Dentro de la Mafia Rusa, existen pactos, lealdades y acuerdos, es por eso que las hijas son monedas de cambios para el ascenso de los jefes de las familia, es un modo facil modo de obtener más poder..
La familia Lombardi resultado de la unión del hijo de un capo de la Cosa znostra Italiana con la unica hija del lugarteniente y mano derecha de la Mafia Rusa. Su decendencua fue su primogeniro Alexander y kas gemelas Laura y Lorena.
El hijo y futuro jefe de la mafia rusa elvfrio y cruel Dimitri Volkov, siente una pasión descontrolada por una de las gemelas, mientras es el mejor amigo de sus hermanos, es que Lorena es un espiritu libre que odia la vida de la mafia y sueña con escapar de eze mundo, no quiere ser como.su madre, una mujer triste que se refugia en frivolidades y alcohol para olvidar su triste vida.
Dimitri logra casarse con Lorena, pero ella no quiere ser su debilidad, ni la de nadie, es por eso que aprendio defenza personal, yvparticipa en peleas clandestinas
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Furia y posesiòn
Furia y posesión
En la fría y majestuosa oficina de Alexander Volkov, en el piso más alto del edificio corporativo de la familia, los dos promogenitos se enfrentaron con la tensión habitual que los caracterizaba. Alexander, el primogénito, heredero del imperio Lombardii y hombre de pocas palabras, recibió a Dimitri jefe de la mafia rusa con un gesto seco mientras repasaba documentos financieron haqueados a la competencia. Sin levantar la vista, le preguntó por el evento en Francia, por las conferencias, por los honores otorgados a los arquitectos. Pero su voz era gélida, y cuando sus ojos se cruzaron con los de Dimitri, la rivalidad entre ellos se hizo tan palpable como el aire helado que entraba por los ventanales.
Ambos compartían la misma abcesión, la misma frialdad calculadora, pero también una competencia soterrada que nada tenía que ver con los negocios. Alexander dejó la pluma sobre el escritorio y se recostó en su sillón de cuero negro. "Cuando vuelvas a inventar actividades como esa", dijo con un tono que no admitía réplica, "avísame con tiempo. No me gusta que mi hermana esté lejos de la familia. Hay mucho güitre revoloteando por ahí". La palabra "güitre", jerga para referirse a los hombres de dudosa reputación, v fue un dardo directo a Dimitri, una insinuación de que él mismo podría ser uno de esos peligros y detestables.
Dimitri sonrió, pero fue una sonrisa afilada como un cuchillo. Sus ojos grises brillaron con un destello de desafío mientras respondía, con una calma estudiada: "Lo tendré en cuenta para la próxima, hermano. Porque yo no puedo ser el niñero de las gemelas. Ya tienes suficientes empleados para eso, ¿o acaso crees que voy a pedirte permiso cada vez que quiera hacer un gesto de generosidad con los pasantes?" La tensión en la habitación aumentó varios grados. Alexander se levantó lentamente, rodeó el escritorio y se plantó frente a Dimitri, midiéndolo con la mirada.
Estaban a la misma altura, misma complexión, misma capacidad para la violencia contenida. "Cuida lo que haces con ellas, Dimitri", advirtió Alexander, su voz reducida a un susurro amenazante. "Laura y Lorena no son moneda de cambio en tus juegos de poder". Dimitri sostuvo la mirada sin parpadear, y por un instante pareció que estallaría una tormenta. Pero luego se apartó, ajustó el nudo de su corbata y dijo, casi con desdén: "Tranquilo, hermano mayor"." Solo son unas niñas ricas jugando a ser adultas". Salió de la oficina sin mirar atrás, pero sus puños estaban cerrados con tanta fuerza que las uñas se clavaban en las palmas.
En la Universidad de Moscú, Laura buscó a Karla entre los pasillos abarrotados de estudiantes de arquitectura. Había algo en la historia de su hermana que no le cuadraba, y estaba decidida a descubrir la verdad. Encontró a Karla sentada en una banca del patio central, hojeando un libro de texto mientras tomaba un café. Laura se sentó a su lado sin preámbulos y la encaró directamente. "Karla, necesito que seas honesta conmigo. ¿Por qué mi hermana no vino directo a casa después del evento en Francia?" Karla, que ya había recibido el mensaje de Lorena, mantuvo la compostura con una habilidad que sorprendió incluso a la propia Laura. Sonrió con naturalidad y respondió, mientras cerraba el libro: "Decidimos hacer una pijamada, Laura. Nada del otro mundo. Invitamos a Jon Jairo también, cosas de amigos íntimos".
Laura frunció el ceño, evaluando cada palabra. Karla, para disipar cualquier sospecha, añadió con un tono ligeramente burlón: "Pero si llego a saber que te interesa tanto lo que hace tu hermana, te hubiera invitado también. Aunque creo que ya tienes suficientes cosas con las que preocuparte, ¿no?" La indirecta fue clara: Laura era conocida por su carácter controlador y su tendencia a meterse en la vida de los demás. La aludida soltó una risa corta, incómoda, pero no insistió. Se despidió de Karla con un "cuídate" seco y se fue a su clase, aunque en su interior la duda seguía latiendo como una herida abierta. Karla, en cuanto Laura se alejó lo suficiente, sacó su teléfono y le escribió un mensaje urgente a Lorena: "Tu hermana está olfateando. Cuídate".
Esa misma tarde, en las oficinas de las empresas Volkov, la ausencia de Lorena no pasó desapercibida. Dimitri había llegado temprano, con la esperanza de verla, de cruzarse con ella en los pasillos, de rozar su mano al pasar los documentos. Pero su escritorio estaba vacío, y cuando preguntó por ella a su asistente, la respuesta fue un lacónico: "La señorita Lorena llamó para decir que se siente mal. No vendrá hoy". Dimitri sintió que algo estallaba dentro de él. No era ira, no exactamente. Era algo más primitivo, más visceral: el dolor de un depredador al que le arrebatan su presa justo cuando está a punto de devorarla. Se puso de pie de un salto y comenzó a caminar por su oficina como un león enjaulado. Serguei, su fiel jefe de seguridad, estaba recostado contra la pared con los brazos cruzados, observando la escena con una media sonrisa. "No que esa chiquita era algo sin importancia?", dijo Serguei, soltando una risa por lo baja que apenas se escuchaba. Fue el detonante.
Dimitri tomó el jarrón de cristal que adornaba su escritorio y lo estrelló contra la pared. Luego el portarretratos con la foto de sus padres, luego la taza de café, luego todo lo que encontraba a su paso: libros, carpetas, un pisapapeles de mármol. El ruido de los vidrios rotos y la madera astillada llenó la oficina mientras Serguei observaba impasible, sabiendo que cualquier intento de calmarlo únicamente empeoraría las cosas. Cuando Dimitri se detuvo, jadeante, con el traje cubierto de restos de café y cristales, Serguei se limitó a decir: "¿Le preparo el carro, jefe?" Dimitri asintió, sin palabras. Su mirada era la de un hombre que ha perdido el control y está dispuesto a recuperarlo cueste lo que cueste.
El carro blindado de Dimitri se detuvo frente a la mansión Lombardi con un chirrido de neumáticos que despertó a los perros del jardín. No llamó a la puerta. No avisó. Dimitri conocía los códigos de la cerca eléctrica y las contraseñas de las puertas traseras, después de todo, seguía siendo el jefe debla mafia rusa y amigo de la familia Lombardi. Entró sin hacer ruido, esquivando a los empleados domésticos, y recorrió la mansión hasta llegar al patio trasero. Allí, junto a la piscina de mosaicos azules, encontró a Lorena. No estaba enferma. Estaba tomando el sol en un diminuto traje de baño negro, sus piernas bronceadas brillando bajo el sol de la tarde, sus ojos cerrados mientras escuchaba música en sus audífonos.
Dimitri sintió que la furia y el deseo se fundían en una sola llama abrasadora. Se acercó a ella sin hacer ruido, y cuando Lorena abrió los ojos sobresaltados, ya era demasiado tarde. Él la tomó por el cuello, sin apretar lo suficiente para lastimarla, pero con la firmeza suficiente para inmovilizarla y la levantó del camastro. "¿Qué haces?", alcanzó a decir ella, mientras él la arrastraba hacia el interior de la mansión, específicamente hacia el baño de invitados que quedaba junto a la piscina. Una vez dentro, cerró la puerta con un golpe y la folló allí mismo, contra la pared de azulejos blancos, con una intensidad que dejaba claro que no era solo sexo, era un mensaje. Lorena, con los ojos abiertos de par en par por la sorpresa y el miedo, alcanzó a decir entre jadeos: "¿Estás loco? ¿Qué te pasa? Pueden vernos". Dimitri, sin detener el ritmo, respondió con voz ronca: "Si hubieras ido a mi empresa, te tomaría en mi oficina y nadie nos molestaría.
Esto es solo una muestra de lo que te haré si sigues evitándome, si sigues mintiendo sobre estar enferma".
Cuando terminaron, él se limpió con papel higiénico, y luego, con una frialdad que helaba la sangre, hizo lo mismo con ella, limpiándola como si fuera un objeto. Lorena aún no se lo creía. Estaba temblando, apoyada contra el lavabo, mientras Dimitri se ajustaba el pantalón. "Esto no puede repetirse", dijo ella con un hilo de voz, evitando su mirada. Dimitri se acercó a ella, le levantó el rostro con un dedo bajo la barbilla y le dijo, con una sonrisa que no tenía nada de cálida: "Escoge, a partir de hoy: mi oficina, o donde estés. Eso incluye la Universidad", para que no me digas luego que te alverti. Salió del baño sin esperar respuesta, dejando a Lorena sola, desnuda y temblorosa, sintiendo que el mundo que conocía se desmoronaba ladrillo a ladrillo.