A mis veinticinco años, mi mundo se reduce a una sola persona: mi hija, Ana Sofía. Como madre soltera, he aprendido a defenderme de hombres que confunden mi situación con vulnerabilidad; piensan que soy una mujer fácil, pero ese es su grave error.
He luchado sola para darnos un futuro, jurando que solo dejaría entrar a mi vida a alguien que realmente valiera la pena. O eso creía. Un hecho inesperado destrozó mis planes y me acorraló, obligándome a tomar una decisión que me avergüenza, pero que fue la única salida para salvar lo que más amo.
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Primer acercamiento real a su hija
La pequeña Ana despertó justo cuando Diego colocaba la cajita de música sobre la mesita de noche. Ella lo observó con curiosidad, entornando sus ojos dulces mientras una sonrisa inocente asomaba en su rostro pálido.
—¿Eres el amigo de mi mami? —preguntó la pequeña con esa voz finita y suave, típica de quien apenas está descubriendo el mundo.
El corazón de Diego dio un brinco de alegría; era la primera vez que su hija le dirigía la palabra. Aquella pregunta, tan simple y directa, lo desarmó más que cualquier junta de negocios.
—Así es, pequeña. Soy muy amigo de tu mami... y también tuyo, si tú quieres —respondió él en un susurro, cuidando de no romper el sueño profundo de Giselle.
Ana lo miró con fijeza, ladeando un poco la cabecita como si estuviera evaluando la propuesta.
—No podemos ser amigos —sentenció la niña con una seriedad adorable—. No sé cómo te llamas y mi mami dice que no está bien hablar con desconocidos.
Diego soltó una risita ahogada, maravillado por la sensatez de la pequeña.
—Tienes mucha razón, perdóname por eso. Mi nombre es Diego Alcázar. Es un gusto conocer a una princesa tan valiente y hermosa —respondió, dejando de lado cualquier rastro de su habitual frialdad.
La niña abrió mucho los ojos al escuchar el apellido, procesando la información en su cabecita.
—¿Eres el hermano de mi tía Alicia? —preguntó ella, logrando unir las piezas del rompecabezas familiar.
—Exactamente, soy el hermano de Alicia. Ya ves, no soy tan extraño después de todo —dijo Diego, mostrándole una sonrisa sincera que rara vez compartía con el mundo.
Ana se acomodó mejor entre las sábanas de seda, mirando a Diego con una mezcla de picardía y confidencia.
—Mi tía siempre dice que su hermano es como una máquina de trabajo. Dice que trabajas mucho, mucho... y que a veces se te olvida hasta respirar —Ana soltó una risita traviesa—. Pero las máquinas no regalan cajitas de música, ¿verdad?
Diego sintió una punzada de remordimiento mezclada con ternura. Se dio cuenta de que, a través de los ojos de esa niña, él podía ser alguien diferente al hombre despiadado que todos conocían.
—A veces las máquinas aprenden a respirar cuando ven a niñas tan especiales como tú —susurró Diego, acariciando con el dorso de su dedo la pequeña mano de Ana—. ¿Te gusta la música?
—Sí, parece de hadas —respondió ella, cerrando los ojos por un momento para disfrutar de la melodía—. Gracias, señor Diego. Pero... no le digas a mi mami que hablé contigo, que luego se pone triste si cree que no le hice caso con los desconocidos.
Giselle, que empezaba a salir de las brumas del sueño, escuchó ese último susurro. Al abrir los ojos y ver a Diego inclinado sobre la cama de su hija, compartiendo un secreto, sintió que una calidez extraña invadía su pecho, una que no sentía desde aquella noche en el hotel.
—¡Diego! —exclamó Giselle, incorporándose de golpe. El instinto de protección la puso a la defensiva de inmediato—. ¿Qué haces aquí?
—Perdón por despertarte. Pasé a dejarles un presente —respondió él, levantándose con rapidez y sacando un estuche del bolsillo de su pantalón—. Este es para ti.
Extendió la mano, ofreciéndole la joya. En un principio, Giselle pensó en rechazarlo tajantemente; no quería más deudas ni más cadenas de oro. Pero al ver los ojos de su hija fijos en ellos, se contuvo. No quería que la pequeña presenciara otra de sus batallas.
—Gracias, no te hubieras molestado —dijo con voz plana, dejando el estuche sobre la mesa sin abrirlo. Volcó toda su atención en la niña, su verdadero mundo—. Y usted, señorita... ya veo que está mucho mejor.
—Mami... ¿el tío Diego puede ser mi amigo? —preguntó la pequeña con una ternura que desarmó a Giselle.
El silencio se apoderó de la habitación. Giselle sintió un nudo en la garganta; se había esforzado tanto por mantener a Ana lejos del apellido Alcázar, pero el destino parecía empeñado en unirlos. Sus ojos viajaron de la inocencia de Ana a la mirada expectante de Diego, tratando de encontrar un equilibrio.
—Está bien, mi amor —cedió finalmente, forzando una sonrisa—. Puedes ser amiga de Diego.
La pequeña sonrió con entusiasmo, feliz de tener un nuevo aliado en esa ciudad desconocida. Poco después, el cansancio volvió a vencerla y se sumió en un sueño tranquilo. Diego aprovechó el momento para dar un paso hacia Giselle.
—¿Podemos conversar un poco? —pidió, y por primera vez en meses, su voz no sonó como una orden.
—Creo que entre nosotros ya está todo dicho, Diego —respondió ella con frialdad, evitando el contacto visual.
—Por favor, Giselle. Es importante que hablemos.
—No quiero dejar a Ana sola —se excusó ella, aferrándose al borde de la cama.
—Las enfermeras están justo detrás de la puerta, estarán al pendiente. Nada le pasará en estos minutos —insistió él, manteniendo una distancia respetuosa.
Sin más excusas a las que aferrarse, Giselle aceptó. Salieron al balcón contiguo a la suite, donde el aire fresco de la noche los recibió. Diego sabía que debían aclarar muchas cosas si querían mantener una relación cordial durante el tiempo que durara su matrimonio por contrato, pero sobre todo, sabía que necesitaba empezar a ser el hombre que ella recordaba en aquella habitación de hotel, necesitaba que ella lo viera a él y no a un vago recuerdo.
tenías que aclarar de una vez la situación.😖😤
ganas de ahogarse en un vaso con agua🤔
algo se deschabetó aquí 🤷🏼♀️