Criada por un temido jefe mafioso, Isabella siempre creyó que sus padres murieron cuando era niña. Hasta que una verdad enterrada sale a la luz: su verdadero padre está vivo… y lidera la mafia enemiga.
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cap n°10
Ese mismo día, unos minutos después...
—Bueno, Isa, ¿vamos? —pregunta León con una leve sonrisa.
—Vamos —responde Isabella, aún un poco desconfiada, ya que apenas se conocían.
Ambos suben a un auto. No era tan lujoso como la limusina del padre de Isabella; de hecho, no tenía chofer. León conducía su propio vehículo y, al notar que el auto era bastante alto para la pequeña, se inclinó con gentileza y la ayudó a subir.
—Así que, Isabella... —dijo mientras conducía—. ¿Cómo llegaste al orfanato? Si es que me quieres contar, claro.
—No quiero hablar de eso. ¡Todos son unos traidores tontos! —protestó Isabella con un tono dolido.
—Entiendo, entiendo... —respondió León sin presionar más.
El trayecto no era muy largo, por lo que no tardaron en llegar. La casa de León no era simplemente una casa: era una mansión imponente, rodeada de jardines y llena de detalles brillantes. Su fachada irradiaba elegancia y grandeza.
Isabella quedó sin palabras al verla. Por un momento comparó la antigua casita en la que vivía con esa mansión majestuosa. Sintió que su mundo acababa de abrirse a algo totalmente nuevo.
Con los ojos iluminados por la sorpresa y la emoción, Isabella cruzó el umbral de aquella mansión desconocida, pero extrañamente acogedora. Aunque todo era nuevo para ella, una pequeña chispa de felicidad comenzaba a encenderse en su interior.
Isabella apenas cruzó la puerta y sus ojos se abrieron como platos. El interior de la mansión era aún más deslumbrante que el exterior: techos altos decorados con lámparas de cristal, pisos de mármol que brillaban como espejos y paredes adornadas con cuadros enormes y elegantes. Todo tenía un aroma a limpio, a nuevo, a lujo… algo que ella jamás había sentido tan cerca.
—Wow… —susurró sin poder contenerse.
León la observó con una media sonrisa, disfrutando del asombro genuino de la niña.
—¿Te gusta? —preguntó con tono suave.
—¡Es gigante! Y todo brilla… ¿esto es de verdad? —preguntó con los ojos llenos de emoción.
—Claro que es de verdad —respondió él con una leve risa—. Y ahora es tu casa también.
Isabella no podía creerlo. Sus manos tocaban cada baranda, cada superficie con cuidado, como si temiera romper algo. Se detuvo frente a una enorme escalera de caracol que subía a los pisos superiores.
—Nunca había visto una casa así… —murmuró con admiración.
Mientras ella exploraba con la mirada, unos empleados salieron a recibirlos. Vestían de forma impecable, cada uno cumpliendo su rol en completo orden. León, que hasta ese momento había sido cálido y paciente con Isabella, cambió su tono al instante.
—Todo debe estar listo en la habitación que prepararon. No quiero errores —dijo con voz firme, casi fría.
—Sí, señor —respondieron al unísono los trabajadores, inclinando levemente la cabeza antes de apresurarse a obedecer.
Isabella lo miró de reojo. Era el mismo hombre que hace minutos la había ayudado a subir al auto con ternura, pero ahora parecía otra persona, como si una máscara distinta se colocara frente a otros.
León se dio cuenta de su mirada y volvió a sonreírle con suavidad.
—No te preocupes por ellos, Isa. Solo me gusta que hagan bien su trabajo, nada más.
Ella asintió, aunque aún un poco intrigada. Era como si León tuviera dos caras: una amable, casi paternal con ella… y otra autoritaria y estricta con los demás. Pero aun así, no se sintió incómoda, ni temerosa. Todo lo contrario. Por primera vez en mucho tiempo, se sentía segura.
—¿Quieres ver tu habitación? —preguntó León, volviendo a su tono gentil.
—¡Sí! —exclamó entusiasmada, olvidando por un momento todo lo malo que había pasado.
Claro, aquí tienes la continuación con ese detalle especial del peluche de pingüino y el gesto de León:
Subieron por la elegante escalera de caracol, y León la guió por un pasillo ancho con alfombras suaves y ventanas enormes por donde entraba la luz dorada de la tarde. Finalmente, se detuvo frente a una puerta doble de madera blanca.
—Aquí será tu habitación —dijo con una sonrisa mientras abría lentamente la puerta.
Isabella entró primero, curiosa. La habitación era enorme, incluso más grande que el comedor del orfanato. Tenía ventanales altos, el suelo relucía y el techo era tan alto que parecía tocar las nubes. Pero, a diferencia del resto de la mansión, esta habitación estaba vacía. No tenía muebles, ni cortinas, ni colores… nada. Solo las paredes blancas y un armario grande empotrado en la esquina.
—No está decorada —dijo Isa con un poco de decepción en la voz.
León caminó detrás de ella y se detuvo a su lado.
—No lo está porque quiero que tú la decores —le dijo, mirándola con seriedad pero con ternura—. Puedes poner lo que quieras, Isa: muñecas, peluches, luces de colores, una cama enorme con paños suaves. Puedes elegir los colores, los muebles, todo.
Los ojos de Isabella brillaron. Nadie le había ofrecido nunca algo así. Jamás tuvo la oportunidad de elegir ni siquiera su ropa. Esta vez, todo sería suyo… y como ella quisiera.
—¿En serio? —preguntó como si aún no creyera del todo.
—En serio. Y desde ya empezaré a buscar ese pingüino del que me hablaste —añadió con una leve sonrisa—. Dijiste que era tu favorito, ¿no?
Isabella se quedó en silencio por un segundo. Ese peluche era lo único que le quedaba de su madre. Lo había perdido el día en que su mundo se vino abajo, y desde entonces no pasaba una noche sin pensar en él. Ese pequeño pingüino de felpa era más que un juguete… era su refugio, su consuelo.
—Era mi mejor amigo —dijo con un hilo de voz—. Se llamaba Copito.
León se agachó a su altura, sin dejar de mirarla.
—Lo encontraremos, Isa. Te lo prometo.
Por primera vez desde que llegó a la mansión, Isabella bajó la guardia. Sonrió tímidamente y asintió, como si una parte de ella, aunque muy pequeña, comenzara a confiar.
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