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El Lamento De Las Flores

El Lamento De Las Flores

Status: En proceso
Genre:Romance / Reencarnación / Mundo de fantasía
Popularitas:992
Nilai: 5
nombre de autor: A.B.G.L

La joven princesa olvidada, la marginada, la horrible y desgraciada hija de un duque a buscado liberarse de una familia que no la aprecia, se a enamorado, pero se han burlado de ella, la han humillado y cuando creyo que los afectos de un hombre que jamas imagino que la amaria le hizo cambiar de parecer, este la traiciona de la peor manera, rota, rota del corazon y humillada huye a los campos, donde buscareinventar a la mujer en ella, pero su mente piensa en el hombre que ama y que creyo que la amaba, pero había cometido un error.

Había cometido el terrible, el único error en toda su vida, confiar en el...

Novela romántica.

Novela extensa.

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Capítulo 8: El Juramento de la Sombra

La madrugada se despertó gris y pesada, como si el cielo mismo dudara en verla partir. En la alcoba que había sido su prisión y su refugio durante veintiún años, Harriette permanecía de pie junto a la ventana, mirando cómo la luz pálida se filtraba entre las cortinas, sin sentir el frío que calaba las piedras del castillo. Hoy era el día. El día que había esperado con una mezcla de impaciencia y terror, de certeza y duda. Hoy dejaba de ser Harriette Emberfall para convertirse en la esposa de un hombre que no conocía, cuyo rostro nadie había visto, cuya sombra era más famosa que su nombre. Y sin embargo, no sentía lástima por sí misma. Sentía alivio. Alivio de dejar atrás todo lo que la había herido, todo lo que la había hecho sentir menos, todo lo que la había llevado a la muerte y de vuelta.

Mara entró con el vestido entre sus brazos, envuelto en una tela fina de lino, y al desplegarlo sobre la cama, la habitación pareció llenarse de una luz suave y antigua, como si la luna misma hubiera descendido para descansar sobre la tela. Era un vestido que no parecía pertenecer a este mundo, un diseño que hablaba de leyendas y bosques antiguos, de princesas olvidadas y reinos bajo la montaña. De un tono marfil, blanco roto, cálido y etéreo, como la luz de la luna sobre la nieve derretida.

—Es hermoso —susurró Harriette, acercándose y pasando la mano suavemente por el encaje floral bordado, que se elevaba en relieve sobre la base translúcida—. No creí que me vestiría así. Pensé que sería algo sencillo, sin adornos.

—El duque lo ordenó expresamente, señorita —dijo Mara, con voz suave mientras comenzaba a desabrochar la ropa que Harriette llevaba puesta—. Dijo que su hija merecía algo que reflejara su belleza, aunque él hubiera tardado en verla. No hay perlas ni joyas, solo el encaje y la seda. Creo que es perfecto. Sois una ninfa, señorita. Una ninfa que por fin abandona el bosque donde estuvo prisionera.

Harriette no respondió. Dejó que la vistieran, que la envolvieran en aquella tela que parecía hecha de aire y de sueños. El corsé, estructurado con varillas visibles que acentuaban su cintura, la abrazó con firmeza sin asfixiarla, recubierto por completo de aquel encaje floral que parecía crecer sobre su piel. El escote, en forma de corazón y caído sobre los hombros, dejaba ver su cuello y clavículas, pálidos y delicados, y las mangas, amplias y transparentes como alas de niebla, se abrían en cascadas de encaje que terminaban en puntas suaves sobre sus manos. La falda, ceñida en caderas y muslos como una segunda piel, se abría fluida hacia abajo, con capas de tul y encaje que caían verticalmente como lágrimas congeladas, terminando en una cola circular que se extendía tras ella como un manto de nubes. La espalda, descubierta y cruzada por cintas que se entrelazaban en un cordón largo y suelto, la hacía sentir desnuda y protegida a la vez, vulnerable y fuerte.

Se miró en el espejo y apenas se reconoció. No era la hija olvidada, ni la mujer traicionada, ni la que mendigaba cariño. Era una aparición, una visión de belleza antigua y silenciosa, con el cabello rubio recogido en una corona de trenzas simples, sin joyas, sin adornos, solo ella y el vestido y la verdad de lo que estaba por hacer. Se puso un velo ligero, transparente, que le cubría el rostro como una bruma, y respiró hondo. No había amor en este día. No había ilusión. Pero había libertad. Y eso valía más que cualquier juramento de amor que jamás hubiera podido escuchar.

Caminó hacia la capilla privada del castillo, un lugar pequeño y antiguo, de paredes de piedra desnuda y vidrieras que apenas dejaban pasar la luz. El silencio la recibió, denso y sagrado, roto solo por el sonido de sus pasos sobre las losas frías. Al fondo, junto al altar de piedra, esperaban los suyos: su padre Fenris, con el rostro tenso y los ojos llenos de un arrepentimiento que ya no podía cambiar nada; su madre Ottaviana, con su elegancia fría y distante; sus hermanos Orion y Lucien, rígidos e incómodos, como si su presencia fuera un estorbo más que un acontecimiento familiar. Estaban allí por deber, por protocolo, porque así lo exigía el rango. No porque la amaran. Y ella lo sabía, y ya no le dolía. El dolor se había transformado en indiferencia, en una frialdad tranquila que la protegía mejor que cualquier armadura.

Subió los dos únicos escalones del altar, y entonces vio al hombre que la esperaba junto al oficiante. No era él. No era su esposo. Era un hombre de porte firme, vestido de negro, con una capa que le cubría gran parte del cuerpo, y en su mano, no un anillo ni una flor, sino una espada desenvainada, cuya hoja brillaba con una luz fría y oscura, el símbolo del archiduque, la marca de su casa, la presencia de un hombre que ni siquiera se había tomado la molestia de estar allí. El representante dio un paso hacia ella, y con un gesto solemne y respetuoso, levantó el velo de su rostro, dejándola al descubierto ante todos, ante la ausencia de aquel que debía verla por primera vez en este día.

—Yo soy el capitán Kael —dijo él, con voz grave y monótona—. Represento al archiduque Aleric Duskbringer, quien por deberes militares no puede estar presente hoy. Esta espada es su extensión, su palabra, su voluntad. Donde está ella, está él.

Harriette sintió una punzada de algo parecido a la humillación, rápida y afilada, pero la apartó de inmediato. Es patético, pensó, mirando la hoja de acero que representaba al hombre que recibiría su mano. Casarme con una espada, con un ausente, con un nombre que nadie ha visto. No está aquí. No vino. Ni siquiera le importó lo suficiente para aparecer aunque fuera un instante. Pero entonces miró hacia la puerta, hacia la libertad que la esperaba más allá de esas paredes, y comprendió que no importaba. No importaba que no estuviera. No importaba si era viejo o joven, amable o cruel. Importaba que no era Ashen. Que no era su familia. Que era una puerta hacia otra vida, hacia otro mundo, hacia la posibilidad de ser ella misma por primera vez.

El oficiante comenzó a hablar, sus palabras resonando suaves y solemnes entre las paredes de piedra, hablando de unión, de lealtad, de compañerismo, de destinos entrelazados. Harriette escuchaba con atención, sin perder una sola palabra, y cuando llegó el momento de pronunciar su juramento, lo hizo con voz clara y firme, sin temblor, sin duda:

—Yo, Harriette, tomo a Aleric como mi esposo. Prometo lealtad, respeto y compañía. Prometo ser suya mientras la vida nos una. Y acepto su protección y su nombre, con todo lo que eso conlleva.

No dijo te amo. No dijo te esperaba toda mi vida. No mintió. Y el representante, con la espada aún en su mano, respondió en nombre del archiduque, repitiendo las promesas con la misma solemnidad, como si el hombre que las había escrito estuviera allí, mirándola a los ojos. Firmaron los documentos reales, sellaron el lazo con cera roja y el emblema de la casa Duskbringer —el cuervo sobre la luna—, y entonces el capitán Kael tomó una sortija de plata negra, sencilla y sin adornos, y la deslizó en su dedo anular. Era fría, pesada, y encajó perfectamente, como si hubiera sido hecha para ella desde antes de que naciera.

—Estáis casados —dijo el oficiante, y sus palabras cayeron como un sello final sobre su destino—. Ahora y para siempre. Que los dioses protejan esta unión.

El capitán Kael hizo una reverencia, volvió a envainar la espada y se retiró en silencio, dejándola sola frente al altar, frente a su nueva identidad. Cedric, el mayordomo, se acercó entonces, con paso digno y respetuoso, y le hizo una inclinación de cabeza profunda, llena de reconocimiento.

—Mi señora —dijo, y esas dos palabras, dichas con sinceridad y no con obligación, le llenaron los ojos de lágrimas que no dejó caer—. Archiduquesa Harriette de Duskbringer. Que el destino os sea favorable.

Harriette asintió, tocándose el anillo, sintiendo su peso sobre su dedo. Archiduquesa. Sonaba extraño, nuevo, ajeno. Pero era suyo. Se giró entonces hacia su familia, que estaba de pie a unos pasos, viéndola con expresiones que no supo descifrar: arrepentimiento, incomodidad, quizás una sombra de lo que podría haber sido afecto si hubieran sabido cómo amarla. Su padre dio un paso hacia adelante, con la boca entreabierta, como si fuera a hablar, a pedirle que no se fuera, a decirle algo que llevaba toda una vida callando. Pero Harriette se mantuvo firme en su lugar, sin avanzar ni retroceder, y les hizo una reverencia lenta, profunda, medida: la despedida de alguien que ya no pertenece a este lugar. No hubo odio en el gesto, ni rencor, pero tampoco cariño. Solo distancia. Un abismo que ya nadie podría cruzar.

—Gracias por todo —dijo, con voz tranquila y sin calor—. Perdono lo que debáis ser perdonados. Pero esta familia ya no es la mía. Mi lealtad ahora tiene otro nombre. Adiós.

Vio cómo su padre se quedaba inmóvil, con la mano extendida y sin saber qué decir, cómo su madre bajaba la mirada, cómo sus hermanos evitaban encontrarse con sus ojos. No esperó respuesta. Se giró hacia Cedric, con la cabeza alta y el corazón latiendo con fuerza, y dijo con firmeza:

—Estoy lista. Continuemos.

Cedric le ofreció el brazo, y ella lo tomó, sintiendo el apoyo firme de aquel hombre que apenas conocía pero que le trataba con el respeto que siempre le había sido negado. Caminaron hacia la salida, y al pasar junto a su equipaje —un baúl pequeño y una caja, todo lo que poseía en el mundo—, sonrió con amargura y libertad. No llevaba nada de valor. No llevaba recuerdos felices, ni objetos queridos, ni tesoros. No había nada en este castillo que valiera la pena llevarse. Solo llevaba lo puesto, su vestido, su nombre nuevo, y la determinación de construir una vida que nadie podría arrebatarle.

Al cruzar las pesadas puertas de roble hacia el exterior, el viento la recibió con fuerza, una ráfaga repentina y cálida que le agitó el velo y le desordenó el cabello. Harriette cerró los ojos y respiró hondo, llenando sus pulmones de aire fresco, de aire que no olía a cera vieja ni a tristeza, sino a tierra mojada y flores silvestres y libertad. El velo se soltó de su cabeza y salió volando hacia el cielo, blanco y ligero como una paloma que por fin puede alzar el vuelo. Ella lo vio elevarse, girar con el viento, perderse entre las nubes bajo el sol que empezaba a brillar con fuerza entre la niebla, y entonces, por primera vez en mucho tiempo, sintió que estaba viva. De verdad viva. No era un peón, no era una hija olvidada, no era una mujer traicionada. Era ella. Y el mundo, grande y desconocido, se abría ante ella.

—Mi señora —la voz de Cedric la devolvió al presente—. El carruaje os espera.

Harriette abrió los ojos y lo miró, parpadeando varias veces, como si despertara de un sueño largo y pesado. Y entonces, sonrió. No era una sonrisa triste, ni amarga, ni forzada. Era una sonrisa real, tímida pero firme, que iluminó su rostro entero y le dio un brillo nuevo a sus ojos azules.

—Gracias, Cedric —dijo, con voz suave pero llena de fuerza—. Gracias por ser mi salida de este lugar. Llevadme. A donde sea. Ya no tengo miedo.

El carruaje que esperaba era majestuoso, de madera oscura tallada con el emblema de la casa Duskbringer en plata, con ruedas grandes y elegantes, tirado por dos caballos negros de porte imponente. Cedric le ayudó a subir, y cuando se acomodó en el asiento de terciopelo oscuro, sintió que cerraba una puerta tras de sí, para siempre. No miró por la ventana mientras el carruaje comenzaba a avanzar, dejando atrás el castillo Emberfall, las torres grises, los muros que la habían visto crecer y sufrir. No miró atrás. No tenía nada que ver allí. Su futuro estaba adelante, en el norte, en las tierras altas del ducado, en la residencia de un hombre que no conocía, en la promesa de un encuentro que cambiaría todo.

Aleric, pensó, acariciando el anillo de plata negra en su dedo, sintiendo su frío contra su piel. No estuviste allí. No me viste. Pero yo te esperaré. Y cuando por fin nos veamos… espero que estés preparado para la mujer que te espera. Porque ya no soy la niña que todos despreciaron. Soy tu esposa. Y soy más fuerte de lo que nadie imaginó.

El carruaje se alejaba por el camino de piedra, perdiéndose entre los árboles, bajo un cielo que se abría claro y azul sobre ella, y Harriette cerró los ojos y dejó que el movimiento la meciera, soñando despierta con un mañana que nadie había escrito todavía. El destino no era algo que le ocurría. Era algo que ella misma construía, ladrillo a ladrillo, con cada paso que daba lejos de su pasado. Y cuando abriera los ojos de nuevo, sería en un lugar nuevo, bajo un cielo nuevo, y quizás… quizás, por fin, en un mundo donde pudiera ser feliz.

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A.B.G.L
estoy trabajando en los próximos capitulo para una publicación sin demora, gracias por tu apoyo y espera ☺️
Ichuu
cómo siempre muy buenas tus novelas, actualiza más seguido! ♥️
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