Irene Blanch era una señorita proveniente de una familia tranquila, ella igual era alguien de muy bajo perfil, fue por eso por lo que Ezra Markov la eligió como su esposa luego de ser rechazada por su primer amor, Lina Lewel. Irene lo sabía, y acepto de todas formas, porque tampoco estaba enamorada de Ezra, solo vió los beneficios de ese matrimonio y los del divorcio en el que pensaba antes incluso de estar casada.
Irene nunca previo el cambio de actitud de su esposo ni tampoco los de ella misma. Menos aún que el primer amor de Ezra mostrara tanto interés en sus vidas.
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Capitulo 22
—Duquesa, hemos preparado un baño para usted. ¿Desea tomarlo ahora o prefiere descansar primero?
La doncella habló con una voz suave y respetuosa.
Irene la miró por un momento antes de responder.
—Lo tomaré ahora.
La joven asintió.
—Como ordene.
La condujo por un amplio pasillo iluminado por lámparas de pared hasta detenerse frente a una gran puerta doble. La doncella la abrió con cuidado.
Ante Irene apareció una habitación amplia, luminosa y exquisitamente decorada. Todo en ella transmitía lujo y elegancia.
En el centro se alzaba una enorme cama con dosel, cubierta por telas claras y delicadas que caían suavemente a sus lados. A primera vista era imposible no fijarse en ella.
Las altas puertas de vidrio al fondo daban hacia un balcón desde el cual aún se filtraban los últimos tonos dorados del atardecer.
Sin duda, aquella era la habitación matrimonial.
Irene se tensó apenas al poner un pie dentro.
Hasta ese momento había ignorado deliberadamente muchas de las implicaciones de su matrimonio.
Y una de ellas era compartir dormitorio con un hombre al que apenas conocía.
Sin embargo, tras un instante, dejó escapar un suspiro silencioso.
No creía que Ezra estuviera particularmente cómodo compartiendo el mismo espacio con ella.
Y aunque lo estuviera…
Irene se había preparado mentalmente para aquello desde el momento en que decidió aceptar ese matrimonio.
Apartó esos pensamientos de su mente.
Intentó relajarse.
La doncella le indicó dónde se encontraba el baño y la ayudó a quitarse el pesado vestido de novia. Cuando la joven comenzó a preparar todo para asistirla durante el baño, Irene la detuvo con suavidad.
—Déjame sola, por favor. Estoy acostumbrada a bañarme sin ayuda.
La doncella inclinó la cabeza.
—Como ordene, duquesa.
Luego se retiró discretamente.
Irene entró en la gran tina de baño.
El agua tibia envolvió su cuerpo con una sensación profundamente relajante. Cerró los ojos por un instante, dejando que el calor disipara poco a poco la tensión acumulada durante el largo día.
En los estantes cercanos había varios frascos de aceites aromáticos.
Irene tomó uno y lo abrió.
Un aroma suave y floral se esparció en el aire.
Eligió aquel que más le gustó y aplicó un poco en sus brazos y en el cuello, dejando que el perfume delicado se mezclara con el vapor del agua.
Durante un rato simplemente permaneció allí, en silencio.
Intentando no pensar en nada.
Pero era inútil.
Las palabras del príncipe Eliott seguían rondando su mente.
¿Qué clase de persona era realmente el príncipe heredero?
Aquella pregunta no dejaba de repetirse en su cabeza.
Después de un tiempo, Irene decidió que ya era momento de salir.
Se levantó de la tina y se envolvió con una toalla. Cuando salió del baño, encontró la ropa que habían dejado preparada para ella.
Se detuvo.
La observó con evidente sorpresa.
—¿Qué es esto…? —murmuró.
Tomó la prenda entre sus manos.
Al parecer, aquello era un pijama.
Un camisón de seda de un rojo intenso, extremadamente suave, con delicados bordes de tul. Tenía tirantes finos y era bastante corto.
Demasiado corto.
Irene tragó saliva, incómoda.
Miró alrededor por si hubiera algo más.
Pero además del camisón solo había una bata a juego.
Suspiró.
—Me pondré esto… y la bata. Luego veré si encuentro algo más en la habitación —pensó.
Se colocó el camisón.
Cuando alzó la vista y vio su reflejo en el gran espejo del baño, se ruborizó.
—Cuando hicieron esto… ¿acaso les faltó tela? —murmuró mientras intentaba bajar el borde del camisón, que quedaba muy por encima de sus rodillas.
Intentó acomodarlo nuevamente.
Inútil.
—¿Y qué pasa con esto…? —añadió, llevándose una mano al escote para cerrarlo, aunque tampoco ayudaba demasiado.
Finalmente se puso rápidamente la bata encima.
Entonces salió del baño.
Revisó los armarios de la habitación.
Pero no encontró ninguna otra prenda.
Frunció el ceño.
Abrió la puerta del dormitorio y miró hacia el pasillo.
No había nadie.
—¿Hola…?
Llamó un par de veces.
Pero nadie respondió.
Salir al pasillo vestida de esa manera no era una opción.
—Deben estar ocupados… —pensó.
Volvió a cerrar la puerta y entró nuevamente en la habitación.
Se recostó unos segundos contra la madera, suspirando.
La luz del atardecer ya había desaparecido de las ventanas. El cielo se había oscurecido completamente.
Fue entonces cuando algo llamó su atención.
Las cortinas de la puerta del balcón se movían suavemente.
Irene caminó hacia allí.
Y se sorprendió al descubrir una mesa preparada.
Sobre ella había todo tipo de alimentos y bebidas: frutas, pequeños bocadillos, pan, dulces y varias copas.
En ese momento su estómago rugió con fuerza.
Irene parpadeó.
La verdad era que tenía mucha hambre.
No había comido prácticamente nada en todo el día.
Miró la mesa con cierta duda.
—Esto debió prepararse para compartirlo con el duque… —pensó—. Pero ni siquiera sé si vendrá… y tengo hambre. En todo caso, no creo que se enoje si pruebo algunas cosas.
Se sentó con cuidado.
Tomó uno de los bocadillos y lo probó.
Estaba delicioso.
Después se sirvió algo de beber.
Creyó que era jugo de frutas.
Pero cuando lo probó, se sorprendió.
—Oh…
Era una bebida con alcohol.
Muy dulce.
—Nunca había probado algo así…
Irene no estaba acostumbrada a beber.
Pero aquella bebida era tan dulce que apenas sentía el alcohol.
Así que tomó otro pequeño sorbo.
Despedir a los últimos invitados tomó más tiempo del que Ezra había previsto.
Cuando finalmente quedó libre, la noche ya había caído por completo sobre el ducado. Las luces del jardín iluminaban tenuemente los caminos, y el murmullo de la celebración se había reducido a unos pocos sirvientes que terminaban de ordenar todo.
Ezra caminó hacia el interior del palacio con paso tranquilo.
Sin embargo, cuando llegó frente a la puerta de su habitación, se detuvo.
En medio del bullicio de la celebración había olvidado por un instante que ahora no estaba solo.
Dentro de esa habitación había alguien más.
Alguien que, en teoría, lo estaba esperando.
Irene.
Ezra permaneció inmóvil frente a la puerta más tiempo del necesario, como si dudara en entrar.
Finalmente tomó aire y abrió.
Pero al entrar, la habitación estaba vacía.
Su cuerpo se tensó de inmediato.
—¿Irene…?
Su voz fue apenas un murmullo mientras recorría la habitación con la mirada.
Entonces notó algo.
Las puertas que daban al balcón estaban entreabiertas.
Y a contraluz, distinguió una silueta.
—Ah… está en el balcón —pensó.
Tragó saliva con nerviosismo.
Durante un instante consideró salir a hablar con ella.
Pero enseguida apartó la mirada.
—Creo que tomaré un baño antes…
Con ese pensamiento se dirigió al baño.
Al entrar, percibió de inmediato un aroma floral que no era habitual.
El baño no olía así normalmente.
Ezra se detuvo.
Aquello debía ser el perfume de Irene.
Una extraña tensión apareció en su pecho.
Cerró los ojos por un instante, intentando calmarse.
Luego entró a bañarse.
El agua tibia debería haber sido relajante, pero su mente no dejaba de divagar.
Sin querer, recordó aquellos libros que había leído días atrás durante aquel episodio tan confuso.
Sus labios se apretaron.
Su ceño se frunció.
—Calmante, tonto… —balbuceó para sí mismo.
Después de unos minutos salió del baño.
Se cambió rápidamente y regresó a la habitación.
Irene aún estaba en el balcón.
Así que se dirigió hacia allí.
Cuando ella notó su presencia, giró hacia él.
Sonrió.
Su rostro estaba sonrojado y su expresión era mucho más alegre de lo habitual.
—Duque… no, Ezra… ¿dónde estabas?
Su tono era ligero.
Ezra se quedó petrificado.
La imagen frente a él lo dejó completamente inmóvil.
Irene tenía el cabello completamente suelto, cayendo en suaves ondas sobre sus hombros. Vestía una prenda de tela fina que se adhería delicadamente a su figura, marcando cada curva con suavidad.
El aroma floral que la rodeaba llegaba hasta él con claridad.
Por un instante, Ezra olvidó cómo respirar.
Irene comenzó a caminar hacia él.
Pero antes de llegar, tropezó ligeramente y perdió el equilibrio.
Ezra reaccionó de inmediato.
La sostuvo antes de que cayera.
Sus rostros quedaron muy cerca.
Ezra estaba sorprendido… y completamente hipnotizado.
Pero Irene simplemente sonrió.
—¡Gracias!
Lo observó con curiosidad.
—Tienes una expresión extraña… tal vez tengas hambre.
En ese momento, el olor a alcohol llegó hasta Ezra.
Y entonces lo comprendió.
Miró hacia la mesa cercana.
Había una botella casi vacía.
—Has estado bebiendo… —murmuró más para sí mismo que para ella.
—¡Ajá! —respondió Irene con entusiasmo—. Deberías probar.
Tomó una copa y se la ofreció.
—Oh, no… —dijo Ezra de inmediato.
—¿No quieres?
Irene sonrió con una alegría evidente, claramente dominada por el alcohol al que no estaba acostumbrada.
—¡Entonces yo lo beberé por ti!
Levantó la copa como si brindara.
Antes de que Ezra pudiera detenerla, bebió un largo sorbo.
Pero debido al mareo que ya tenía, parte de la bebida se derramó sobre su bata.
Irene miró la mancha con disgusto.
Dejó la copa sobre la mesa.
—Ah… ¿qué es esto? Qué molesto…
Y sin pensarlo demasiado, se quitó la bata.
Debajo solo llevaba el camisón.
Los ojos de Ezra se abrieron aún más.
Su pulso se aceleró violentamente.
Sintió un calor intenso expandirse por todo su cuerpo.
De inmediato desvió la mirada.
De repente se sintió profundamente incómodo consigo mismo.
Irene estaba borracha.
Y él la estaba mirando de forma demasiado evidente.
Si estuviera sobria… seguramente no se mostraría así frente a él.
—Irene…
Su voz salió temblorosa.
—Creo que ya es suficiente. Será mejor que vayas a la cama.
—¿Eh…?
Irene frunció el ceño.
—¡No! Aún es temprano.
Tomó un tenedor con un trozo de fruta y lo extendió hacia él.
—Ven, prueba esto.
Ezra levantó la mirada apenas un instante.
Estaba completamente tenso.
No entendía las reacciones de su propio cuerpo.
Volvió a bajar la mirada.
—Este clima no es apropiado… podrías resfriarte. Ve a la cama —insistió.
Pero Irene seguía con el brazo extendido hacia él.
Su expresión se volvió ligeramente molesta.
—¿No tienes hambre acaso?
Ezra se mordió el labio con fuerza.
Tanta fuerza que el sabor metálico de la sangre apareció en su boca.
De pronto alzó la mirada.
Tomó la muñeca de Irene con firmeza.
Y, sin decir nada más, inclinó la cabeza y tomó con la boca la fruta que ella sostenía en el tenedor.
La masticó rápidamente.
Luego soltó su muñeca.
—Ya me lo comí… ¿estás contenta? Ahora ve a la cama.
Irene sonrió.
Era una sonrisa despreocupada.
La sonrisa de alguien que en realidad no era plenamente consciente de lo que estaba ocurriendo.
Entonces lo miró fijamente.
—Llévame.
Ezra parpadeó.
—¿Eh…?
—Eres mi esposo —dijo con total naturalidad—.
Se inclinó un poco hacia él.
—Hazte cargo de mí y llévame a la cama.
Hay Ezra m imagino tu cara de celos
estos celos me hacen daño me enloqueceeeen~🤣🤣
pobre ezra la cara que debe de tener