TEMPORADA 2 DE LA NOVELA "LA VIDA CON HOMBRES BESTIAS ES MUY CANDENTE".
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CAPÍTULO 4
Cuando levanté la vista… casi no me reconocí.
El vestido que llevaba puesto parecía tejido por la propia naturaleza.
Un corsé de verde profundo, adornado con delicados bordados de enredaderas, hojas y pequeñas flores, abrazaba mi figura con elegante suavidad. Desde el escote nacían finas filigranas vegetales que ascendían hacia el cuello, mientras las mangas translúcidas flotaban ligeras, decoradas con diminutos brotes que parecían recién nacidos del bosque.
La falda caía en capas de verde y marfil, corta al frente y larga por detrás, formando una cola etérea que recordaba a hojas meciéndose bajo la brisa. Bordados de enredaderas y pétalos descendían desde la cintura, dando la ilusión de que la vida misma florecía sobre la tela.
En mis pies llevaba delicadas zapatillas de satén verde, bordadas con pequeñas hojas y flores. Sus cintas se cruzaban alrededor de mis tobillos como suaves lianas.
Una de las doncellas me observó a través del espejo.
Sus ojos se abrieron con asombro.
—Se ve… realmente hermosa —murmuró—.
Hizo una pequeña reverencia involuntaria.
—Como una diosa del bosque.
La otra doncella habló con suavidad.
—Por favor, sígame.
Di un paso… pero me detuve de inmediato.
—Disculpa —dije—, pero debo alimentar primero a mis hijos.
La doncella inclinó ligeramente la cabeza.
—No se preocupe, ya les dimos de comer.
—¿Qué? —pregunté de inmediato, preocupada—. ¿Qué les dieron de comer?
La doncella levantó una mano y señaló discretamente mi pecho.
Lo entendí al instante.
Mientras yo estaba inconsciente… habían alimentado a mis hijos.
Una ligera vergüenza me recorrió.
Después de todo, yo debería haber sido quien los alimentara.
Aun así, al menos sabía que no habían pasado hambre.
En ese momento, la otra doncella tomó con cuidado a mis dos pequeños cachorros dormidos y los acomodó dentro de una cesta redonda, suave y bien preparada. Dentro había un pequeño cojín mullido y mantas finas que los envolvían con calidez.
Los dos dormían profundamente, acurrucados uno contra el otro.
—Se ven tan adorables… —murmuré en voz baja.
La doncella me entregó la cesta con delicadeza.
Tomé a mis hijos con cuidado, asegurándome de que estuvieran cómodos.
Entonces, sosteniendo la cesta con ellos dentro, comencé a seguir a la otra doncella por el pasillo.
Seguí a la doncella por los largos pasillos del hermoso castillo élfico.
Las paredes estaban adornadas con relieves de hojas, ramas y flores talladas con una precisión casi imposible. Altas columnas blancas sostenían los techos arqueados, y grandes ventanales dejaban entrar la luz suave del bosque, bañando todo con un resplandor verde y tranquilo.
Mientras caminaba, no pude evitar notar algo.
El castillo… se parecía mucho al palacio del Emperador Elfo de mi quinta vida.
La arquitectura, los detalles, incluso la forma en que la naturaleza parecía integrarse con cada rincón del lugar… todo me resultaba inquietantemente familiar.
Pero pronto mis pensamientos volvieron a donde realmente estaban.
Bajé la mirada hacia la cesta en mis brazos.
Mis dos pequeños cachorros dormían profundamente, acurrucados uno contra el otro bajo las mantas.
Una pequeña sonrisa apareció en mis labios.
—Se ven tan lindos… —murmuré en voz baja—. Ya quiero que abran sus ojitos.
Después de recorrer varios pasillos más, finalmente nos detuvimos frente a una gran puerta tallada en madera clara, adornada con delicados símbolos élficos.
La doncella abrió la puerta.
—Puede entrar.
Entré con cautela.
La habitación era amplia, elegante, iluminada por la luz que entraba desde un gran ventanal que daba al bosque.
Cerca de la ventana estaba un hombre.
Tenía un cabello largo rubio dorado que caía más allá de sus hombros y vestía ropas extremadamente lujosas, bordadas con finos hilos que reflejaban su alto estatus.
Aelina Moonveil no notó que el la observaba.
Pero él sí la vio.
Desde el reflejo del vidrio, los ojos de él se posaron en Aelina Moonveil… y en la cesta que sostenía entre sus brazos.
Por un instante, algo en su expresión cambió.
Sus pupilas se dilataron ligeramente.
Como si algo dentro de él hubiera sido profundamente sacudido.
Como si estuviera viendo algo que no esperaba… algo que lo había dejado completamente conmocionado.
Entonces el hombre se dio la vuelta.
En el instante en que lo vi de frente… mi respiración se detuvo.
Mis ojos se abrieron con incredulidad.
No podía creer lo que estaba viendo.
Era él.
El elfo con el que luché hombro a hombro en la guerra contra las bestias demoníacas.
El compañero que había permanecido a mi lado en incontables batallas.
Mi mejor amigo…
Y en lo más profundo de mi corazón…
Mi amor prohibido.
Antes de que pudiera detenerme, su nombre escapó de mis labios.
—Aethon… Sylvariel…
El hombre observó a Aelina Moonveil por un momento.
Entonces, lentamente, sonrió.
Una sonrisa cálida, casi incrédula.
—Al parecer no escuché mal anoche… —dijo con voz suave.
Sus ojos brillaban con una mezcla de sorpresa y algo más profundo.
—Realmente eres tú…
Hizo una pequeña pausa antes de decirlo.
—Santa Aelina.
Me quedé inmóvil.
Una oleada de emociones me atravesó de golpe.
No podía creerlo.
Jamás pensé que volvería a verlo… mucho menos en este mundo.
Durante tanto tiempo había creído que había muerto en aquella guerra.
La imagen de aquella última batalla, el caos, la sangre, las bestias demoníacas… todo volvió a mi mente por un instante.
Y antes de darme cuenta, las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos.
Pero no eran lágrimas de tristeza.
Eran de felicidad.
Aethon dio un paso hacia mí.
Con suavidad, colocó una mano sobre mi hombro, y con la otra limpió mis lágrimas con un gesto lleno de paciencia.
—Ya, ya… —dijo con una pequeña risa suave.
Sus ojos me observaban con calidez.
—Parece que tenemos mucho de qué hablar.
Luego sonrió con esa expresión tranquila que recordaba tan bien.
—Ven —añadió—. Siéntate.
Señaló una mesa cercana.
—Ordenaré que traigan el desayuno aquí.
Ordenó que trajeran el desayuno.
Un sirviente que aguardaba cerca inclinó la cabeza respetuosamente y salió de la habitación para cumplir la orden.
Después de eso, Aethon volvió a girarse hacia mí.
Ahora que lo tenía frente a frente...