Luego de 10 años sin verse, Hanna se reencontró con un viejo compañero de la preparatoria. Pero para su sorpresa, aquella persona que estaba frente a ella era totalmente diferente al muchacho que había conocido. Hanna intentará descubrir qué le ocurrió durante todos esos años de ausencia y quizás ablandar ese duro corazón. ¿Podrá hacerle frente a su oscuro pasado?
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Yahír
Hanna, a pesar que durmió al principio, se levantó durante la madrugada y no logró pegar un ojo en lo restó de noche, otra vez. Estaba más que nerviosa por su entrevista con el dueño de las clínicas del centro. Incluso investigó un poco sobre el proyecto en Internet. Tenía grandes expectativas, pero realmente no daban muchos detalles sobre él. Quiso indagar más y averiguar quién era el dueño, algunos artículos de ciertos noticieros se referían a él como el "Hombre moderno" uno de los CEO más grande de la última década.
—Bueno Hanna, debemos dar buena impresión si queremos que el hombre nos contrate—se decía a sí misma. Sabía perfectamente que era una entrevista de trabajo, no un concurso de belleza, pero no iba a darse el lujo de lucir simple y desaliñada. Tampoco buscaba lucir provocativa y parecer una mujer desesperada que solamente intenta enamorar al viejo. Nunca ha sido de esas.
Llegó a la clínica y comenzó con su jornada laboral, haciendo cosas sencillas para evitar llegar tarde a su encuentro con el hombre.
La hora se acercaba, así que fue al baño para arreglarse, lavó sus manos, se maquilló y se perfumó. Caminaba imponente por los pasillos de la instalación, encontrándose con su novio de turno, Edward.
—¡Pero qué mujer tan hermosa! ¿A dónde va tan arreglada?
—A mi entrevista, Doctor. Gracias por el piropo.
—¿Doctor?—preguntó con picardía y luego se acercó a ella—Te juro que si fuera el dueño de esta clínica, te llevaría directo a mi oficina para quitarte todo eso que llevas puesto.
—¡Pero qué atrevido!—dijo con ironía. Luego en un susurro dijo.
—Celebremos esta noche si consigo que me contraten—le guiñó un ojo y luego siguió su camino como si nada hubiera pasado.
Al llegar a la oficina de su jefe, Williams, éste le ofreció un asiento y una taza de café.
—¿Nerviosa, señorita Fontaine?
—No tiene idea de cuanto. Estoy sudando frío.
—Todo saldrá bien. De eso estoy seguro.
—Eso espero—respondió con una leve sonrisa. Pasaban los minutos y el hombre no aparecía. Había un silencio incómodo, nadie decía nada. Hasta que una llamada de Williams alertó a todos.
—¿Sí, dígame? Habla con el Doctor Williams.
—Qué patético suenas diciendo eso—respondió alguien al otro lado.
—Pero que aguafiestas. ¿Estás en camino? La chica está esperando por ti aquí.
—Voy en el ascensor. Justo se acaban de abrir las puertas.
—Bien. Te dejaré la puerta entreabierta—respondió colgando. Él se acercó a la puerta de entrada de su oficina para quitarle el seguro y abrirla. El corazón de Hanna latía a mil por hora. Internamente, se decía que se calmara, que todo saldría bien.
En ese instante llega un hombre apuesto, joven, de ojos marrones, cabello castaño, con una barba impecable, músculos marcados y un porte de Dios Griego que a cualquiera podía embelesar. Él la miraba muy serio y penetrante. Ella, en cambio, abrió los ojos muy sorprendida e inconscientemente comentó:
—¿Tú?
—Bueno, déjenme presentarlos. Hanna él es Yahír Fedrerich, uno de los 10 empresarios más influyentes de los últimos tiempos. Es socio y amigo mío. Y ella es Hanna Fontaine, médico cardióloga egresada de una de las mejores universidades de todo el país.
La chica no salía de su asombro. ¿De todos los hombres y empresarios que existen, tenía que ser él? Definitivamente, no tenía oportunidad de que la contratara, no después de todos los accidentes que han pasado entre ellos. Más allá de eso, su nombre le parecía muy familiar. Fedrerich era uno de los apellidos más conocidos debido a su imperio. Son dueños de gran cantidad de empresas, siendo quienes manejan el monopolio y además grandes figuras en la política nacional.
—¿Fontaine? ¿La estrella del equipo femenino de vóleibol?
—¿Perdón?—preguntó la chica muy desorientada. ¿Equipo de Vóleibol? ¿De qué estaba hablando?
—¿Se conocen?—preguntó Williams. Antes de que Hanna pudiera decir algo, Yahír respondió:
—No. Solo la he visto un par de veces cuando he venido a visitarte—dijo con indiferencia.
—Entiendo. Bueno, les dejaré la oficina para que hablen con tranquilidad—antes de irse, posó su mano sobre el hombro de Yahír y le susurró al oído—se considerado con ella. Es muy buena en lo que hace—y sin más se fue.
Yahír rodeó el escritorio y se sentó en la silla de Williams. Sacó su celular del bolsillo del pantalón y luego tomó una carpeta en donde estaba el currículo de Hanna. Comenzó a leer todo lo que allí decía detalladamente.
Hanna no decía nada. Ni siquiera podía verle a la cara. ¿Cómo era
Posible que ese hombre sería su futuro jefe? En su imaginación exclusivamente había un hombre de al menos 40 años, no semejante obra de arte. Estaba más que avergonzada debido a todo lo que había sucedido con él tiempo atrás.
—¿Te comieron la lengua?—dice él mientras veía el contenido de la carpeta.
—No...
—Parece. Luces bastante dócil. Nada comparado con días anteriores—contestó en un tono más calmado.
—Si, bueno... no sé que decir...
—Soy profesional. Si te contrato o no, dependerá de como me parezcan tus habilidades, si es que te preocupa que te rechace por golpearme y dañar la pintura de mi auto.
—No hace falta que me lo recuerdes—respondió con incomodidad. Luego preguntó—¿De dónde sacaste eso de la estrella del equipo de vóleibol?
—¿No lo eras? Gracias a ti ganaron el campeonato nacional.
—¿Campeonato nacional?
—Creo que te confundí con alguien más. No importa, olvida lo que dije—contestó algo extrañado.
La chica se quedó un par de segundos pensando hasta que un vago recuerdo la exaltó.
—¡Claro! ¡Aquel campeonato! Pero eso ocurrió hace mucho tiempo... diez u once años más o menos ¿Cómo sabes sobre eso?
—Estábamos en la misma clase, niña genio...—al oír eso, muchos recuerdos comenzaron a llegar a su mente. Ahora entendía por qué su nombre le parecía familiar.
—¿Eres aquel matón de la preparatoria?
—¿Matón?
—Sí. El que siempre tenía la cara golpeada y siempre se metía en problemas. ¿No? Solo esa persona me llamaba "niña genio"
—Ah, ¿Acaso creías que era un matón?
—¿Cómo no iba a pensarlo? todos los días aparecías con la cara hinchada y tenías ese mal genio que aún conservas. Muchas veces creí que pertenecías a organizaciones ilícitas. Confieso que me asustaba cada vez que me hablabas.