Mi vida nunca fue mía. Primero fueron los golpes de mi padre y sus gritos recordándome que no valía nada, hasta que finalmente decidió ponerme un precio. Me vendió como si fuera un objeto para pagar su maldita deuda.
Ahora mi dueño es Dante.
Él es frío, letal y no tiene piedad con nadie, pero me necesita para llevar las cuentas de su imperio. Pensé que pasaría de un infierno a otro, pero en sus ojos oscuros encuentro algo que nunca conocí. Ahora estoy atrapada entre los números de la mafia y el deseo por el hombre que me compró.
¿Se puede amar a quien te posee?
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Capítulo 21: Sombras en la alcoba y fuego en el
POV: Alessia
Cerré la puerta con llave, pero la furia no se quedó fuera. Caminé de un lado a otro de mi habitación, todavía con el vestido esmeralda puesto, sintiendo que las paredes de la mansión Vitale se me echaban encima. Dante es insoportable. Un segundo me besa hasta dejarme sin aliento y al siguiente me trata como a una prisionera de su guerra familiar.
Me dejé caer en la cama, mirando al techo, pero los ojos oscuros de Dante seguían ahí, quemándome en la memoria. Estaba a punto de quitarme los zapatos cuando escuché un ruido suave. No venía del pasillo. Venía de la puerta comunicante entre nuestras habitaciones.
Esa puerta que, por contrato, debería estar cerrada.
El pomo giró lentamente. Mi corazón dio un vuelco, golpeando contra mis costillas. No tuve tiempo de reaccionar antes de que la silueta de Dante apareciera en el umbral. No llevaba la chaqueta del traje, y su camisa blanca estaba desabrochada hasta la mitad del pecho, con las mangas remangadas. Se veía peligroso, desordenado y terriblemente atractivo.
—Te dije que cerraras la puerta —dijo con esa voz grave que parece vibrar en el suelo.
—Cerré la del pasillo, Dante. No pensé que entrarías aquí como un delincuente —respondí, sentándome en la cama y tratando de ocultar que me temblaban las manos—. ¿Vienes a darme más órdenes o a terminar de arruinarme la noche?
Él no respondió de inmediato. Caminó hacia mí con una lentitud depredadora, deteniéndose justo frente a la cama. El olor a sándalo y a la noche siciliana lo envolvía.
—Vengo a decirte que no vuelvas a mencionar a Marcello delante de Enzo. Ni de nadie —se inclinó, apoyando las manos en el colchón, a ambos lados de mis piernas, atrapándome—. Estás jugando con cosas que no entiendes, Alessia.
—Entiendo más de lo que crees. Entiendo que te da miedo que descubra que tu tío es un ladrón. ¿O es que tienes miedo de lo que él pueda hacerme?
Dante acortó la distancia. Su rostro quedó a centímetros del mío, y por un momento, la rabia desapareció, devorada por esa electricidad insoportable que nos persigue desde el restaurante.
—Tengo miedo de lo que yo pueda hacerte si sigues provocándome así —susurró contra mis labios.
Sentí su mano subir por mi muslo, rozando la seda del vestido. El contacto me quemó. Mis dedos se enredaron en el cuello de su camisa, atrayéndolo más, desafiándolo a que cruzara la línea. Estábamos ahí, en el borde del abismo, con el silencio de la noche como único testigo. Su respiración se mezcló con la mía, y justo cuando sus labios rozaron los míos en un beso que prometía incendiar la habitación... se detuvo.
Se separó de golpe, con la mandíbula apretada.
—Duerme, Alessia. Mañana será un día largo.
Y antes de que pudiera gritarle que era un cobarde, se dio la vuelta y salió por donde vino, dejándome con las ganas y una frustración que me impidió pegar ojo en toda la noche. ¡MALDITO SEAS DANTE VITALE !
POV: Dante
No dormí. Pasé la noche contando los minutos, odiándome por haberme detenido, pero sabiendo que si no lo hacía, no habría vuelta atrás. Alessia no es solo una mujer en un contrato; es la luz que no debería tocar mi oscuridad.
A la mañana siguiente, bajé al comedor esperando verla cansada o arrepentida. Pero lo que encontré fue mucho peor: una mujer decidida a hacerme pagar por cada segundo de mi autocontrol nocturno.
Alessia ya estaba sentada a la mesa, luciendo impecable. Mis padres estaban en sus sitios habituales, y Enzo estaba en un extremo, lanzándole miradas que ella ignoraba con una maestría glacial. Ni siquiera me saludó cuando me senté en la cabecera. Estaba demasiado ocupada untando mermelada en una tostada con una calma que me puso en alerta inmediata.
POV: Alessia
Dante cree que puede entrar en mi habitación, ponerme nerviosa y luego irse como si nada. Pero hoy, en este desayuno, le voy a recordar que yo también sé jugar, y que no necesito a nadie más para sacarlo de sus casillas.
Me quité uno de mis zapatos bajo la mesa, aprovechando que el mantel largo ocultaba mis movimientos de la vista de sus padres y de un Enzo que intentaba en vano llamar mi atención. Con un movimiento lento y calculado, subí mi pie descalzo por la pierna de su pantalón de sastre.
Sentí cómo Dante se tensaba al instante, su espalda poniéndose rígida como una columna de mármol. Sus ojos se clavaron en los míos, pero yo mantuve una expresión de absoluta inocencia mientras le pasaba el azúcar a su madre.
—Dante, querido —dije, deslizando mis dedos del pie hacia su rodilla, ejerciendo una presión deliberada—, pareces un poco cansado. ¿No descansaste bien anoche?
Dante se atragantó con el café negro. Tuvo que dejar la taza bruscamente sobre el plato, provocando un tintineo metálico que llamó la atención de todos.
—¿Estás bien, hijo? —preguntó su padre, levantando la vista de su periódico.
—Sí... solo... el café estaba más fuerte de lo que esperaba —respondió Dante entre dientes. Su mirada era una promesa de fuego, pero bajo la mesa, sus manos se cerraron en puños sobre sus muslos, tratando de no reaccionar ante el recorrido de mi pie, que ahora subía peligrosamente hacia la parte interna de su pierna.
—A veces lo que parece fuerte al principio termina siendo... adictivo, ¿verdad? —continué, dedicándole una sonrisa radiante antes de morder mi tostada—. Por cierto, ya que hoy tengo que trabajar en el despacho contigo, espero que no seas tan aburrido como anoche. Hay ruidos que no dejan dormir, y me gustaría terminar las cuentas pronto para... desquitarme.
Vi cómo la vena de su cuello empezaba a latir con fuerza. Enzo intentó decir algo sobre los caballos, pero yo lo corté con una mirada tan cortante que se dedicó a mirar su plato de huevos revueltos. Mi atención estaba puesta únicamente en el hombre que intentaba mantener la compostura mientras yo le prendía fuego debajo del mantel.
—Alessia —la voz de Dante fue un gruñido bajo, una advertencia que solo yo pude interpretar—. El desayuno ha terminado. Tenemos mucho que hacer.
—Pero si apenas he probado el croissant —protesté con fingida tristeza, mientras mi pie encontraba un punto especialmente sensible en su muslo.
Dante no aguantó más. Se levantó de la silla con tal brusquedad que el ruido hizo que incluso sus padres se sobresaltaran.
—¡Al despacho! —ordenó, rodeando la mesa en dos zancadas—. Ahora mismo.
—¡Qué dedicación al trabajo! —comentó su madre con una sonrisa de aprobación—. Me alegra ver que se llevan tan bien en los negocios.
Dante me tomó de la muñeca. Esta vez no puse resistencia. Me calcé el zapato rápidamente y lo seguí con una sonrisa triunfal. Mientras cruzábamos el pasillo hacia su despacho, él no me soltó. Al entrar, cerró la pesada puerta de roble de un portazo y me acorraló contra la madera, con los ojos echando chispas y la respiración entrecortada.
—¿Te crees muy graciosa, no? —me espetó, su cuerpo presionando el mío contra la puerta—. ¿Te divierte jugar con fuego delante de mi propia familia?
—Me divierte ver que el gran jefe Vitale es capaz de quemarse —le respondí, echando la cabeza hacia atrás, desafiante—.Crees que me iba a quedar de brazos cruzados después de lo que hiciste anoche. Considera esto mi factura por el mal rato.
Dante soltó una carcajada amarga, cargada de una posesividad que me hizo vibrar hasta los huesos.
—Pues prepárate, Alessia. Porque ahora que estamos solos, no hay mesa que nos separe. Y te aseguro que hoy vamos a revisar mucho más que los balances de Marcello.