Samantha no encaja en los estándares, y está cansada de que el mundo se lo recuerde a cada paso: en el espejo, en las miradas ajenas, en las palabras que duelen más de lo que muestran. Pero detrás de cada inseguridad hay una fuerza callada. Y cuando el nuevo profesor llega a su vida con una mirada distinta —una que no juzga, que no exige, que desea— todo comienza a cambiar.
Lo que empieza como una atracción silenciosa se convierte en algo que ninguno de los dos esperaba.
¿Podrán mantenerse al margen de lo prohibido? ¿O hay cosas que, aunque quieran ocultarse, terminan por estallar?
Una historia de deseo, ternura y valentía.
Porque a veces el amor no llega cuando te sentís lista… sino cuando por fin dejás de esconderte.
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Capítulo 9 — Donde no pertenezco
Samantha
La clase había terminado, pero yo seguía frente a la computadora, ajustando detalles mínimos del trabajo. Clara se había ido al baño y la mayoría de mis compañeros ya se marchaban. El murmullo de voces se iba apagando, dejando solo el sonido de teclas, pasos y carpetas cerrándose.
Él seguía en el aula, revisando unas hojas sobre el escritorio. Su rutina siempre parecía pausada, como si nunca tuviera prisa. Me esforzaba por no mirarlo, pero la tensión en mi pecho decía lo contrario.
Cuando se acercó a mi mesa, contuve el aire sin darme cuenta.
—Tu proyecto me pareció interesante —dijo, sin rodeos.
Levanté la vista. Su tono era neutro, profesional, pero sus ojos tenían esa misma calidez que recordaba del café.
—Gracias —dije, intentando no sonar nerviosa.
—La elección de colores y el uso del espacio transmiten algo emocional. ¿Fue decisión tuya o de tu compañera?
—Compartimos ideas, pero esa parte fue mía.
Asintió, mirando unos segundos la pantalla de mi laptop.
—Hay sensibilidad en lo que hiciste. Eso no siempre se aprende. A veces se siente.
No supe qué decir. Las palabras se me atascaban en la garganta. Solo pude asentir, con una torpe sonrisa.
—Espero que sigas por ese camino. Me alegra que estés en esta clase.
Sentí cómo algo se movía dentro de mí. No por lo que dijo, sino por cómo lo dijo. Con esa forma serena, sin exageraciones, sin gestos vacíos. Como si realmente lo creyera.
—Gracias —repetí, y él hizo un pequeño gesto con la cabeza antes de alejarse hacia su escritorio.
Clara regresó justo cuando él salía del aula. Se detuvo frente a mí y entrecerró los ojos.
—¿Por qué esa cara? ¿Qué me perdí?
—Habló conmigo del proyecto —dije, todavía un poco aturdida.
—¿Y tú estás viva para contarlo?
Sonreí.
—Sí. Creo que sí.
Después de clase, fuimos juntas al patio donde la mayoría de los estudiantes almorzaban. Clara se compró un sándwich enorme y yo saqué mi tupper con algo de pasta que había traído de casa. Me senté de costado, intentando acomodarme sin que se me hicieran pliegues en la panza. Una vez más, me sentí demasiado consciente de mi cuerpo.
Clara hablaba sin parar sobre su hermana menor, que quería dejar la secundaria para ser influencer. Yo la escuchaba solo a medias, porque algo —alguien— había captado mi atención al otro lado del patio.
El profesor Herrera estaba sentado en una mesa más al fondo, junto a un grupo de docentes. Había dos profesoras muy elegantes hablando con él, y aunque él parecía más centrado en su comida que en la conversación, no se podía ignorar la forma en que ellas lo miraban. Sonrisas grandes, gestos exagerados, una risa que sonaba demasiado fuerte.
Una tenía el cabello brillante recogido en un moño perfecto. La otra, un vestido que parecía de revista. Tenían esa presencia que no podía ignorarse. Maduras, seguras, bonitas. Como si hubieran nacido sabiendo moverse en cualquier ambiente sin titubear.
Me encogí un poco más en el asiento.
¿Cómo alguien como él podría mirar siquiera a alguien como yo?
Yo, que ni siquiera podía sentarme a almorzar sin preocuparme por los rollos en mi abdomen. Yo, que dudaba de cada palabra que decía, de cada paso que daba.
Clara seguía hablando, pero mi atención estaba dividida. Y mi ánimo, tambaleando.
No es que él estuviera haciendo nada malo. Solo almorzaba. Pero esa imagen —rodeado de mujeres que parecían encajar a la perfección con él— me hizo sentir de nuevo fuera de lugar. Invisible. Pequeña.
Comí en silencio, forzándome a no volver a mirar.
Y aunque me repetía que solo era un profesor, que nada había pasado, que yo estaba imaginando cosas… la incomodidad ya se había instalado. Como una sombra que volvía justo cuando pensaba que el sol finalmente me estaba iluminando.