viera comer. Isabella se burló de ti, dijo que eras vulgar por no tener autocontrol. Yo te encontré con merengue en la nariz y te di mi pañuelo. Te dije que el secreto para disfrutar de algo es hacerlo con la cabeza alta.
Benerice siente que el corazón se le oprime. El recuerdo de su hermana siempre es una sombra entre ellos.
—Lo recuerdo. Me dijiste que no me escondiera.
—Y aquí estás, intentando esconderte detrás de un proyecto de Recursos Humanos —dice él, su mirada volviéndose demandante—. Mañana veremos si ese "Momento Dulce" es una estrategia real o solo una excusa para que sigan viéndote como la niña asustadiza de la despensa. No me decepciones, Benerice. No me gusta perder el tiempo.
Él vuelve a su panel de cristal, ignorándola de nuevo por completo. Benerice sale del despacho sintiendo el peso de la expectativa.
Al día siguiente, a las 14:30, el aroma a vainilla, chocolate amargo y limón empieza a filtrarse por los conductos de ventilación del piso 32. Benerice, con la ayuda de una Clara sorprendida pero entusiasmada, coloca las bandejas en la zona de descanso común. Ha preparado trufas de chocolate con sal marina y pequeñas tartaletas de limón con un merengue ligero.
El efecto es casi instantáneo. Los empleados, acostumbrados al rigor grisáceo de la oficina, se acercan con curiosidad. Las conversaciones empiezan a fluir de una manera distinta; la tensión de la mañana parece disolverse entre bocados de azúcar y cacao.
Benerice observa desde la distancia, con las manos entrelazadas tras la espalda. Ve a la gente sonreír, ve cómo el ambiente cambia. Pero su mirada se desvía hacia la puerta del despacho principal. Julian sale, seguido por un grupo de ejecutivos. Se detiene un momento, observando el "desorden" dulce que su esposa ha creado.
Sus ojos azules se encuentran con los de ella a través del pasillo. Julian no sonríe, pero asiente casi imperceptiblemente antes de tomar una de las trufas y seguir su camino hacia la sala de juntas.
Benerice exhala un suspiro que no sabía que estaba reteniendo. Ha ganado una pequeña batalla contra el silencio y la amargura. La gente de la oficina empieza a mirarla de otra manera, no solo como "la viuda de la sombra de Isabella", sino como alguien que ha traído un poco de luz a su encierro de cristal.
Sin embargo, mientras disfruta de su pequeño éxito, ve a lo lejos a un antiguo socio de su padre hablando con Julian, mirándola con una expresión que vaticina que no todos en Blackwood Global están dispuestos a aceptar que la "niña asustadiza" ha empezado a reclamar su lugar.