Katia no dejó de amar a su esposo. Ese es precisamente el problema.
Después de veinte años de matrimonio, tres hijos y una vida construida junto a Gael, creyó que el deseo simplemente había desaparecido. Hasta que Rafael, su profesor de tango, la hizo sentirse mirada, deseada… y viva otra vez.
Lo que debía quedarse en una pista de baile cruzó demasiadas fronteras. Y cuando Katia comprende que está enamorada de Rafael, descubre también la verdad más incómoda de todas: amar a alguien nuevo no borra automáticamente el amor, la historia ni la familia que existían antes.
Entre Guadalajara, Bogotá y Buenos Aires, Katia tendrá que decidir no solo a quién ama, sino qué consecuencias está dispuesta a asumir por la mujer en la que se está convirtiendo.
Porque algunas decisiones empiezan mucho antes de decir “me voy” o “me quedo”.
Un romance adulto donde nadie sale ileso de volver a sentirse vivo.
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El tic-tac invisible de la realidad
POV Katia | 15 Noviembre 2023
El mundo exterior parecía haberse desvanecido por completo, dejando solo el ritmo acompasado de sus latidos en la quietud de la madrugada. Afuera, la ciudad había apagado sus ruidos y urgencias, rindiéndose al descanso; adentro, el tiempo se había vuelto blando y maleable.
Conforme el calor de la pasión iba cediendo paso a una placidez profunda, Rafael acomodó con delicadeza el cuerpo de Katia, permitiendo que su cabeza descansara sobre su pecho.
La habitación quedó envuelta en una penumbra suave, apenas interrumpida por la luz plateada de la luna que se filtraba a través de las rendijas de la ventana, dibujando formas sutiles sobre las sábanas revueltas.
Rafael la rodeó con un brazo, trazando círculos distraídos y perezosos en su hombro desnudo, un gesto tierno que contrastaba con la intensidad salvaje de los minutos anteriores.
En un destello de luz tenue, Katia alzó la vista y se encontró con los ojos de él: una mezcla embriagadora de deseo persistente y un amor limpio, absoluto, que la desarmó por completo.
Aquella mirada la envolvió con una calidez tan honda que sintió que el pecho se le expandía de una emoción pura, comprendiendo que lo que había nacido entre ellos ya no era solo una chispa en la pista de baile, sino un vínculo real y latente.
En ese instante de quietud, por la mente de Katia no cruzó ninguna sombra de remordimiento.
No pensó en las consecuencias, ni en el daño que esta acción podría desatar sobre su matrimonio o su familia; por una sola vez en la vida, decidió apagar las alertas del deber.
Solo quería disfrutar del momento, de abandonarse por completo y de dormir, aunque fuera por esta única noche, en los brazos de un hombre que la deseaba de verdad.
La felicidad de ese momento tenía algo de irreal, como si perteneciera a otra vida o a un sueño del que Katia temiera despertar de repente.
Las sensaciones seguían a flor de piel; cada célula de su cuerpo parecía resonar con el eco de lo vivido, vibrando con una sensibilidad exquisita que no recordaba haber sentido jamás.
Las sábanas tibias envolvían sus piernas como un capullo protector, y la tensión que durante años había agarrotado sus hombros se había desvanecido por completo, disuelta en una atmósfera de sosiego inquebrantable.
Con la mejilla apoyada de nuevo contra el pecho de Rafael, sintiendo la cadencia pausada, firme y constante de su respiración, Katia sintió que las lágrimas amenazaban con asomarse de nuevo.
Pero esta vez no eran de frustración ni de culpa; eran de una abrumadora gratitud.
Cada inhalación de él era un recordatorio tangible de que estaba a salvo, suspendida en un paréntesis de tranquilidad que jamás había conocido en su vida cotidiana.
Era la dulce constatación de que su alma y su cuerpo seguían vivos, capaces de sentir, de arder y de entregarse sin reservas.
Rafael percibió el leve temblor en el cuerpo de ella y, con una ternura infinita, deslizó los dedos por su cabello, acomodando con suavidad mientras depositaba un beso cálido y persistente en su coronilla.
Ya no quedaban ruidos en su mente, ni el eco de las listas de pendientes, ni la sombra de las expectativas cotidianas.
En ese refugio improvisado en plena madrugada, protegidos del frío y del juicio del mundo exterior, Katia cerró los ojos con fuerza.
Disfrutaba del simple y extraordinario lujo de no tener que responder ante nadie.
Era solo ella, habitando el presente, mecida por el silencio y la tranquilidad de una madrugada que prometía sanar los rincones más silenciosos de su alma, flotando juntos en el umbral de un nuevo comienzo donde el tiempo, por fin, les pertenecía.
Cuándo saliera el sol regresaría a su vida monótona y habitual por el momento disfrutaría de su pecado, si, así lo llamaría el mundo entero si en algún momento llegase a saber pero se aseguraría de que nunca saliera a luz ese secreto, su secreto.
Los primeros rayos del alba comenzaron a filtrarse tímidamente por las rendijas de las cortinas, tiñendo la habitación con un tono grisáceo y frío que presagiaba el fin de la tregua.
Katia abrió los ojos con lentitud.
Al principio, un sutil desorientamiento la invadió; luego, el aroma inconfundible de su piel —una mezcla de sándalo, sudor fresco y la calidez de la madrugada— la trajo de golpe a la realidad.
Sintió un brazo pesado y fuerte rodeándole la cintura, reteniéndola con una posesión suave pero firme.
Giró levemente el rostro para mirarlo.
Rafael seguía profundamente dormido, con el cabello oscuro ligeramente despeinado sobre la frente y la respiración acompasada.
A la pálida luz de la mañana, su cuerpo atlético de un metro ochenta se extendía junto al suyo, dejando al descubierto la firmeza de sus hombros, el mapa esculpido de su torso y la sutil sombra de la barba en su mandíbula.
Un vuelco de asombro y una extraña sensación de poder y vulnerabilidad recorrieron el pecho de Katia: pocas horas antes, ese cuerpo imponente, varonil y vibrante se había entregado por completo, teniéndolo a su entera merced, rindiéndose a sus caricias y a su deseo desenfrenado.
Por un segundo, quiso congelar el tiempo. Quiso creer que ese despertar formaba parte de una vida paralela que le pertenecía por derecho.
Sin embargo, el tic-tac invisible de la realidad comenzó a resonar en su cabeza con la fuerza de un tambor.