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Destinada A Un Amor Inmortal - Temporada 3

Destinada A Un Amor Inmortal - Temporada 3

Status: En proceso
Genre:Romance paranormal / Romance / Vampiro
Popularitas:469
Nilai: 5
nombre de autor: Liz Eliana Cera

Bajo los gélidos e imponentes paisajes de Alaska, el amor inmortal de Adam y Bibiana se enfrenta a su prueba más difícil al verse presionados a contraer matrimonio por Marcelo, el despiadado padre de Adam; Una unión forzada que desentierra los peores dolores del pasado, llevando a Bibiana a tomar una decisión definitiva. Cargada de una indignación inquebrantable, la joven está decidida a confrontar cara a cara a su familia por haberle ocultado la verdad sobre el oscuro pacto secreto que su padre tejió en el ayer con su ahora suegro. Ella ya no será una pieza en el juego de nadie; luchará con valentía y con toda su fuerzas para romper de una vez por todas las cadenas del pasado y salvar su propio destino al lado del hombre que ama con el alma.

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T3 Capítulo 8 - Esposos eternos

Estela contempló a su hijo con una mirada cargada de nostalgia. Sabía que la decisión de Adam era definitiva, pero el corazón de una madre siempre se resiste a las despedidas.

—A mí me hubiese gustado que ustedes vivieran aquí, con nosotros —admitió con un suspiro resignado—. Pero tengo que entender que cada uno debe buscar su propio camino.

Adam colocó una mano sobre el hombro de su madre, intentando transmitirle seguridad.

—Sí, mamá. Y mi camino definitivamente no está en este lugar.

Antes de que Estela pudiera replicar, la puerta se abrió de golpe. Un joven entró con una sonrisa radiante que iluminó la fría habitación.

—¡Hola, hermano! —exclamó Camilo, desbordando una alegría genuina.

—¡Hermanito! —respondió Adam, sintiendo un gran alivio al verlo. Ambos se fundieron en un fuerte abrazo.

—Nuestro padre me dio la gran noticia —dijo Camilo, separándose con una palmada en la espalda de Adam—. En cuanto me enteré, no dudé ni un segundo en venir a acompañarte en este día tan importante.

—Te lo agradezco mucho. ¿Cómo te va en la academia de vampiros? —preguntó Adam, con un toque de curiosidad y cautela.

La sonrisa de Camilo se desvaneció un poco, reemplazada por una mueca de fastidio.

—Bien... Supongo. Enseñan muy bien las técnicas para cazar humanos.

Adam lo miró fijamente, evaluando sus ojos. —¿Has matado a alguno de ellos?

—No, y nunca lo haría —respondió Camilo con firmeza, bajando la voz—. Aunque nuestro padre desee eso para mí. Solo estoy en esa academia para mantenerlo contento, pero eso no significa que me vaya a convertir en un asesino de humanos. Jamás.

Un peso invisible se levantó de los hombros de Adam. Sonrió con orgullo y le estrechó la mano.

—Haces bien, hermanito. Te felicito por mantenerte fiel a lo que crees.

—Gracias, Adam. Significa mucho viniendo de ti.

Estela, que había permanecido observando la complicidad de sus hijos en silencio, miró el reloj de pared y dio un paso al frente. El momento había llegado.

—Hijos... ya es hora de que vayamos al altar —anunció con un hilo de voz, donde se mezclaban los nervios y la solemnidad.

Adam respiró hondo, enderezando la postura. El aire se sentía más gélido que nunca.

—Sí, mamá. Vamos.

Los tres salieron de la habitación en silencio, listos para enfrentarse a la oscura multitud que los esperaba en el jardín.

En la habitación de Bibiana...

Frente al gran espejo de marco dorado, Bibiana observaba su reflejo. El vestido blanco, impecable y delicado, contrastaba con la palidez de su rostro. Llevó una mano a su pecho, tratando de calmar los latidos de su corazón.

—Qué nerviosa estoy... —susurró para sí misma, con la voz temblorosa.

La puerta se abrió con suavidad y Melissa entró a la habitación, deteniéndose en seco al verla.

—Bibi, ¿ya estás lista? —preguntó, pero antes de que su amiga respondiera, sus ojos se iluminaron—. Amiga... estás hermosísima.

Bibiana forzó una pequeña sonrisa, agradeciendo el elogio con un gesto.

—Gracias, Meli. De verdad... estoy aterrada.

Melissa se acercó y le tomó las manos. Estaban heladas.

—Es completamente normal que lo estés, Bibi. Eres la única humana en un lugar que esta noche estará desbordando de vampiros. Cualquiera en tu lugar sentiría el mismo miedo.

Bibiana desvió la mirada hacia la ventana, contemplando la oscuridad del jardín.

—Esta debería ser la noche más feliz de mi vida y la de Adam. Pero siento que una parte de mí está rota. Nos vamos a casar obligados por su padre, no como lo habíamos soñado en Finlandia.

Melissa le apretó las manos con firmeza, obligándola a mirarla a los ojos.

—Amiga, escucha: piensa que después de que pasen todas estas presiones, Adam y tú finalmente serán libres. Estoy segura de que su matrimonio va a funcionar. Hay un amor verdadero de por medio, y al final del día, eso es lo único que importa para resistir.

Las palabras de su amiga trajeron un poco de paz a su mente. Bibiana respiró hondo.

—Tienes razón, Meli. Gracias.

En ese momento, la puerta se abrió de par en par. Giselle entró corriendo con una energía contagiante y una gran sonrisa en el rostro.

—¡Cuñis, estás preciosa! —exclamó con genuina felicidad, envolviendo a Bibiana en un abrazo afectuoso.

—Gracias, Giselle —respondió Bibiana, sintiéndose reconfortada por el cariño de su cuñada.

—Ya mi hermano está en el altar, esperándote. Se está muriendo de los nervios —dijo Giselle, separándose del abrazo con entusiasmo—. Es hora.

—Ya vamos —asintió Bibiana, acomodándose el velo.

—Déjame ayudarte con la cola del vestido —ofreció Giselle con amabilidad, agachándose para acomodar la tela blanca.

Melissa intercambió una mirada de complicidad con Bibiana, dándole un último asentimiento de apoyo. Juntas, salieron de la habitación, listas para dar el paso que cambiaría el destino de ambas especies

En el Altar del Jardín...

Adam permanecía de pie junto al altar, con la espalda recta y las manos entrelazadas al frente. Aunque mantenía una fachada de imperturbable calma vampírica, sus ojos recorrían constantemente la multitud de invitados vestidos de gala oscura. La tensión en el aire se podía cortar con un cuchillo.

Daniel se acercó a él con paso lento, manteniendo la voz baja para que los aguzados oídos de los demás vampiros no captaran la conversación.

—¿Y qué tal si tu prometida huye al último minuto? —preguntó Daniel, mirándolo de reojo con una mezcla de curiosidad y advertencia.

Adam ni siquiera parpadeó. Su respuesta fue inmediata y categórica.

—Ella no hará eso.

Daniel arqueó una ceja. —¿Por qué estás tan seguro? Marcelo ejerce demasiada presión sobre ambos.

—Porque Bibi me ama —respondió Adam, y una sutil calidez suavizó su tono de voz—. Aunque sé perfectamente que esta no era la boda que soñábamos en Finlandia, sé que en el fondo ella desea estar conmigo tanto como yo con ella. Nuestro vínculo va más allá de las imposiciones de mi padre.

Daniel guardó silencio un momento, asimilando la determinación de su amigo. Luego, suspiró y miró hacia los asientos donde los invitados conversaban con sonrisas frías.

—Entiendo... Pero para serte sincero, esta boda debe ser demasiado oscura y asfixiante para ella. Es la única humana en un nido de cazadores. Debe sentirse como un cordero rodeado de lobos.

Adam apretó los puños ocultos tras su traje, sintiendo una punzada de dolor e impotencia en el pecho.

—Lo sé —admitió en un susurro amargo—. Pobre de mi Bibi... Daría lo que fuera por evitarle todo este horror, por ahorrarle la agonía de sentirse una presa indefensa ante tantos vampiros. Pero saldremos de esto, te lo aseguro.

Antes de que Daniel pudiera responder, los murmullos de la multitud cesaron de golpe. Una melodía solemne y pesada comenzó a sonar, anunciando que la novia ya estaba en camino.

Al llegar a la entrada del jardín, la figura de Marcelo emergió de entre las sombras. Su imponente presencia hizo que Bibiana se tensara de inmediato bajo el velo. El líder de los Soler la recorrió con una mirada calculadora.

—Mi querida nuera... estás preciosísima —dijo Marcelo, forzando una sonrisa cargada de malicia que heló la sangre de la joven.

Bibiana no quiso flaquear ante él. Sostuvo la mirada con valentía, aunque sus manos temblaban ligeramente.

—¿Podemos ir hacia el altar ya? —preguntó, queriendo terminar con la tortura lo antes posible.

Marcelo dio un paso al frente, inclinándose lo suficiente para que solo ella pudiera escucharlo. Su voz se volvió un susurro gélido.

—Por supuesto que sí. Solo quiero recordarte una vez más que, si das un paso en falso o no te casas con mi hijo, tu familia morirá en mis manos. No tendré piedad.

—Lo sé —respondió Bibiana entre dientes, sintiendo cómo la ira reemplazaba por un momento al miedo—. Y no tiene que recordármelo todo el tiempo.

—Es necesario hacerlo para asegurar tu obediencia —replicó Marcelo con arrogancia—. De todas maneras, por pura precaución, dos de mis mejores vampiros se quedarán justo detrás de ti. No quiero que intentes huir en plena ceremonia.

—No voy a dejar plantado a Adam —sentenció ella con firmeza. Su lealtad hacia el joven era lo único real en esa farsa.

—Eso espero. Ahora vamos, que ya todo está listo.

Marcelo le ofreció el brazo con una caballerosidad falsa. Bibiana, tragándose el orgullo y el asco que le provocaba, lo tomó.

La música nupcial cambió a un tono más pesado y solemne cuando ambos cruzaron el umbral del jardín. Al avanzar por el pasillo, un silencio sepulcral se apoderó de la multitud. Todos los vampiros presentes, e incluso el propio Adam desde el altar, quedaron completamente deslumbrados ante la pureza y la belleza de la joven humana vestida de blanco. Era un lirio en medio de un campo de espinas.

Entre las primeras filas, Samuel no podía apartar los ojos de ella. Su mirada lasciva delataba lo impresionado que estaba por su fragilidad.

Bibiana caminaba con la vista fija al frente, ignorando las decenas de ojos hambrientos que la devoraban. Estaba muerta de los nervios, pero cuando sus ojos finalmente se encontraron con los de Adam, sintió un breve refugio. Él la miraba con una mezcla de adoración y profunda tristeza.

A unos metros, Catalina observaba la escena apretando las mandíbulas, con los puños cerrados sobre su vestido.

—Todos quedan embobados otra vez con esa tonta humana —susurró Catalina para sí misma, consumida por los celos y el enojo—. ¿Pero qué demonios tiene ella que los hechiza a todos? No es más que una simple mortal.

Al llegar al altar, Marcelo se detuvo y miró a su hijo con solemnidad.

—Hijo, aquí te entrego a la humana que escogí como tu pareja eterna. Espero que cumplas al pie de la letra con lo que te ordené que hicieras después de la boda.

Adam mantuvo el rostro inexpresivo ante la velada amenaza de su padre.

—Sí, papá —respondió con voz firme.

Inmediatamente después, Adam apartó la mirada de Marcelo y buscó la de Bibiana. Sus ojos se suavizaron por completo. Extendió su mano hacia ella con total entrega, y Bibiana, sintiendo el calor que le faltaba en ese gélido lugar, la tomó con fuerza, sellando el inicio de su destino juntos

Frente a la pareja, un anciano juez de facciones severas y ojos felinos extendió los brazos, capturando la atención de la siniestra audiencia. Su voz resonó con un eco sepulcral en medio del jardín.

—Hermanos de la noche... estamos aquí reunidos para celebrar la unión eterna de Adam Soler y su prometida humana, Bibiana Anderson.

Adam y Bibiana se miraron intensamente a los ojos. En ese cruce de miradas no había miedo hacia el ritual, sino una promesa silenciosa de que se protegerían mutuamente pasara lo que pasara.

Unos pasos más atrás, entre la primera fila de asientos, Estela miraba de reojo a los dos imponentes guardias que flanqueaban a la novia. Se inclinó hacia su esposo, incapaz de ocultar su descontento.

—No era necesario que pusieras a tus escoltas al lado de Bibiana, Marcelo. Es una humillación.

—Tenía que tomar medidas de precaución —respondió Marcelo sin apartar la vista del altar, con una sonrisa calculadora—. No podemos arriesgarnos a que intente huir en el último segundo, arruinando el apellido Soler ante nuestros invitados.

—Ella no va a huir —susurró Estela con firmeza—. Está profundamente enamorada de nuestro hijo.

—No lo voy a creer hasta que lo vea consumado por mí mismo —sentenció él, cortando la conversación.

En el altar, el juez vampiro dio un paso hacia el heredero.

—Adam Soler... ¿Aceptas a esta joven humana como tu esposa para convertirla y que sea ella tu única compañera por la eternidad?

—Acepto —respondió Adam de inmediato, sosteniendo la mirada de Bibiana con absoluta devoción.

El juez se giró entonces hacia la joven mortal, cuya fragilidad contrastaba con la oscuridad del entorno.

—Bibiana Anderson... ¿Aceptas a este vampiro como tu esposo para ser convertida por él y ser su compañera por toda la eternidad?

Bibiana tragó saliva, sintiendo el peso de la amenaza de Marcelo sobre su familia, pero al mirar el rostro de Adam, encontró la fuerza que necesitaba.

—Acepto —pronunció con voz clara y decidida.

—Para sellar esta unión eterna ante las leyes de nuestra raza —anunció el juez, sacando una daga ceremonial—, Adam debe beber de su sangre y ella deberá beber de la de él. Que el pacto sea de carne y vida.

Adam asintió en silencio. Tomó el delicado brazo de Bibiana con suavidad, cuidando de no lastimarla más de lo necesario. Sus colmillos se extendieron de golpe. Con un movimiento rápido y certero, mordió la piel de la joven. Bibiana ahogó un gemido, aferrándose al hombro de Adam mientras él bebía los primeros hilos de su esencia humana. El sabor de su sangre encendió los instintos del joven vampiro, pero su autocontrol fue mayor.

—Con eso es suficiente —ordenó el juez.

Adam se detuvo de inmediato, limpiándose la comisura de los labios con el dorso de la mano, mientras miraba a Bibiana con preocupación. Ella asintió, demostrándole que estaba bien.

—Ahora, es el turno de la novia —indicó la autoridad—. Debes darle de tu sangre, Adam.

El joven Soler clavó sus propios colmillos en su muñeca, ejerciendo presión hasta que el espeso y oscuro líquido vital comenzó a brotar. Con un gesto solemne, acercó su brazo a los labios de su ahora esposa. Bibiana miró la herida por un breve segundo, sabiendo el peso místico de lo que estaba a punto de hacer. Se inclinó y bebió la sangre de Adam, sintiendo un calor abrasador recorrer su garganta.

—Es suficiente —interrumpió el juez.

Bibiana se apartó, respirando agitadamente. Sus ojos reflejaban un brillo diferente, el primer rastro del vínculo de sangre.

—Esta unión ha quedado sellada en el libro de nuestra especie —declaró el juez vampiro, mirando a la multitud—. Por el poder que me confiere la ley de la noche, los declaro esposos eternos. Adam... ya puedes besar a tu esposa.

Adam no esperó un segundo más. Rodeó la cintura de Bibiana con sus brazos y la atrajo hacia él, sellando el pacto con un beso apasionado y posesivo. El contacto de sus labios alejó por completo el frío de Alaska y el miedo que los rodeaba.

En las gradas, los invitados vampiros intercambiaron miradas de envidia y recelo. Sabían que una humana acababa de elevarse al rango más alto del clan Soler. Forzando sus expresiones, comenzaron a aplaudir, llenando el jardín con un eco hipócrita que daba la bienvenida a la nueva pareja de la noche.

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