Kendra Barreto es la joya de la familia Barreto, para satisfacer la ambición de su madre, traicionó a su hermana menor Keila y aceptó un matrimonio vacío, sin embargo, el destino le impuso a un guardián que no puede ser comprado: Axel García, un exmilitar con un pasado oscuro y que no puede doblegarlo a su antojo.
Lo que comenzó como una noche de debilidad entre la heredera y el guardaespaldas se convirtió en su ruina y, a la vez, en su salvación, con el nacimiento de su hijo Bennet, se descubre el fraude: el niño no es hijo del esposo de Kendra sino de Axel.
Repudiada por todos y perseguida por una madre dispuesta a todo para ocultar el escándalo, abandonará su mundo y huirá, y en su carrera desesperada por la supervivencia, descubrirá que el hombre que la mira con desconfianza es el único capaz de salvarla, y que, para proteger a su hijo, tendrá que aprender a luchar con uñas y dientes, lejos de los lujos que una vez la definieron.
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Capítulo XXII: El precio de la dignidad
Kendra observó su reflejo en el espejo: rubia de ojos azules y de piel muy blanca, rogaba al universo que su ADN fuera tan dominante para que se pareciera a ella, aunque sabía lo traicionera que era la genética.
Sin embargo, en este punto sentía que era lo que se merecían tanto su padre como su madre por construir su vida alrededor de una mentira, además de que se negaba rotundamente a que su descendencia llevara la sangre de un hombre tan ruin como Ángel.
—¿Tienes este en color negro? —preguntó a la vendedora señalando un sexy conjunto de encaje que dejaba poco a la imaginación, con un tono de voz decidido porque ya no había vuelta atrás.
Mientras Kendra lidiaba con la idea de su cuerpo convirtiéndose en una simple incubadora, y tomaba la decisión que cambiaría su vida, Axel agradecía el inusual tiempo libre, aunque no se trataba de un descanso sino de un cierre, porque ese día había acordado reunirse con Marisol para conversar.
—Gracias por venir —dijo ella, ensayando su mejor sonrisa y luciendo, con una intención obvia, el vestido que solía ser el favorito de Axel.
Axel había elegido para este encuentro un café de estilo colonial, cercano a su barrio donde le propuso matrimonio, un lugar con techos altos e impregnado de un olor a café tostado, y hace 10 años, creyó que acababa de encontrar la felicidad en este lugar.
—Si no venía, continuarías dilatando el divorcio —respondió él con un matiz de sarcasmo en su voz grave.
Axel observó la mesa de madera desgastada la cual guardaba un recuerdo muy valioso de cuando eran jóvenes y estaban enamorados, sin embargo, Marisol miraba de reojo las paredes desconchadas; para ella, este local solo reflejaba la escasez de la que deseaba escapar a toda costa.
Lo que ella no sospechaba era que el hombre al que despreciaba por “pobre” estaba por recibir una pequeña fortuna; porque Andrés, consciente de que Axel arriesgaba la vida protegiendo sus secretos, le había asignado una bonificación extraordinaria como parte del proceso de liquidación de la familia Barreto.
—Es increíble que este lugar siga igual—dijo Marisol, fingiendo una voz melosa mientras intentaba tomar la mano de Axel sobre la mesa—Me trae tantos recuerdos hermosos, Axel … ¿Te acuerdas de nuestra primera cita aquí?
Axel retiró la mano frialdad porque no vino a este lugar para recordar el pasado, sino para terminar de una vez por todas con todo aquello que alguna vez los unió.
—No vine para recordar, Marisol, sino para que pongas fin a esta farsa y firmes los papeles del divorcio—dijo Axel con un tono seco.
Marisol suspiró con resignación, recostándose en la silla con una sonrisa que pretendía ser comprensiva, pero que resultó muy calculadora a los ojos de Axel, porque ella ya no era la mujer que lo salvó en el pasado, sino que se había convertido en alguien más oscuro.
—Axel, he estado pensando, que no tenemos por qué ser tan drásticos.
—¿A qué te refieres con no ser drásticos? —preguntó él.
Axel sintió un atisbo de interés, o quizás un último vestigio de esperanza, brilló en sus ojos, Marisol había sido su sol en medio de la oscuridad, cuando más perdido se sentía; y le costaba aceptar que había cambiado tanto.
—Te tengo una propuesta … moderna, no nos divorciemos, sino que podemos tener un matrimonio poli amoroso, tú puedes salir con quien quieras y yo podré seguir con mi novio sin escondernos y así todos ganamos.
Axel se quedó en silencio por un segundo, procesando la magnitud del descaro de lo que acababa Marisol de decirle y cualquier vestigio de sentimientos que quedaba en su interior se cortó en ese momento.
—¿Y la esposa de tu novio está de acuerdo con ese “arreglo”? —preguntó él con una calma peligrosa.
Marisol con una sonrisa de suficiencia, asintió, porque el doctor con el cual salía era el yerno del director del hospital, y nunca se divorciaría por razones obvias, sin embargo, su esposa harta de sus infidelidades y para guardar las apariencias finalmente consintió, además de que se dio cuenta de que en su posición podía salir con hombres más jóvenes, así que era un acuerdo donde ganaban todas las partes.
—Sí, ella lo sabe y le parece bien—respondió ella con total naturalidad.
Axel soltó una carcajada seca y breve, no era una risa de alegría, sino la reacción involuntaria ante algo tan absurdo que la lógica no alcanzaba a cubrir.
—Marisol, no me importa lo que hagan los demás en la intimidad de su alcoba, pero yo no soy parte de eso —dijo con firmeza.
Mientras ella negaba con la cabeza, Axel comprendió que Marisol no había cambiado realmente; simplemente estaba mostrando quien era en esencia, recordó entonces que, cuando alguien te muestra su verdadera cara, hay que creerle a la primera. Para su pesar, tuvo que admitir que su madre había sido la única persona capaz de ver todos sus colores desde el principio.
—Entiendo que te cueste procesarlo—continuó ella, con un tono condescendiente— A tu edad, te será difícil encontrar a alguien nuevo que te aguante; no todos tienen mi paciencia, Axel.
Al escucharla, Axel sintió una punzada de ironía porque recordó la mirada cargada de deseo de Kendra, y estuvo a punto de sonreír, porque si ella supiera que su vida desde su separación, no se había recluido en un convento, sino que había redescubierto su vitalidad en la compañía de mujeres mucho más jóvenes y auténticas que ella, a Marisol se le caería su máscara de superioridad, pero no le dio el gusto de saberlo porque el silencio era su mejor arma.
—No estoy dispuesto, Marisol—sentenció él—Me das asco.
—¿De verdad no estás cansado de que solo seamos nosotros dos? —insistió ella, irritada por la firmeza de su rechazo—El mundo está cambiando, Axel, así que no seas tan arcaico.
—No estoy cansado de que seamos solo nosotros dos, me casé porque eso era precisamente lo que quería: una compañera, no un club social y si del algo estoy cansado, es de tus mentiras.
—Bueno, no te estás haciendo más joven—soltó ella, con desdén —Vas a terminar solo, además cuando alguien sepa de tu pasado huirá de ti como la peste.
Axel no se arrepentía de su pasado como pandillero, no estaba orgulloso, y si tuviera una oportunidad no la habría hecho, pero ella era la menos indicada para juzgarlo, lo peor es que Marisol conocía sus cicatrices y ahora intentaba usarlas contra él.
—Lo sé—respondió Axel, levantándose de la silla— Y prefiero mil veces la soledad, que vivir con el miedo de contraer una enfermedad o peor aún terminar criando hijos que no son míos.
Axel pensó en la imagen de la traición de Ifigenia hacia su jefe atormentando su mente, entonces Marisol soltó una risa burlona, y su rostro se desdibujó en una expresión muy desagradable.
—Eres un conservador anticuado, y me das lástima, estás viejo, ¿Qué te hace pensar que vas a tener un hijo?, solo te queda soportar un poco, tal vez encuentres un poco de diversión y cuando yo esté dispuesta podemos adoptar.
Axel ya sabía de su ligadura de trompas así que le ofrecía esta solución porque ella ya no podría tener hijos, como siempre migajas de cariño y promesas que nunca cumpliría.
—No tengo nada en contra de la adopción —replicó Axel—pero ¿Quién te dio el derecho a decidir por mí?
—¡Es mi cuerpo y es mi decisión!, y no tienes derecho a decidir por mí—dijo Marisol con insolencia—No soy una incubadora ni puedes decidir que voy a hacer con mi vida.
—También es mi vida, Marisol, y tú tampoco te estás haciendo más joven; solo me llevas dos años de diferencia, aunque admito que estoy sorprendido de lo podrida que estás por dentro —replicó él, ajustándose la chaqueta con parsimonia—Se acabó el tiempo de negociar, tienes una semana para firmar, si no lo haces, iré personalmente a hablar con el director del hospital y le contaré todo sobre tu romance con su yerno.
—No te atreverías... —dijo con voz dudosa.
—Veamos si al director del hospital le parece tan "moderno" que usen las horas de guardia para sus encuentros.
Sin esperar respuesta, Axel dejó un billete sobre la mesa para pagar el café que no se tomó y salió del local, el aire de la calle nunca le había parecido tan puro, estaba oficialmente listo para dejar morir su pasado y más ahora que la familia Barreto estaba por caer y una oportunidad de dejar todo atrás se abría ante él.
Axel conducía con la mirada perdida en el camino, respirando la libertad que acababa de recibir, no sentía rabia; porque la decepción hacia Marisol era algo más profundo, que le carcomía el alma y un peso del que finalmente se había liberado, estaba absorto en sus pensamientos sobre sus planes a futuro cuando el silencio del auto fue interrumpido por el vibrar de su teléfono: era Kendra.
—Búscame en la entrada principal del centro comercial—ordenó ella, con una voz que sonaba extrañamente animada contrario a su estado de ánimo de la mañana.
Axel suspiró y giró el volante pensando “niña rica”, con un deje de cansancio, “el mundo se puede caer a pedazos y ella solo sabe quemar dinero para matar el aburrimiento”, sin embargo, en cuanto llegó y la vio de pie junto a una montaña de bolsas de marcas exclusivas su instinto de protección lo obligó a bajar del auto de inmediato para ayudarla con las bolsas de compras.
—Parece que ha decidido comprarse el centro comercial entero, señorita—comentó Axel, cargando cuatro bolsas en cada mano.
—Solo lo necesario, Axel—respondió ella, acomodándose un mechón de cabello detrás de la oreja con coquetería.