Dicen que la sangre de un vampiro es fría, pero la suya ardía con una maldición. La mía, tan dulce y prohibida, era su único dulce veneno... o su salvación eterna.
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Capítulo 17
El cielo sobre la mansión Liu no se oscureció de manera natural. No fue el suave paso del día a la noche, sino una herida súbita en el firmamento. La luna, como un disco de obsidiana, comenzó a devorar el sol, proyectando una luz cobriza y enferma sobre el valle. Los pájaros callaron de golpe y un frío antinatural descendió, congelando el rocío sobre las flores negras del jardín.
XiaoXuan caminaba hacia el Altar de los Ancestros, un lugar situado en lo más profundo de una gruta natural bajo la mansión. El peso de su vestido rojo parecía aumentar con cada paso, y el sonido de sus propios latidos era una percusión ensordecedora en sus oídos. Detrás de ella, Lady Liu caminaba con la rigidez de una estatua, escoltada por cuatro ancianos del clan, cuyas túnicas grises arrastraban sobre el suelo de piedra como alas de polilla.
Al llegar a la cámara central, la visión la dejó sin aliento. El altar era una losa colosal de cristal volcánico que parecía absorber la poca luz que quedaba. En el centro, Chen Yi ya estaba esperando. Su rostro era una máscara de agonía controlada; las venas negras de la Sombra trepaban por su cuello hasta sus mejillas, palpitando al ritmo del eclipse.
—Es hora —dijo Lady Liu, su voz resonando en las paredes de la gruta como un trueno distante—. El sol se ha ocultado y la Sombra reclama su tributo. XiaoXuan, ocupa tu lugar.
XiaoXuan se acercó a Chen Yi. Él la miró, y en sus ojos grises vio una lucha desesperada por mantener la lucidez.
—Todavía... puedes irte —susurró él, sus dientes apretados para no gritar. El aire a su alrededor vibraba con una energía oscura y distorsionada—. Siento que algo se rompe dentro de mí. Si la ceremonia falla, la Sombra me consumirá y no quedará nada de lo que conoces.
—No me voy a ir, Chen Yi —respondió ella, tomando sus manos. Estaban gélidas, como el mármol bajo la lluvia—. Dijimos que haríamos esto juntos. No dejes que la Sombra te convenza de que estás solo.
—¡Basta de sentimentalismos! —intervino Lady Liu, situándose en la cabecera del altar—. El eclipse alcanzará su totalidad en minutos. Chen Yi, tú eres el Recipiente. XiaoXuan, tú eres la Fuente. Para que la maldición se transforme en vínculo, vuestras sangres deben mezclarse en el cáliz de obsidiana mientras la corona solar desaparece.
Los ancianos comenzaron un cántico en un idioma olvidado, una letanía de sonidos guturales que hacían que las paredes de la gruta vibraran. XiaoXuan sintió una presión insoportable en el pecho. No era solo el miedo; era la Sombra de Chen Yi que intentaba expandirse, buscando desesperadamente la luz de la vida que ella poseía.
Lady Liu extendió una daga de plata finamente labrada.
—El Recipiente debe beber primero, para que la Sombra reconozca el aroma de la salvación. Luego, la Fuente debe aceptar la oscuridad para que el círculo se cierre.
Chen Yi tomó la daga. Su mano temblaba violentamente. Miró a XiaoXuan con una súplica silenciosa, pidiéndole perdón por lo que estaba a punto de pedirle. Él hizo un corte rápido en su propia palma y dejó que la sangre oscura, casi negra, cayera en el cáliz. Luego, con una lentitud tortuosa, se acercó a la muñeca de XiaoXuan.
—Lo siento... —susurró él, tan bajo que solo ella pudo oírlo.
—Hazlo —instó ella, cerrando los ojos.
El dolor del corte fue mínimo comparado con la sensación de vacío que siguió cuando su sangre comenzó a llenar el recipiente. En ese momento, el eclipse alcanzó la totalidad. El mundo exterior quedó en tinieblas absolutas, y en la gruta, las antorchas de fuego fatuo estallaron en llamas azules.
La Sombra dentro de Chen Yi rugió. Literalmente. Un sonido que no procedía de su garganta, sino del aire mismo. El humo negro comenzó a emanar de sus poros, envolviéndolos a ambos en una neblina densa y sofocante.
—¡Beban! —ordenó Lady Liu, sus ojos brillando con una ambición aterradora.
Chen Yi tomó el cáliz. La mezcla de su sangre maldita y la sangre pura de XiaoXuan brillaba con un resplandor amatista. Bebió la mitad y luego, con manos temblorosas, acercó el borde a los labios de XiaoXuan.
Al tragar el líquido, XiaoXuan sintió que el fuego líquido invadía sus venas. No era la euforia de la noche anterior; esto era una invasión. Vio destellos de la historia de los Liu: guerras, traiciones, y el momento exacto en que el primer ancestro vendió su alma por poder. Sintió el peso de los siglos aplastándola.
—¡Resiste, XiaoXuan! —la voz de Chen Yi sonó en su mente, clara y potente—. ¡No dejes que el pasado te reclame! ¡Mírame a mí!
Ella abrió los ojos y lo vio. Chen Yi ya no era solo un hombre; estaba envuelto en alas de oscuridad, pero sus ojos seguían siendo los de él. Ella extendió los brazos y lo rodeó con todas sus fuerzas. El contacto físico fue como un ancla en medio de la tormenta. Ella no le estaba dando solo sangre; le estaba entregando su voluntad de vivir, su calor humano, su amor incondicional.
La Sombra intentó luchar, intentó romper la unión, pero la "Sincronía" de la que Chen Yi había hablado en la biblioteca comenzó a manifestarse. La oscuridad no fue expulsada, sino que comenzó a ser absorbida por ambos, redistribuyéndose, perdiendo su filo letal al ser compartida.
Un grito desgarrador escapó de los labios de Chen Yi mientras caía de rodillas, arrastrando a XiaoXuan con él. El cántico de los ancianos alcanzó un clímax ensordecedor y luego, el silencio.
La luz regresó gradualmente cuando el sol empezó a asomar tras la luna. La gruta quedó en una penumbra tranquila. Chen Yi yacía sobre el suelo, con la cabeza apoyada en el regazo de XiaoXuan. Las venas negras habían desaparecido. Su piel ya no era gris ceniza, sino que tenía el matiz saludable de alguien que finalmente ha dormido tras una larga enfermedad.
Lady Liu se acercó, su rostro era una máscara de frustración y asombro.
—Ha sobrevivido... —murmuró ella, extendiendo una mano para tocar a su hijo, pero retrocedió cuando Chen Yi abrió los ojos. Ya no eran rojos, ni purpúreos. Eran de un gris claro, luminosos, llenos de una paz que la mansión Liu no había visto en generaciones.
—La Sombra ha sido sellada —dijo Chen Yi, su voz era firme por primera vez—. Pero no para ti, madre. Ni para el linaje. Ha sido sellada para nosotros.
XiaoXuan soltó un sollozo de alivio y lo abrazó, hundiendo su rostro en su cuello. Estaban vivos. El eclipse de la maldición había pasado, y aunque el camino por delante era incierto, la oscuridad ya no era su dueña. Eran, por fin, los arquitectos de su propio destino.