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La esposa muda del jefe de la mafia

La esposa muda del jefe de la mafia

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Amor tras matrimonio / Arrogante / Mafia / Novia sustituta / Ascenso de clase social / Enfermizo / Romance oscuro
Popularitas:65
Nilai: 5
nombre de autor: Ruby_Blair

Durante quince años, Paloma Linares vivió encerrada en un ático porque su familia consideraba su silencio una vergüenza. La noche en que su gemela huye de su propia boda, la visten de novia y la entregan en su lugar.
Su esposo es Alejandro Iturralde: heredero de un imperio millonario, supuesto paralítico y el hombre más temido de la Ciudad de México. Ante la prensa dirige hoteles y constructoras. En las sombras manda la Casa Iturralde, una organización en la que nadie desobedece al jefe dos veces.
Cuando se cierran las puertas de la recámara, Alejandro la llama por el nombre de su hermana… y se levanta de la silla de ruedas.
Paloma solo alcanza a escribirle tres palabras en la palma:
NO SOY ELLA.
Él descubre la sustitución, pero en vez de devolverla decide conservar a la esposa que nunca pidió. Lo que empieza como una trampa se convierte en una obsesión ardiente, peligrosa y cada vez más difícil de ocultar.
Pero Paloma no piensa cambiar el ático de sus padres por una jaula de oro. Entre noches incendiarias, una guerra por el control de la Casa y un embarazo que puede convertirla en el blanco de todos sus enemigos, ella tendrá que encontrar su propia voz. Y Alejandro descubrirá que puede poner de rodillas a una ciudad entera, pero no puede darle órdenes al corazón de su esposa.
El hombre al que todos obedecen tendrá que aprender a escuchar a la única mujer que no puede hablar.

NovelToon tiene autorización de Ruby_Blair para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7

Capítulo 7: Rueda de prensa

A las siete de la mañana, todo México ya sabía que la esposa de Alejandro Iturralde no hablaba. Paloma lo descubrió en la cama, con el celular en la mano: Sociales MX había publicado la nota a primera hora, con una foto suya del aniversario, y #LaNoviaMuda era tendencia número uno. La fuente, decía la nota, era una extrabajadora de los Linares. Alguien de la casa de la Roma había vendido el secreto que sus padres guardaron más de quince años.

*La esposa de Iturralde es muda.*

Lo primero que sintió fue miedo, y no por los comentarios. La noche que llegó a Bosque Alto, él le había dado cuatro reglas, y una era que nadie de afuera tenía que saber que ella no hablaba. Iba a pensar que había sido ella. La noche de la boda le había jurado que, si su secreto salía de ese cuarto, sabría a quién culpar, y ahora el secreto de ella estaba en todos los celulares del país. Quiso avisarle que no había sido ella, pero él había salido a las siete menos diez y en su teléfono solo estaban guardados papá, mamá y Carmina. Nunca le había pedido su número. Él nunca se lo había ofrecido.

A las ocho y diez llegó un chofer de la casona con un recado de Mercedes: había convocado a la prensa en el Hotel Iturralde Reforma y la señora tenía que estar ahí antes de las once. Paloma no tenía a quién preguntarle si debía ir, así que fue. Media hora después, atorados en el tráfico de Reforma, el locutor de la radio dijo que la Fibra Iturralde había abierto en la Bolsa con una caída de casi cuatro por ciento. El chofer apagó el radio de inmediato. Demasiado tarde: Paloma ya había entendido que su silencio le estaba costando millones a la familia de su esposo.

* * *

La dejaron esperando en un pasillo de servicio, junto a la puerta del salón donde iba a ser la conferencia. Del otro lado, Mercedes hablaba por teléfono en voz baja, pero Paloma llevaba toda la vida oyendo detrás de las puertas.

—Sí, Fausto, ya sé. Hoy mismo, antes de que abra la tarde.

Ese nombre no le dijo nada. Pero Mercedes no sonaba como una mujer que apagaba un incendio; sonaba como una mujer que seguía un consejo. Cuando abrió la puerta y vio a Paloma, la miró como se mira una mancha en un mantel.

—Saluda a los periodistas y sonríe.

Paloma casi se ríe. Era la misma orden que le había dado su madre con el velo puesto. Dos familias, dos madres, y ninguna le había preguntado nunca qué quería decir.

El salón estaba lleno. Había unos treinta micrófonos amontonados en el atril, cámaras de televisión al fondo y decenas de celulares apuntándole desde las sillas. Las preguntas empezaron antes de que terminara de subir a la tarima: si era cierto que no podía hablar, desde cuándo, si los Iturralde lo sabían cuando la casaron. Mercedes no se movió de su lugar ni abrió la boca.

Nadie iba a contestar por ella. Si sonreía y se bajaba, al día siguiente los titulares dirían que la gemela defectuosa ni siquiera se había atrevido a dar la cara. Paloma pensó en el ático, en la puerta cerrada por fuera, en las visitas que preguntaban por la niña que estudiaba en Suiza. Ya la habían escondido suficiente.

Sacó el celular y abrió la app de texto a voz que le habían instalado en Seña y Voz. Subió el volumen hasta el tope. Tardó en escribir porque le temblaban los pulgares, y alguien en la primera fila se rio mientras la esperaban. No le importó. Acercó el teléfono a los micrófonos y apretó reproducir.

—Buenos días. Perdí la voz a los cinco años —dijo la voz de la app, al máximo volumen—. No me voy a esconder.

Una voz de computadora, sin emoción ninguna, llenó el salón. Después nadie hizo ruido. Paloma se volvió hacia Mercedes y le hizo una reverencia larga; luego se volvió hacia los periodistas e hizo otra. Al enderezarse vio a su suegra retroceder un paso, pálida, con la mano en el cuello. Hasta esa mañana, Mercedes había creído que su nuera tenía la garganta lastimada. Acababa de enterarse de la verdad delante de treinta medios.

Entonces entró su madre. Venía despeinada, sin aliento, con el bolso colgando del codo; había corrido para impedir justo lo que acababa de pasar, y se quedó a medio pasillo al darse cuenta de que llegaba tarde. Carmina, en cambio, no se detuvo. Subió a la tarima, agarró un micrófono y dejó que se le llenaran los ojos de lágrimas.

—Perdónenla, mi hermana es muy sensible. Le rogamos que se lo dijera a los Iturralde y no quiso… si alguien tiene la culpa, que sea yo por no insistir.

Todas las cámaras se voltearon hacia Paloma. Ella tenía la respuesta entera en la cabeza. Que nadie le había rogado nada. Que la habían sentado frente a un juez con una pluma en la mano, que le habían puesto un velo y le habían ordenado no abrir la boca. ¿Ahora resultaba que el secreto había sido idea suya? Pero los dedos no le respondieron. Se le quedaron rígidos sobre la pantalla, y no pudo escribir ni una palabra mientras su hermana lloraba en su lugar.

La salvó un ruido que conocía. Ruedas de acero sobre alfombra, pesadas y lentas, las mismas que la noche de la boda habían llegado a su puerta antes que él.

Ulises empujaba la silla de ruedas por el pasillo central. Alejandro no miraba a la tarima; miraba a un hombre canoso de traje gris sentado en la primera fila, y ahí hizo que Ulises se detuviera.

—Qué bien informado está siempre mi tío.

El hombre sonrió como si le hubieran hecho un cumplido. Ulises subió la silla por la rampa, y Alejandro le quitó el micrófono a Carmina con dos dedos.

—La embajadora de buena voluntad de Manos que Hablan es mi esposa. Carmina asistía a los eventos en su nombre mientras Paloma no podía presentarse. —Levantó la vista hacia ella—. ¿Verdad, Carmina?

Con una cámara pegada a la cara, Carmina solo pudo asentir. Alejandro siguió hablando con la misma calma.

—Como mi madre tenía previsto anunciar hoy, la Fundación Iturralde destina cinco millones de pesos, a nombre de mi esposa, a formar intérpretes de LSM y a equipar tres CAM de la ciudad.

Don Evaristo, el mayordomo de la casona, se acercó a la tarima y mostró a las cámaras el documento firmado y sellado. Mercedes tardó un segundo en reaccionar. Luego se inclinó hacia el micrófono.

—Así es.

Las preguntas cambiaron de golpe. Ya nadie quería saber por qué la habían escondido; querían saber qué iba a hacer la señora en la fundación, desde cuándo lo sabía él, cómo habían hecho el trámite. Una reportera se puso de pie para que la vieran.

—Licenciado, ¿y cómo se comunica con su esposa?

—Ella escribe. Yo leo.

Paloma vio al hombre de traje gris levantarse y salir por la puerta lateral sin despedirse de nadie.

* * *

A la una y media estaban otra vez en el pasillo de servicio. Ulises le enseñó el celular a su jefe: alguien había recortado la respuesta en un video de doce segundos, y en TikTok ya lo compartían con el título *El heredero que lee a su esposa*. Llevaba ochenta mil reproducciones en media hora. Del otro lado de la puerta, a Mercedes no le dejaba de sonar el teléfono, y le contestaba a cada comadre lo mismo: gracias, sí, lo tenían planeado desde hacía semanas, en el grupo todas decían que era una muchacha encantadora. En el celular de Paloma, el comentario más votado bajo #LaNoviaMuda ahora decía *qué romántico, él la lee*.

Cuando Ulises se fue, Paloma sacó el pizarrón. Seguía con miedo de lo que él pensara, así que escribió lo único que le importaba aclarar y se lo puso frente a la cara.

*Usted dijo que nadie tenía que saber.*

Alejandro lo leyó y guardó silencio tanto tiempo que ella creyó que la iba a culpar.

—Ya lo saben. —La miró a los ojos—. Y tú saliste de pie.

No la estaba acusando. Paloma bajó el pizarrón y entendió lo que había pasado esa mañana. Su hermana la había empujado frente a treinta cámaras. Su madre había llegado corriendo, pero para callarla. Y el hombre que desde la noche de la boda la trataba como a una enemiga era el que había entrado por la puerta del fondo para ponerse de su lado.

* * *

Esa noche, en Bosque Alto, el noticiero de la sala informó que la Fibra Iturralde había cerrado casi sin cambios. Él cenaba solo en la cabecera y ella estaba en la puerta de la cocina con su plato, como siempre. El celular de Alejandro sonó a media cena. Era su madre. Él lo puso en altavoz y miró a Paloma, para que no quedara duda de que la llamada también era para ella.

—El domingo, comida en la casona. Tus papás también.

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