Un matrimonio nacido de un acuerdo silencioso parecía destinado a la distancia, hasta que una decisión amenazó con arrebatarles todo. Entre ruinas, lágrimas y un campo de tulipanes, David y Elena descubrirán que el amor verdadero no nace perfecto, sino que se construye cuando el mundo se desmorona. A veces, el invierno más frío de la vida es solo la antesala de un nuevo florecer. Esta es la historia de una promesa rota por el miedo, un diagnóstico que cambió sus destinos y un amor inquebrantable que, treinta años después, sigue respirando en el corazón de quienes más los aman.
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14
David
Al día siguiente, no tenía energía siquiera para caminar hasta la sala. Ana me llevó el desayuno a la cama y, aunque comí en mi habitación, esta vez no permití que el sueño me venciera. Me puse de pie, decidido, y comencé a organizar mi cuarto. Los documentos que tenía guardados bajo llave me esperaban: los papeles del divorcio. Los rompí en mil pedazos y los tiré a la basura. Luego, busqué aquel contrato que mi padre me había otorgado antes de la boda, ese que nos permitía separarnos cuando quisiéramos. Lo hice pedazos también. Tomé mi celular y, con el corazón martilleando por miedo a no recibir respuesta, envié ese mensaje que tanto había postergado:
*«Buenas tardes».*
Seguí organizando hasta que cayó la noche. Estaba agotado y dolorido, pero una extraña calma me envolvía.
—Aquí tiene unas vitaminas; ha estado comiendo muy poco y le ayudarán a recuperar las defensas —dijo Ana, entregándome el frasco.
No quise darle importancia, pero inevitablemente recordé a Elena; en casa no estaban estas vitaminas y noté la etiqueta del precio. Sonreí, agradecido.
Al día siguiente decidí caminar por los alrededores. Fue una tarea titánica; me dolían las piernas y el aire me faltaba en los pulmones. Terminé, como tantas otras veces, en el cementerio, mirando la lápida de mi madrecita.
*«Buenas noches»*, volví a escribir. No obtuve respuesta, pero no perdí la esperanza. Tenía que ser paciente; ella había esperado demasiado y había soportado demasiado desinterés de mi parte.
Los días pasaron, uno tras otro, marcados por un cansancio físico que, por primera vez, se sentía necesario. Me dolía todo, pero me inscribí en el gimnasio; quería recuperar la fuerza que había desperdiciado. Cada tarde, de regreso a casa, pasaba por una floristería. Veía los tulipanes amarillos y, al principio, dudaba, pero terminaba cediendo. Ana ya casi no estaba, pues yo me mantenía fuera de casa.
Los días se volvieron semanas. Dejé de comprar flores para mi hogar y empecé a enviarlas con una dirección precisa. Cada mañana, un ramo distinto: rosas, claveles, tulipanes. Llegué a comprar artificiales cuando no encontraba colores distintos al blanco, pues sabía que a ella no le gustaban.
*«No había naturales, que tengas un excelente día»*, escribía en la nota cada vez.
Mi rutina se volvió agitada, llena de una ilusión que me hacía sonrojar. Los mensajes comenzaron a tener efecto.
—Buenos días —respondió, después de dos meses de silencio.
—Lindo día ;) —respondí al instante.
Sonreía mientras observaba la pantalla con adoración. La gente a mi alrededor parecía notar el cambio; una señora mayor, al servirme el café, me dedicó una sonrisa cómplice.
—Estás muy enamorado, ¿verdad? —dijo.
—Demasiado —respondí, con una sonrisa que me llegaba de oreja a oreja.
Como siempre, terminé en el cementerio, pero esta vez observé la lápida de mi madre con menos tristeza. Papá no había aparecido en mucho tiempo. Me arrepentí profundamente de no haber preguntado por él durante estos meses. Tomé el celular y le marqué.
—Diga —su tono fue tranquilo.
—¿Cómo estás? —pregunté, sintiendo un nudo en la garganta—. Yo estoy bien. Solo quería saludarte.
—Estoy bien —dijo con voz débil, casi inaudible.
—Me alegro mucho. ¿Podemos vernos?
—Sí... ahora estoy en la oficina. Saldré para ir a verte.
—No te preocupes, yo puedo ir.
Al día siguiente llegué a su oficina y el golpe de realidad fue brutal. Lo que antes era su imponente muralla de poder, hoy parecía un lugar desierto. Las botellas de whisky, que antes adornaban los estantes, ahora estaban vacías. La oficina estaba a oscuras, iluminada solo por la luz lánguida que entraba por la ventana.
—¿Cómo sigues? —pregunté, detectando el aroma a alcohol que emanaba de él.
—Mejor —dijo, intentando sostenerme la mirada.
Mi padre nunca se había visto tan destrozado. Este hombre frente a mí era un espectro de quien solía ser.
—Vamos al hospital —dije, ayudándolo a incorporarse.
Él sonrió con tristeza.
—No es necesario, solo estoy ebrio.
—Por eso mismo, vamos. No puedes seguir así.
Lo llevé al hospital. Los chequeos confirmaron que estaba bajo de peso y, al igual que yo hace meses, deshidratado. Al verlo dormir en la cama que antes había pertenecido a mi madre, comprendí que él también había estado sufriendo; no siguió adelante, solo intentó ocultar el dolor. Él no tuvo apoyo; Elena estaba conmigo, pero papá solo se tuvo a sí mismo.
Lo dejé descansar, contraté a una empresa de limpieza para que pusieran orden en su casa y esperé hasta que despertó, medio día después. Almorzamos en silencio; ninguno estaba listo para verbalizar el horror.
—¿Cómo va la empresa? —logré articular finalmente.
—Terrible. He perdido casi la mitad de las inversiones —respondió, dejando caer la cabeza en el sofá.
—¿Por qué?
—Pensé que el trabajo me ayudaría, pero empecé a beber. Olvidé reuniones, trabajos... mi secretaria se hizo cargo de todo, pero los inversionistas se retiraron. Creo que en cualquier momento declararán la quiebra.
—¿Quieres que te ayude?
—Si estás igual que yo, no estoy seguro de que puedas hacer mucho.
—Lo intentaré. Mamá me dejó sus acciones; no puedo permitir que se pierdan —dije, más para convencerme a mí mismo que a él.
Mi padre me miró y asintió, con un brillo nuevo en los ojos.
—Tienes razón. Creo que ya es hora de empezar de nuevo, ¿no?
—Quizás no empezar, papá... sino continuar —respondí.
—¿Y Elena? ¿Has hablado con ella? —preguntó.
—No del todo. Solo sé que está bien —respondí, con un dolor punzante en el pecho.
Nos quedamos en silencio, mirando el jardín por la ventana.
—La extraño mucho —confesó papá, limpiándose una lágrima.
Observé el jardín, antes lleno de flores y hoy convertido en un paraje de arbustos y descuido.
—Nos hace mucha falta —concluí.
—Lo sé, pero a mamá no le hubiera gustado vernos así. Creo que ya es hora de dejarla ir —dije con firmeza.
Papá me abrazó y rompió en llanto. Correspondí al abrazo con la misma fuerza. Lo correcto era seguir viviendo.
—Solo estamos tú y yo, papá. No podemos perdernos nosotros también —le dije, y él me dio un golpecito cariñoso en el hombro.
—Me sorprende lo mucho que has crecido.
Después de esa charla, ambos nos volcamos al trabajo. Empecé a dividir mis días entre el gimnasio, la empresa y el cementerio, sin dejar de enviar mensajes y flores. No quería presionarla, no quería volver a fallar. Quería ser alguien digno de su presencia, alguien que pudiera ganarse su cariño de nuevo, esta vez con paciencia y con el corazón en la mano.