No murió por falta de latidos, sino por ausencia de valentía para sostenerlos.
El primer amor...el primer amor de Arya Rosenfeld fue eso, un amor cobarde.
Entonces porque ese amor cobarde luego de arruinar un vínculo que para Arya era tan importante como su vida misma, se atrevía a decirle que todo lo había hecho por ella.
August von Hohenberg, el primer amor de Arya Rosenfeld, no solo era cobarde. Era egoísta, mentiroso y completamente despreciable. Por eso Arya solo podía desear la "muerte al primer amor", no a la persona, sino a sus sentimientos.
Acompaña a Arya a recorrer un sinuoso camino, ¿logrará imponerse ante las adversidades? ¿logrará matar a ese primer amor? ¿logrará volver a confiar, volver a amar?
NovelToon tiene autorización de AMZ para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 19
La puerta se cerró con un sonido suave.
August sostuvo su mirada hasta el último segundo, como si aún necesitara confirmar que aquello había sido real. Arya le devolvió la sonrisa, una de esas que nacen sin esfuerzo, luminosas. Solo cuando la madera quedó entre ambos y el eco de sus pasos se alejó por el pasillo, el silencio regresó.
Y con él, todo.
El calor le subió al rostro con una intensidad casi insoportable. Se dejó caer hacia atrás sobre la cama y giró de costado, abrazando la almohada contra su pecho.
—No puede ser… —susurró para sí misma.
Sacudió levemente la cabeza, como si así pudiera dispersar las imágenes que regresaban una y otra vez.
August inclinándose.
August tomando su mano.
August preguntándole si quería estar a su lado.
El beso.
Sus dedos se aferraron más fuerte a la tela.
¿No había sido producto de su imaginación?
Cerró los ojos y revivió cada detalle, la firmeza en su voz, la vulnerabilidad transparente en su mirada, la calidez de sus labios. No había duda. No había sueño en eso.
Era real.
Demasiado real.
La emoción la atravesaba de una forma nueva, dulce y vertiginosa. Se movió inquieta bajo las sábanas, estirando y encogiendo los pies sin darse cuenta, con una energía que no se parecía en nada al reposo obligado de los días anteriores.
Fue entonces cuando lo notó.
Movió el tobillo.
Con cautela primero.
Luego apoyó el pie sobre el suelo, lentamente.
No dolía.
Se incorporó, probando el peso de su cuerpo. Una ligera tensión, pero nada más.
Sonrió, sorprendida.
Su corazón latía tan fuerte por lo ocurrido que apenas había notado que su cuerpo también había terminado de sanar.
Esa noche decidió bajar al comedor.
Cuando apareció en el umbral, varias cabezas se giraron. Giselle fue la primera en levantarse.
—¿Estás caminando sola? —preguntó, casi alarmada.
Ferdinand frunció el ceño.
—¿No deberías usar al menos una muleta?
Arya negó con suavidad.
—Estoy bien. De verdad.
Tomó su lugar habitual junto a ellos, como si nada hubiera cambiado.
Y sin embargo, todo había cambiado.
August ya estaba sentado unos lugares más allá. No se miraron de inmediato. Mantuvieron la naturalidad acordada.
Relación privada.
Sin anuncios.
Pero los ojos tienen una voluntad propia.
En algún momento, mientras Annie hablaba sobre una clase particularmente tediosa, Arya alzó la vista.
Y él ya la estaba mirando.
Fue un cruce breve.
Una sonrisa casi imperceptible.
Un entendimiento silencioso que solo ellos compartían.
Se les escapaba en pequeños gestos, una atención más afinada, un leve asentimiento cuando el otro hablaba, una pausa apenas más larga de lo normal antes de desviar la mirada.
No pasó desapercibido.
En la mesa contigua, Natalie observaba.
Su porte era impecable, su expresión controlada. Pero sus ojos eran agudos.
No necesitaba palabras para notar lo que flotaba en el aire.
Algo había cambiado.
Sin dudarlo, se levantó y se desplazó con elegancia hacia el asiento frente a August, ocupándolo con naturalidad calculada.
—Sabes que debemos realizar la actividad de Historia juntos, ya deberíamos haber comenzado—dijo, inclinándose ligeramente hacia él.
Su movimiento bloqueó por completo la línea de visión entre August y Arya.
August tardó un segundo en reaccionar. Luego compuso su expresión.
—He estado ocupado —respondió con cortesía.
Natalie sonrió con una suavidad que no era inocente.
Arya vio la escena desde su lugar.
La sonrisa que había sostenido se desdibujó apenas.
Se dijo que no tenía motivos.
Se repitió que Natalie y August se conocían desde niños. Que compartían historia, círculos, costumbres. Aquella conversación debía ser trivial.
Pero algo en su pecho se tensó igual.
Se sintió infantil por notarlo.
Celosa.
La palabra le resultó incómoda.
Desvió la mirada hacia su plato, intentando concentrarse en cualquier cosa menos en la imagen de ellos dos conversando frente a frente.
La incomodidad no desapareció.
Se levantó antes que los demás.
—Creo que aún me canso con facilidad —se excusó con una sonrisa suave—. Iré a descansar.
Giselle la observó con atención, pero no dijo nada.
Los pasillos estaban casi vacíos a esa hora. La luz de las lámparas creaba sombras largas entre los pilares.
Arya caminaba con paso lento.
No estaba enojada.
No exactamente.
Pero algo en su interior se sentía descolocado.
No tenía derecho a exigir nada. Apenas habían decidido estar juntos. Y aun así, aquella pequeña punzada no podía ignorarla.
No sabía que no estaba sola.
Entre las sombras que proyectaban los pilares, Edward permanecía apoyado contra uno de ellos, el perfil apenas delineado por la luz lateral.
No esperaba nada.
Solo estaba allí.
La vio pasar.
Lo primero que notó fue su expresión.
No era la Arya serena de siempre. Había una sombra en sus ojos, una ligera caída en sus hombros.
Triste.
Desvió la mirada de inmediato, cerrando los ojos un instante como si así pudiera desligarse.
No era asunto suyo.
Pero volvió a mirarla.
Su mano se tensó contra la piedra del pilar.
Iba a moverse —ni siquiera sabía con qué intención— cuando el sonido de pasos apresurados resonó en el corredor.
August.
Avanzaba con determinación evidente, la respiración apenas agitada.
—¡Arya espera! —la llamó.
Ella se giró, sorprendida.
Él la alcanzó en pocos pasos y, sin pensarlo demasiado, tomó su mano.
El gesto fue natural.
Instintivo.
Arya abrió los ojos un poco más al notar su expresión.
—¿Está todo bien? —preguntó, preocupada por su semblante acelerado.
August negó apenas, pero sus ojos la examinaban.
—Eso debería preguntarlo yo —respondió, aún recuperando el aliento—. No tenías una buena expresión cuando saliste del comedor.
Arya sintió un leve peso de culpa.
Todo aquello había sido producto de su propia inseguridad.
—Estoy bien… —murmuró—. Solo… algo abrumada.
August la observó unos segundos más, como si intentara descifrar lo que no decía.
Luego sonrió.
Una sonrisa más suave.
—Entonces te acompaño.
No fue una pregunta.
Arya asintió.
Sus manos permanecieron entrelazadas mientras caminaban juntos por el pasillo silencioso.
No notaron la figura que permanecía inmóvil entre las sombras.
Edward los observó avanzar.
Sus manos juntas.
La cercanía natural.
El modo en que August inclinaba ligeramente el cuerpo hacia ella al hablar.
Se quedó allí, inmóvil, mientras sus pasos se alejaban.
La noche siguió su curso.
Pero para más de uno, el silencio ya no era el mismo.
Esa misma noche, Arya no pudo contenerlo, necesitaba hablar con alguien, sobre lo ocurrido con August, y la indicada para ello era Giselle. Así que Arya se dirigió a la habitación de Giselle.
La puerta se cerró apenas detrás de Arya.
Giselle, que estaba sentada frente al tocador deshaciendo una trenza con lentitud distraída, levantó la vista al notar la presencia distinta en el ambiente.
No era solo que Arya hubiera vuelto.
Era la forma en que volvió.
Había una luz contenida en su expresión. Una tensión suave en los labios, como si estuviera luchando entre reír o quedarse en silencio.
—¿Qué ocurrió? —preguntó Giselle de inmediato, girándose por completo en el asiento.
Arya no respondió enseguida. Apoyó la espalda contra la puerta cerrada, manteniendo aún la mano en el picaporte. Bajó la mirada, respiró hondo.
Sentía el pulso en la garganta.
—Giselle… —murmuró, casi con incredulidad—. August y yo… hablamos.
Giselle se puso de pie al instante.
—¿Hablaron hablaron? ¿O hablaron? —insistió, acercándose un paso, los ojos ya brillando con anticipación.
Arya no pudo evitar que una sonrisa se escapara. Una de esas que nacen sin permiso.
—Se confesó.
La palabra flotó entre ambas.
Giselle parpadeó.
—¿Él?
Arya asintió lentamente.
—Y yo también.
Un segundo de silencio.
Y entonces—
—¡YO SABÍA! —estalló Giselle, incapaz de contenerse.
Su voz subió tanto que Arya dio un pequeño salto hacia adelante, llevándose el dedo a los labios con urgencia.
—¡Shhh! ¡Giselle!
Pero ya era tarde para contener la explosión emocional.
Giselle la tomó por los hombros con ambas manos, sacudiéndola apenas, sin violencia, pero con una energía que le desbordaba el cuerpo.
—¡Estaba segura! ¡Te lo dije! ¡Era cuestión de tiempo! ¡La forma en que te miraba, Arya! ¡Nadie mira así si no está completamente perdido!
Arya sintió que el rostro le ardía.
—No está perdido… —protestó en voz baja, aunque la risa le traicionaba.
—Oh, sí lo está. Perdido y felizmente condenado —sentenció Giselle con solemnidad exagerada.
Luego, sin previo aviso, la abrazó.
Fue un abrazo fuerte, envolvente, lleno de calor.
Arya tardó apenas un segundo en corresponderlo, escondiendo el rostro en el hombro de su prima.
Y allí, entre telas suaves y respiraciones agitadas, la emoción la alcanzó por completo.
No era solo el hecho de estar saliendo con August.
Era sentirse elegida.
Correspondida.
Sostenida.
Giselle se separó lo suficiente para mirarla a la cara, todavía sujetándole los brazos.
—Cuéntame todo. Desde el principio. Sin omitir nada.
Arya bajó la mirada un instante, recordando.
La charla se extendió un rato más.