"Nuestras familias se han odiado por generaciones, pero ahora, él tiene el poder de destruirme... o salvarme.
Mi padre cometió el error de su vida y la única forma de pagar la deuda es entregándome a Damian Volkov, el hombre más despiadado de la ciudad y mi rival desde la infancia. Él no quiere mi dinero; quiere mi libertad, mi obediencia y, sobre todo, quiere verme quebrada bajo su control.
Juré que lo odiaría hasta mi último aliento, pero en la oscuridad de su mansión, el deseo es una traición que no puedo controlar. Damian juega sucio, y yo... estoy empezando a disfrutar del castigo.
¿Podrá el odio sobrevivir a la pasión, o terminaré destruida por el hombre que juré jamás tocar?"
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El precio de la desobediencia
La noche cayó sobre Venecia con una pesadez asfixiante. Tras el incidente del anillo, Damian no apareció por el comedor. Alessandra se quedó en su habitación, observando la joya sobre la mesita de noche; los diamantes parecían ojos fríos que la juzgaban por la debilidad de su padre. Sin embargo, la calma terminó cuando la puerta se abrió de golpe, golpeando la pared con una violencia que la hizo saltar de la cama.
Damian entró. Ya no quedaba rastro del hombre vulnerable de la noche anterior. Su mandíbula estaba rígida y sus ojos eran dos esquirlas de hielo gris. Se detuvo en el centro de la habitación, emanando una autoridad que llenaba cada rincón.
—Se acabó el tiempo de las cortesías, Alessandra —dijo él, su voz era un susurro gélido que cortaba el aire—. Te di respeto, te di protección y permití que caminaras por esta casa como si fueras dueña de algo. Pero has demostrado que no sabes qué hacer con la libertad, salvo usarla para escuchar las mentiras de mi hermano y arrojarme mi propia ayuda a la cara.
—¿Ayuda? —replicó ella, poniéndose de pie para enfrentarlo—. Comprar las cenizas de mi familia para exhibirlas no es ayuda, Damian. Es crueldad.
Damian dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal con una fuerza arrolladora. No la tocó, pero su cercanía era una advertencia física.
—Si quieres crueldad, te mostraré lo que realmente significa —siseó él—. A partir de este instante, las reglas cambian. Ya no eres una "invitada" bajo mi techo. Eres una propiedad bajo custodia absoluta. No saldrás de esta habitación sin que yo lo ordene. No hablarás con Stefan, ni con el servicio, ni con las paredes si yo no te doy permiso.
Él tomó el anillo de la mesita y la obligó a abrir la palma de la mano, presionando el metal frío contra su piel con una firmeza inamovible.
—Llevarás este anillo cada día —ordenó, cerrando los dedos de ella sobre la joya—. No porque te guste, sino porque es el recordatorio de que tu padre te entregó y yo te compré. Cenarás conmigo cada noche, a la hora que yo decida, y aprenderás que en esta casa mi palabra es la única ley que existe.
Alessandra sintió una chispa de rebeldía, pero la mirada de Damian era tan implacable que las palabras se le atascaron en la garganta. Él se inclinó, acercando su rostro al de ella hasta que pudo sentir su respiración errática.
—Si voy a ser el villano que tanto te empeñas en ver, Alessandra, me aseguraré de que cumplas con cada una de mis exigencias sin rechistar. Has perdido el derecho a las explicaciones. Ahora solo te queda la obediencia.
Se dio la vuelta y salió de la habitación, cerrando la puerta con un doble giro de llave que resonó como una sentencia en el silencio de la noche. Alessandra se quedó sola, apretando el anillo contra su pecho mientras las lágrimas de rabia finalmente escapaban. El abismo entre ellos se había vuelto infranqueable, y por primera vez, sintió el verdadero peso de los muros que la rodeaban.