Pesadillas terribles torturan la conciencia y cordura de un Hombre. Su deseó de proteger a los suyos y recuperar a la mujer que ama, se ven destruidos por una gran telaraña de corrupción, traición, homicidios y lo perturbador de lo desconocido y lo que no es humano. La oscuridad consumirá su cordura o soportará la locura enfermiza que proyecta la luz rojo carmesí que late al fondo del corredor como un corazón enfermo.
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El Hombre Sin Ojos. Pt9.
Por separado, revisamos cada anaquel, cada cajón y cada mueble lleno de archivos. Nada. Nada de importancia, solo documentos sin valor alguno… Esto ya me está fastidiando, tengo que encontrar al menos un indicio que me acerque a la verdad.
Me detengo. Aprieto mis ojos bajo los lentes con los dedos, y suspiro. Miro mi rostro en el reflejo de un antiguo espejo frente a mí, —Carajo me veo más que desgastado—. Me quito las gafas. Miro fijamente mis propios ojos en el reflejo, y por un instante, creo haber visto como mis propios ojos se despegan de mi vista y, miran debajo de mí. Directo a una vieja caja, junto a un masetero con una planta muerta.
No pienso nada, me quedo congelado.
—Eso no es normal, que mierda me pasa —susurro…
Bajo la mirada. Me inclino y levanto la caja llena de polvo, casi escondida detrás del masetero, está vacía. Debajo de ella la veo; una carpeta amarilla, gruesa. La tomo y la abro. Está llena de informes contables detallados, transferencias fantasmas, nombres codificados. Entre ellos, algo destaca en cada página: LINA-V05.
—¿Eso es una clave interna? —pregunta Héctor.
—O una ironía. “Linova”. Así etiquetan su dinero dentro de la red contable. Slim lo sabía. Lo dejó preparado. Quería que alguien lo encontrara.
Dejamos todo como estaba. Héctor toma dos memorias USB del cajón central del viejo escritorio y se las guarda.
Salimos de la oficina. Al cerrar la puerta… siento como si el lugar se volviera de humo. Camino detrás de Héctor escondiendo el archivo dentro de mi abrigo.
Solo caminamos a la salida, Héctor alza la mano y le hace una seña a la chica de la recepción, para que le llame. —Estúpido Héctor—, siempre está pensando en quien meter a su cama.
Se acerca a ella, con un susurro en el oído le dice:
—Si alguien pregunta, dígales que hemos venido por un reclamo de facturación.
Ella asiente, nerviosa, con los labios apretados. Él le guiña un ojo antes de despegarse de su mirada.
—No cambias —le digo, mientras cruzamos la puerta.
—El día que cambie, entiérrame con traje y una botella de vodka —responde riendo.
Salimos del edificio. El sol me quema los ojos… Me coloco nuevamente mis viejas gafas oscuras. Héctor me mira y sonríe al ver las gafas.
—Todavía las tienes —dice, mientras caminamos a su motocicleta.
—Sí. No se rompen. Me recuerdan a cuando no éramos tan idiotas. Además, siento que ella nos cuida cuando las uso.
Él ríe y se sube al asiento, se coloca el casco, suena al sellarse en su cráneo. Los altavoces en el casco resuenan con un tono burlesco.
—Nos vemos en la comisaría, llorón.
La enciende, asiéndola rugir. El sonido de turbina de su motocicleta es una envidia palpable, para cualquiera que la escuche pasar, —Que buena maquina armó junto con Walli—. Sale a toda velocidad del estacionamiento. Lo veo alejarse durante unos segundos.
Camino al coche. Giro la cabeza y miro el viejo edificio una vez más antes de subir. El cartel rojo parpadea débilmente.
—Tranquilo Slim, encontraré a los responsables…
Subo al coche y lo enciendo, su motor ruge con fastidio. Perdimos demasiado tiempo buscando entre las cosas de Slim. El tablero marca las 02:33 p.m. Su oficina parecía detenida en el tiempo, como si incluso su vida muriera junto con él. Ahora tengo que revisar estos documentos. O mejor se lo dejo a Héctor, el sabrá donde buscar.
Acelero. Me despego del estacionamiento, veo a los oficinistas en la puerta clavarme la vista. Sin duda, ya informaron a sus amos de nuestra presencia en su agujero de osos hambrientos. Abro la guantera y meto la carpeta, —mejor aquí dentro, que bajo mi abrigo—. Las calles del distrito Norte se llenan poco a poco de autos y camiones.
La ciudad es tan grande, que me tomara horas llegar al distrito Sur. El tráfico en este distrito es un rio de metal caliente y escapes humeantes. Bocinas y maldiciones se escuchan por doquier, humanos enfurecidos, queriendo llegar a casa antes que la noche se trague nuevamente estas calles falsamente limpias.
A mis costados, estoy rodeado de estúpidos de negro y corbata roja. Me miran con ira y asco, quieren lanzarse contra el coche y contra mi cara. Pero solo devolverles la mirada y dejar que mi espantosa sonrisa salga con malicia, los hace voltear la vista y hacerse los tontos sin mirarme directamente.
Saben bien, que, si se atreven a hacer algo, les descargaré la Glock sin compasión.
El Mustang esta blindado. Es un jodido animal de metal. Dejarle el coche a Walli y Héctor en mi última licencia médica fue la mejor decisión, ahora pesa toneladas, pero el motor mueve la mole como si no fuera nada.
El rugir de su motor modificado estremece incluso a los coches a mis costados. Con cada pisada sobre el acelerador veo como los idiotas de negro y corbata roja, aprietan los puños y fruncen el ceño. Les jode escuchar como mi viejo Mustang podría demoler esta ciudad si se lo propone.
Tras cinco largas horas de tráfico y mala música en las estaciones, logro llegar a la barrera de control.
Las putas maquinas en los muros no dejan de verme y de intentar escanear el interior del Mustang. Pero no pueden alertar a los guardias por no poder ver su interior. Soy un jodido Detective. Y mi placa de detective pesa más que las pocas medallas que llevan estos soldaditos fronterizos.
Coloco la placa contra el escáner, la luz verde de la maquina brilla una vez más, dándome la bienvenida a mi distrito, mi hogar:
Al cruzar la barrera. Veo el hermoso cielo anaranjado, como hermosas flamas quemando las esponjosas nubes negras que nuevamente se ciernen sobre los cielos, dando un espectáculo que solo dura unos pocos minutos… El aroma tibio previo a la lluvia nocturna se cuela por la ventana a medio abrir. Que agradable sensación.
Pero nadie aprecia estos instantes, los humanos a mi alrededor solo ven sus pantallas brillantes, —pobres almas—. Sumergidos en lo banal. Olvidando lo hermoso que es respirar y admirar la creación de Santini.