Anastasia solo quería un café tranquilo y quizás encontrar la oferta del 2x1 en su supermercado. En cambio, terminó siendo el centro de atención de siete hombres que parecen sacados de una fantasía... o de un manicomio con buena genética.
Un millonario excéntrico, un artista bohemio dramático, un científico genio con alergia social, un chef que solo cocina para ella, un guardaespaldas estoico que le tiene miedo a los gatos... ¿y la lista sigue? Anastasia intentará mantener la cordura (y su espacio personal) mientras su "harem" compite por su afecto de las maneras más hilarantes y desastrosas imaginables.
¿Podrá encontrar el amor verdadero o solo una gran factura de terapia?
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Capítulo 9: El Evento Social y los Bailes Imposibles
Después del desastroso intento de "retiro", Anastasia había llegado a una conclusión crucial: la huida era inútil. Estos hombres, con sus métodos poco convencionales y su sorprendente capacidad de rastreo, eran como su propia sombra extravagante. Así que, en lugar de intentar escapar, decidió que lo mejor era abrazar el caos, o al menos, intentar gestionarlo.
La oportunidad perfecta para poner a prueba su nueva filosofía llegó en forma de una invitación a la gala anual de la Fundación benéfica Starlight, un evento de alta sociedad que Max Fortuna patrocinaba con entusiasmo (y mucho dinero). Era una noche de lentejuelas, discursos aburridos y, lo más importante, una subasta benéfica.
Ana, inicialmente, se mostró reacia. Las galas implicaban vestirse de etiqueta, sonreír forzadamente y socializar con personas que probablemente le preguntarían qué hacía para vivir y por qué no tenía un bolso a juego. Pero Max fue persuasivo. "Ana, querida, es una oportunidad para que te luzcas. Y para mí, es una forma de mostrarte el mundo... y de mostrarte al mundo."
Al final, Ana accedió, con la condición de que no habría "sorpresas" extravagantes, ni análisis de datos sobre la comida del cóctel, ni retratos espontáneos durante la cena, y mucho menos un gato. Max prometió solemnemente.
La noche de la gala, Ana se puso un elegante vestido de noche que Max había "encontrado" para ella (sin duda, diseñado por un modisto que Ana no podría pronunciar). Se miró al espejo, sintiéndose extrañamente glamurosa. "Solo una noche", se dijo. "Puedo sobrevivir a una noche."
Cuando el chófer la dejó en la entrada del imponente salón de eventos, Ana vio un espectáculo familiar que le revolvió el estómago de forma predecible. No solo Max la esperaba en la entrada, deslumbrante en un esmoquin que parecía recién salido de una revista, sino que los otros también estaban allí, cada uno a su manera, compitiendo por ser su "acompañante".
Caleb Canvas, con un esmoquin de terciopelo que le daba un aire de dandy bohemio, sostenía un lirio blanco. "Ana, mi musa, he venido a inmortalizar tu gracia en este lienzo de vida social."
Silas Cortex, con un esmoquin de corte impecable, sostenía una tablet que mostraba un mapa detallado del salón, con puntos rojos indicando las zonas de menor densidad de personas y los "puntos de escape de baja probabilidad de interacción social". "He optimizado nuestra ruta a la mesa, Ana. Minimiza el contacto visual no deseado."
Nico Sabor, con un esmoquin clásico y una flor de jazmín en la solapa, le ofreció su brazo. "Ana, mi amor, esta noche te guiaré a través del paladar, y quizás, a través de la pista de baile."
Y Rocky Ferreo, en un esmoquin que parecía haber sido forjado en una armería, estaba de pie junto a la alfombra roja, escaneando la multitud con su habitual intensidad. Ana notó que llevaba un pequeño dispositivo en la oreja.
"Chicos", murmuró Ana, sintiendo cómo se le subía el rubor. "¿Qué estáis haciendo aquí?"
Max sonrió, rodeándola con un brazo. "Ana, querida, eres el premio principal de la noche. Y todos queremos asegurarnos de que estés... bien atendida."
La entrada fue un caos elegante. Max se pavoneaba con Ana del brazo, respondiendo a los fotógrafos y a los periodistas. Caleb intentaba dibujar a Ana en su cuaderno, esquivando a los camareros con bandejas de champán. Silas susurraba direcciones por el auricular de Ana ("Gira 15 grados a la derecha para evitar al ex-ministro de energía"). Nico le ofrecía a Ana pequeños canapés gourmet que había traído de contrabando en su bolsillo. Y Rocky... Rocky estaba en alerta máxima.
Ana intentó conversar con una mujer que vendía joyas, pero fue interrumpida por Max que compró todo el stand. Luego, un hombre de negocios se le acercó, y Max lo "espantó" ofreciéndole el doble de su compañía.
La cena fue igualmente "interactiva". Ana estaba sentada en la mesa principal con Max, pero los otros se las arreglaron para estar "cerca". Caleb tenía una mesa en un rincón estratégico, desde donde podía observar a Ana y hacer bocetos de los otros comensales. Silas estaba en una mesa adyacente, "monitoreando" el ambiente, y Nico se había colado en la cocina de la gala, "para asegurarse de que la comida estuviera a la altura" (y para enviar a Ana un plato especial que había preparado él mismo). Rocky, por supuesto, estaba en la puerta, con su dispositivo en la oreja, comunicándose con un equipo invisible.
El verdadero desafío llegó con el baile. La orquesta comenzó a tocar un vals, y Max, con una sonrisa encantadora, la invitó a bailar.
"Ana, querida, permítame guiarte en esta danza de la vida." Max era un bailarín sorprendentemente bueno, y Ana se dejó llevar, disfrutando del momento.
Pero, apenas habían dado unas vueltas, Caleb se materializó a su lado. "¡Max! ¡Suelta a la musa! ¡La danza es un acto de expresión pura! ¡No una exhibición de poder financiero!" Caleb intentó arrastrar a Ana a una danza más... interpretativa, que consistía en giros dramáticos y movimientos de brazos expresivos.
Antes de que Ana pudiera procesar la transición, Silas se interpuso. "Caleb, tu estilo de baile es biomecánicamente ineficiente. La cantidad de energía desperdiciada es del 47%. Ana, permíteme enseñarte los pasos óptimos para maximizar la fluidez y minimizar la fatiga." Y Silas, sorprendentemente, la tomó de la mano y comenzó a guiarla en una serie de pasos que eran técnicamente perfectos, pero completamente carentes de emoción.
Ana, con una sonrisa divertida, se dejó llevar. Era como bailar con un robot muy elegante.
Pero la orquesta cambió a un tango. Y Nico Sabor, con una mirada apasionada, la tomó de la cintura. "Ana, mi amor, el tango es el lenguaje del alma. Déjame enseñarte la pasión." Y Nico, con movimientos sensuales y una mirada intensa, la guio en un tango que hizo que Ana sintiera que sus pies levitaban. El calor, la cercanía... era embriagador.
De repente, un grito ahogado resonó por todo el salón.
"¡El felino! ¡Está en el candelabro!" Era Rocky.
Todos se giraron para mirar. En el enorme candelabro de cristal que colgaba del techo, había un pequeño gato, con los ojos brillando, mirando fijamente a Rocky.
Rocky, el imperturbable Rocky, se descompuso. Comenzó a gritar, señalando al candelabro. "¡Es una trampa! ¡Nos están flanqueando!"
El salón se sumió en el caos. La gente gritaba, los músicos dejaron de tocar. El gato, ajeno a la conmoción, maulló dulcemente desde su posición elevada.
Rocky, con una expresión de horror absoluto, sacó un pequeño lazo de su bolsillo (Ana no quería saber por qué lo tenía) y comenzó a intentar "cazar" al gato en el candelabro.
Max, siempre el pragmático, gritó: "¡Rocky, no derribes el candelabro! ¡Cuesta más que mi jet privado!"
Caleb, inspirado por el drama, sacó su cuaderno y comenzó a dibujar furiosamente, gritando: "¡La caída de la inocencia! ¡La metáfora de la sociedad moderna!"
Silas, que había activado una aplicación en su tablet, estaba calculando la trayectoria del gato en caso de caída, y la probabilidad de impacto en la cabeza de Rocky.
Nico, por su parte, intentaba tranquilizar a la gente, ofreciéndoles pequeños bombones y canapés de emergencia. "No se preocupen, es solo un gato. Y un poco de caos añade sabor a la vida, ¿no creen?"
Ana, en medio del pandemonium, solo pudo reír. Su risa resonó por el salón, contagiando a algunos. Era tan absurdamente ridículo. El gato, que probablemente se había colado de alguna manera, se había convertido en el catalizador de una nueva catástrofe.
Rocky, después de varios intentos fallidos, se desplomó en el suelo, derrotado. El gato, con una mirada de suficiencia, saltó del candelabro y aterrizó suavemente en la cabeza de Max, que estaba gritando instrucciones a su equipo de seguridad.
Max se congeló. El gato maulló, se acurrucó y comenzó a ronronear.
Ana no pudo más. Se sentó en el suelo, con la cabeza entre las manos, riendo a carcajadas. Su noche de gala se había convertido en un vodevil.
Pero al ver a Max, con el gato ronroneando en su cabeza, a Caleb dibujando furiosamente el caos, a Silas calculando trayectorias, a Nico ofreciendo comida a los asustados invitados y a Rocky, derrotado pero vigilante, Ana se dio cuenta de algo. A pesar de las excentricidades, de la vergüenza social y del caos inherente, estos hombres se habían convertido en una parte ineludible de su vida. Y, de alguna manera, el mundo era un lugar mucho más interesante con ellos.