Una chica vive cada una de sus primeras veces con un completo desconocido:
su primer beso, su primera noche, su primera confianza, su primera ilusión real.
Para ella, él es solo alguien que llegó sin aviso.
Para él, ella se convierte en todo.
El problema aparece cuando el pasado del chico —oscuro, doloroso y nunca cerrado— regresa para reclamarlo.
Un pasado que amenaza con destruir no solo la relación, sino también la inocencia de todas esas primeras veces.
A veces, el primero en todo… no es el último.
NovelToon tiene autorización de Lizeth Carolina Berrio Palencia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
LA MAÑANA SIGUIENTE
Desperté antes que él.
La luz de la mañana entraba con suavidad por la ventana, iluminando una habitación que todavía olía a noche. Durante unos segundos no entendí dónde estaba, hasta que lo vi. Daniel dormía a mi lado, de espaldas, con el cuerpo relajado pero el rostro serio, como si incluso en sueños no pudiera descansar del todo.
Lo observé sin tocarlo. A la luz del día ya no parecía solo un desconocido que apareció sin aviso. Había algo en él que no supe leer la noche anterior: una tristeza silenciosa, una distancia que no era fría, sino cansada. Me pregunté cuántas cosas habría vivido para aprender a callar así.
Me levanté despacio, cuidando cada movimiento para no despertarlo. No quería enfrentar conversaciones incómodas ni promesas que no estaba lista para hacer. Mientras me vestía, sentí esa mezcla extraña de calma y culpa, como si hubiera hecho algo que no debía… y aun así no me arrepintiera.
Estaba a punto de irme cuando escuché su voz.
—Lía.
Me giré. Tenía los ojos abiertos y me miraba con atención, sin sorpresa, como si hubiera sabido desde el inicio que yo no me quedaría.
—¿Siempre te vas sin despedirte? —preguntó en voz baja.
—No suelo quedarme —respondí con honestidad.
Asintió lentamente, como si esa respuesta confirmara algo que ya sabía.
—Yo tampoco suelo dejar que alguien se quede.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros. Me acerqué, dudé un segundo y le di un beso corto, inseguro, sin saber si significaba un adiós o un hasta luego.
—Tal vez nos volvamos a ver —dije.
—Eso espero —respondió.
Salí sin mirar atrás, sin saber que mientras yo regresaba a mi vida, él se quedaba enfrentando la suya.
Daniel
Cerré la puerta y apoyé la frente contra ella. Respiré hondo, como si el aire se hubiera vuelto demasiado pesado de repente.
No debí dejarla entrar.
No debí tocarla.
No debí sentir.
Lía Montero había despertado algo que llevaba años enterrando. Su forma de mirar sin exigir explicaciones, de quedarse sin pedir nada, removió recuerdos que creí superados.
Adriana Mendoza.
Su nombre apareció en mi mente como una herida mal cerrada. Adriana no fue solo una historia del pasado; fue el motivo por el que aprendí a no confiar, a no quedarme, a no prometer. Sabía cómo hacerme sentir culpable, cómo manipular mis silencios y convertir mis miedos en armas.
Cuando se fue, no solo me dejó solo. Me dejó roto.
Por eso huyo.
Por eso no me quedo.
Por eso Lía no debía importarme.
Pero ya era tarde.
Tomé el celular que había dejado sobre la mesa. La pantalla se encendió y un mensaje apareció, esperando ser leído.
“Sé que estás en la ciudad. Tenemos que hablar.”
Sentí un nudo en el estómago. El pasado no avisa. No pide permiso. Solo regresa cuando menos lo esperas.
Miré la puerta por donde Lía se había ido. No sabía qué lugar ocuparía en mi vida, pero sí sabía algo con certeza: mi pasado acababa de alcanzarme… y esta vez no pensaba dejarme en paz.