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Mi Esposo Me Envenenó el Vientre

Mi Esposo Me Envenenó el Vientre

Status: Terminada
Genre:Venganza / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:5
Nilai: 5
nombre de autor: Santi Suki

Valentina lo dio todo por su matrimonio. Cinco años soportando las humillaciones de su suegra, que la llamaba estéril. Cinco años aguantando la indiferencia de Adrián, el hombre que juró amarla. Cinco años creyendo que la culpa de no poder embarazarse era suya.

Hasta que un accidente le reveló la verdad: alguien le había estado dando drogas anti-ovulatorias a escondidas. La mujer que todos llamaban estéril nunca lo fue. Le envenenaron el vientre a propósito.

A partir de ese momento, Valentina dejó de llorar en silencio. Con la ayuda de Santiago —un abogado brillante que ve en ella la fuerza que nadie más quiso ver—, Valentina emprende su camino de vuelta: atrapa a los culpables, recupera su dignidad y construye desde cero la vida que le robaron.

Pero la traición tiene raíces profundas. Mientras Valentina renace, sus enemigos no van a quedarse de brazos cruzados. Y el pasado de Santiago también esconde heridas que amenazan con alcanzarlos a ambos.

NovelToon tiene autorización de Santi Suki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 21

Seis meses transcurrieron sin que Valentina lo sintiera, viviendo como una mujer divorciada. La casa que antes se sentía silenciosa ahora se llenaba con más frecuencia de risas ligeras, pisadas y conversaciones sencillas que calentaban los espacios que alguna vez estuvieron fríos.

Al caer la tarde, el aroma de sopa de pollo inundó la cocina. El vapor subía despacio mientras Valentina la vertía en un tazón; las manos ágiles, los movimientos serenos, como si esa rutina se hubiera convertido en una nueva forma de ordenar la vida que antes tenía hecha pedazos.

La puerta se abrió sin necesidad de tocar mucho. Matías entró primero con paso despreocupado, como de costumbre, trayendo consigo un aire festivo.

—¡Mmm, huele increíble! ¿Qué cocinaste ahora, Valentina? Cada vez que vengo me siento más a gusto aquí —soltó el muchacho asomándose a la cocina.

Valentina sonrió levemente sin voltear.

—Si vienes nada más a comer, la próxima vez te cierro la puerta.

—Oye, pero vine de paso a acompañar a Santiago —respondió Matías con rapidez, y giró la cabeza hacia atrás—. ¿Verdad, hermano?

Santiago, que acababa de entrar, se limitó a negar con la cabeza; la comisura de los labios apenas se le elevó. Su mirada se detuvo un instante en Valentina, pero fue suficiente para que el ambiente se sintiera diferente. Había algo que nunca se decía, pero que crecía en silencio entre ellos.

La noche transcurrió como las anteriores. Sencilla, cálida y sin presiones. Sin embargo, Matías nunca se quedaba callado del todo.

—Oye, Valentina —dijo Matías de pronto, inclinándose sobre la mesa—. Si hubiera un hombre de buen carácter, paciente, guapo y con buena posición, ¿lo aceptarías?

Valentina alzó una ceja, fingiendo no entender.

—¿De quién estás hablando?

Matías le lanzó a Santiago una mirada pícara.

—Pues... de alguien por ahí.

—Matías —lo cortó Santiago, breve; el tono calmado, pero suficiente para que su hermano menor hiciera una mueca conteniendo las ganas.

—Valentina es una mujer joven, divorciada y guapa. Seguro hay muchos hombres allá afuera que la quieren. Mejor que escoja a uno que ya se sepa bien de dónde viene y quién es —dijo Matías con total ligereza.

Santiago miró de reojo a Valentina. Quería ver cómo reaccionaba.

Valentina ya tenía la cabeza agachada, ocultando una sonrisa que le brotó sin darse cuenta.

* * *

Aquel día la lluvia cayó sin aviso. El cielo, nublado desde el mediodía, finalmente se desplomó justo cuando Valentina andaba por la ciudad buscando a otros criadores de pollos para asociarse como proveedores. La demanda de pollo de engorda iba en aumento.

Ahora Valentina estaba atrapada en un café pequeño al borde de la calle, esperando a que la lluvia amainara, pero no daba señales de parar. Al poco rato, la puerta del café se abrió. Una figura conocida entró con los hombros ligeramente mojados.

—¿Santiago? —Valentina se sorprendió.

Santiago exhaló con suavidad y sonrió.

—Pasaba por aquí. Y la lluvia se puso peor.

Se sentaron uno frente al otro. Afuera, la lluvia caía como una cortina, separando su mundo del bullicio de la ciudad. Adentro, solo estaba el sonido de las gotas al caer y el latido del tiempo, que parecía ir más lento.

Por unos momentos solo hubo silencio. No era incomodidad, pero tampoco era lo de siempre.

Santiago contempló su taza de café, luego levantó la vista.

—Valentina...

Ella volteó.

—¿Sí?

Hubo una pausa. La respiración de Santiago se escuchó más pesada de lo normal.

—No quiero seguir dando rodeos. Me gustas, Valentina —dijo Santiago con voz suave, pero con una firmeza que dejaba claro que hablaba en serio.

La frase cayó así, sin adornos. Y precisamente por eso se sintió más profunda.

Valentina se quedó inmóvil; la mano que sostenía la taza se detuvo poco a poco. Los ojos no lo miraron de frente enseguida, como si necesitara tiempo para asimilar.

—Sé que has pasado por cosas muy difíciles —continuó Santiago—. Sé que nada de esto ha sido fácil. Pero hablo en serio.

El silencio volvió a descender, más denso que antes. La voz de Valentina salió al fin, queda.

Tomó aire despacio.

—Yo también empecé a sentirme a gusto contigo, Santiago.

Santiago la miró con los ojos encendidos; la esperanza fue asomándose poco a poco. El corazón se le aceleró y algo se agitó en su interior.

—Pero tengo miedo —continuó Valentina con honestidad—. Ya no soy una mujer completa.

Santiago frunció ligeramente el ceño.

—¿A qué te refieres?

Valentina bajó la mirada para ocultar los ojos que se le humedecían. La voz se le debilitó.

—Mi útero. No sé si todavía pueda tener hijos.

Aquellas palabras se sintieron como una herida vieja que se vuelve a abrir. Pero esta vez las dijo sin lágrimas, solo con el miedo que aún le quedaba.

Santiago no respondió de inmediato. La contempló durante unos segundos y luego exhaló despacio.

—Yo no me enamoré de tu útero, Valentina —dijo Santiago al fin—. Me enamoré de ti.

Valentina se quedó muda, atónita. Porque la mayoría de los hombres quieren tener hijos después de casarse.

—Lo que haya pasado en el pasado no fue culpa tuya —continuó él—. Eso no le quita nada a quien eres ahora.

La mirada de Valentina se fue alzando poco a poco. Algo vibraba en ella.

—No necesito perfección —añadió Santiago—. Solo te necesito a ti.

Afuera seguía lloviendo, pero dentro del pecho de Valentina algo empezó a derretirse. Antes de que pudiera responder, Santiago volvió a hablar, esta vez con más aplomo.

—No quiero que sigamos nada más así, cerca sin más —dijo—. Quiero una relación en serio.

Valentina lo miró; el corazón le latía más rápido.

—Si estás lista... quiero que nos casemos —continuó Santiago.

El tiempo pareció detenerse. Valentina se quedó petrificada. Los ojos se le agrandaron, la respiración se le cortó. No esperaba que Santiago se atreviera a llegar tan lejos.

—Santiago. —La voz de Valentina apenas salió, aunque tenía la boca abierta.

Todos los recuerdos viejos irrumpieron de golpe. La herida de la traición. El dolor que alguna vez la destruyó. El miedo regresó, sin pedir permiso.

—Tengo miedo, Santiago... —susurró Valentina.

Santiago no la interrumpió. Esperó a que terminara de hablar.

—Tengo miedo de que todo se repita —continuó Valentina—. Tengo miedo de no ser suficiente como esposa. —Las manos le temblaban sobre la mesa.

Santiago deslizó la suya despacio, acercándose, pero sin tocarla. Dándole espacio, sin dejar de estar presente.

—No tenemos que apresurarnos —dijo Santiago en voz baja—. Puedo esperar.

Valentina cerró los ojos un momento. El corazón le bullía, entre querer creer y el miedo a caer de nuevo. Después de tanto tiempo, Valentina volvía a enfrentarse a una decisión que de verdad la aterrorizaba.

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