Sin saber que él cayó primero en esa trampa de seda y misterio, Alicia guarda silencio. Ahora, el destino prepara su propia jugada: un encuentro casual en una cafetería a plena luz del día. ¿Bastará el eco de una voz o el calor de una mirada para reconocer al amor que juraron mantener en la oscuridad?
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capitulo 9
El jueves es, por mucho, el día más cruel de la semana. Es el día en que la realidad de mi oficina se siente más pesada y el deseo de ser otra persona se vuelve una punzada física en el centro del pecho.
Estoy sentada en la sala de juntas del grupo Orion. La mesa de caoba es tan larga que parece un puente hacia ninguna parte. A mi derecha, mi padre desgrana cifras con la precisión de una ametralladora. A mi izquierda, tres inversores asienten con la solemnidad de quienes están decidiendo el destino de un imperio. Yo tengo mi cuaderno de notas abierto, la pluma estilográfica lista, y mi mente a kilómetros de distancia.
—Alicia, ¿podrías explicarnos las implicaciones de la cláusula de rescisión en el mercado asiático? —la voz de mi padre me devuelve a la sala como un tirón de correa.
—Por supuesto —respondo, y mi voz sale perfecta. Fría, profesional, técnica.
Hablo durante diez minutos sobre arbitrajes, jurisdicciones y protecciones de activos. Nadie sospecha que, mientras mi boca pronuncia palabras complejas, mis dedos están acariciando inconscientemente el borde de mi cuaderno, recordando la textura de la camisa de seda negra de él. Nadie ve que mi pulso se acelera no por el negocio millonario, sino porque faltan exactamente veintiséis horas para volver a Anónimos.
Cuando la reunión termina, los hombres se dan la mano. Yo recojo mis carpetas. Siento que el traje gris me asfixia. El cuello de la blusa parece haberme robado dos centímetros de aire.
—Has estado brillante, Alicia —me dice uno de los socios—. Es un alivio saber que el bufete quedará en manos tan estables. Eres predecible, y en este negocio, eso es un cumplido.
Predecible. La palabra me golpea como un insulto.
Salgo de la oficina casi huyendo. Manejo hacia mi apartamento con la música apagada, necesitando el silencio para procesar la rabia que me provoca ser "la mujer predecible". Al llegar, no enciendo las luces. Camino directamente hacia el armario y abro la caja prohibida.
Ahí está ella. La peluca roja. Bajo la luz de la luna, el color parece vibrar. Es un carmesí que no pide permiso, un tono que no sabe de cláusulas ni de arbitrajes. La acaricio. Las fibras sintéticas están frías, pero representan el fuego que me mantiene viva.
Me miro en el espejo de cuerpo entero. Sigo vestida de abogada. El moño sigue perfecto. El rostro sigue siendo una máscara de corrección. Me pregunto si él me reconocería así. Me pregunto si, al verme sin el rojo de mi disfraz y sin la máscara de encaje, vería algo que valiera la pena. El miedo al rechazo me muerde por primera vez. ¿Y si solo ama a la mujer de la peluca roja? ¿Y si Alicia Vázquez es demasiado aburrida para un hombre que huele a sándalo y libertad?
Paso la noche en blanco, contando los minutos. El viernes amanece con una neblina que parece envolver la ciudad en algodón. En el bufete, el día es un trámite insoportable. Firmo documentos, respondo correos, hablo con clientes. Todo es automático. Mi cuerpo está allí, pero mi alma ya ha cruzado la puerta de metal sin rótulos de la zona industrial.
A las seis de la tarde, el mundo cambia.
Llego a casa y el ritual de transformación es más lento hoy. Me doy un baño con aceites que relajan mis músculos, pero no mi mente. Me pinto los labios de ese rojo oscuro que solo uso para él. Me coloco la peluca con una reverencia casi religiosa. Cuando me pongo la máscara de encaje, Alicia la abogada desaparece por completo.
Manejo hacia el club sintiendo que el volante es lo único que me une a la tierra. Al entrar en Anónimos, el aroma familiar me golpea. Es una mezcla de deseo, misterio y algo que solo puedo describir como honestidad brutal.
Lo busco. Mi corazón late con tanta fuerza que temo que el encaje de mi vestido se mueva al ritmo de mis latidos. Y entonces, lo veo.
Está en la barra, solo. Su máscara de cuero brilla bajo los focos tenues. Sus manos rodean un vaso de cristal con una elegancia que me corta la respiración. Me fijo en sus dedos; son largos, de nudillos fuertes, las manos de alguien que sabe exactamente cómo sujetar lo que quiere.
Me acerco por detrás. No digo nada. Me detengo a un paso de él.
Él no se gira de inmediato, pero noto cómo sus hombros se tensan. Aspira aire, como si estuviera reconociendo mi perfume. Deja el vaso en la barra con una lentitud deliberada y se da la vuelta.
—Te estaba esperando —dice, y su voz ronca me recorre la columna como una descarga eléctrica.
—He tenido una semana larga —confieso, dando un paso más hacia él, rompiendo el espacio personal que el protocolo dictaría mantener.
—Aquí las semanas no existen —responde él.
Lleva su mano hacia mi rostro. Sus dedos rozan la seda de mi peluca roja antes de descender hacia mi cuello. Siento el calor de su palma contra mi piel, un contraste violento con el frío de los tribunales de esta mañana. Su pulgar delinea el borde de mi máscara, rozando apenas la comisura de mis labios.
—¿Qué has estado pensando todo este tiempo? —pregunta, inclinándose hacia mí.
—En cómo tus manos me hacen olvidar quién se supone que debo ser —respondo con una honestidad que nunca me permitiría fuera de estas paredes.
Él suelta un suspiro bajo y me toma de la cintura, atrayéndome hacia su cuerpo. Siento la dureza de su pecho contra mis pechos, el latido de su corazón sincronizándose con el mío. En este club, bajo el amparo del anonimato, la tensión sexual es un hilo que nos asfixia y nos libera al mismo tiempo.
—Vamos arriba —susurra.
No es una pregunta. Es una necesidad compartida. Le tomo la mano, entrelazando mis dedos con los suyos. El lenguaje de nuestras manos es nuestra única verdad. Mientras subimos la escalera, sé que mañana volveré a ser la "roca", la mujer predecible de los García y los Orion. Pero esta noche, bajo el rojo de mi pelo y el negro de mi máscara, soy la única mujer que quiero ser. Soy suya, y eso es todo lo que el código penal de mi corazón necesita saber.