Para salvar a su familia de la quiebra, Elena Moretti firma un contrato matrimonial de doce meses con Alessandro Rossi, el CEO más frío y despiadado de Milán.
Él es poder, oscuridad y venganza hecha hombre.
Ella solo es una pieza en un juego que comenzó hace cinco años.
Obligada a vivir bajo el mismo techo del hombre que odia, Elena descubrirá pronto que detrás de esos ojos grises se esconde un secreto devastador: Alessandro no la eligió por casualidad. Lo ha planeado todo para hacerle pagar.
Entre noches ardientes, malentendidos que rompen el alma y verdades que pueden destruirlo todo, el odio se convierte en una pasión peligrosa.
Pero cuando la venganza se mezcla con el deseo… ¿quién de los dos perderá el control primero?
Un matrimonio de conveniencia.
Un amor prohibido.
Una verdad que podría aniquilarlos a ambos.
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Capítulo 1 – El contrato
La lluvia caía con furia sobre Milán, golpeando las enormes ventanas del ático como si quisiera romperlas. Cada gota era un recordatorio de que el mundo exterior seguía girando, indiferente al caos que se desataba dentro de esa habitación de lujo frío y minimalista.
Elena Moretti estaba sentada frente a la mesa de vidrio negro, con las manos temblando ligeramente sobre el documento que acababan de colocar frente a ella. Las letras impresas en negro parecían bailar ante sus ojos cansados. Doce meses. Convivencia obligatoria. Fidelidad absoluta. Ninguna pregunta sobre el pasado. Y, sobre todo, obediencia.
Tragó saliva. Su garganta estaba seca.
Al otro lado de la mesa, Alessandro Rossi la observaba en silencio. El CEO de Rossi Group era exactamente como lo describían las revistas y los rumores: alto, imponente, con un traje negro hecho a medida que acentuaba sus hombros anchos y su postura dominante. Su cabello oscuro estaba perfectamente peinado hacia atrás, y sus ojos grises, fríos como el acero, no perdían detalle de cada reacción de ella.
—Tienes treinta segundos para decidir, señorita Moretti —dijo con voz grave y controlada, casi sin emoción—. O firmas… o sales de aquí y ves cómo tu familia se hunde por completo. Tu padre en el hospital, tu madre vendiendo las joyas que le quedan, la empresa familiar subastada en pedazos. Todo.
Elena levantó la mirada. Sus ojos verdes, enrojecidos por el cansancio y las lágrimas contenidas, se clavaron en él con una mezcla de odio y desesperación.
—¿Por qué yo? —preguntó, tratando de que su voz no temblara—. Eres uno de los hombres más poderosos de Italia. Podrías tener a cualquier mujer. Modelos, herederas, actrices… ¿por qué precisamente a la hija del hombre que dices que arruinaste?
Alessandro se inclinó ligeramente hacia adelante. Una sonrisa lenta y peligrosa curvó sus labios.
—Porque me divierte —respondió con suavidad—. Y porque hace cinco años me quitaste algo que nunca podré recuperar. Esto no es caridad, Elena. Es un reembolso… con intereses muy altos.
Elena sintió un escalofrío recorrerle la espalda. ¿Cinco años? Ella tenía diecinueve entonces. Estaba estudiando Diseño en Londres, lejos de Milán, lejos de los negocios turbios de su padre. No recordaba haber conocido nunca a Alessandro Rossi. ¿De qué diablos estaba hablando?
El silencio se hizo pesado. Solo se escuchaba la lluvia y el tictac distante de algún reloj de lujo.
—Mi familia no tiene la culpa de lo que pasó con mi padre —murmuró ella—. Yo solo quiero salvarlos. No merecen perderlo todo.
Alessandro soltó una risa baja, oscura.
—Nadie merece nada en este mundo, Elena. Se toma lo que se quiere. Y yo te quiero a ti. Doce meses. Al final, tu familia recuperará su empresa, sus propiedades y su dignidad. Tú recuperarás tu libertad. Siempre y cuando cumplas con cada cláusula.
Elena miró de nuevo el contrato. Las palabras “matrimonio civil”, “convivencia en la residencia principal”, “acompañarme a eventos públicos como mi esposa” y “prohibido cualquier contacto romántico o físico con terceros” le quemaban los ojos.
—¿Y si me niego? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
—Entonces mañana a primera hora los bancos ejecutarán las hipotecas. Tu padre morirá en ese hospital sin atención privada. Tu madre perderá la casa donde naciste. Y tú… —la miró de arriba abajo con lentitud— te quedarás sin nada. Ni siquiera el orgullo.
Elena cerró los ojos un segundo. Recordó a su padre conectado a las máquinas, a su madre llorando en el pasillo del hospital, las llamadas de los acreedores a todas horas. No tenía salida.
Con mano temblorosa tomó la pluma Montblanc que Alessandro había dejado sobre la mesa. El metal estaba frío. Firmó. Elena Moretti. La tinta se extendió ligeramente por la lágrima que cayó sin permiso sobre su firma.
Alessandro tomó el documento, lo revisó con calma y firmó debajo con su firma firme y angular. Luego lo guardó en un cajón del escritorio con llave.
—Bienvenida a tu nuevo infierno, esposa mía.
Se levantó y rodeó la mesa. Elena se tensó cuando él se detuvo justo detrás de su silla. Sintió el calor de su cuerpo, su presencia abrumadora. Alessandro colocó una mano en el respaldo y se inclinó hasta que sus labios quedaron cerca de su oído.
—Desde este momento, eres mía. En público y en privado. No lo olvides.
Elena giró la cabeza, desafiante.
—No soy de nadie. Esto es un contrato, no una entrega de esclavos.
La risa baja de Alessandro le erizó la piel.
—Ya veremos cuánto dura esa actitud, principessa.
Se apartó y caminó hacia el bar del ático. Sirvió dos vasos de whisky. Le ofreció uno a ella.
—Bebe. Lo necesitarás.
Elena rechazó el vaso.
—No bebo con extraños.
—Pronto dejaré de ser un extraño —respondió él, bebiendo un sorbo sin quitarle los ojos de encima—. Viviremos juntos. Dormirás en mi casa. Compartirás mi mesa. Y cuando sea necesario, compartirás mi cama.
Elena se puso de pie bruscamente.
—¡Eso no estaba en el contrato!
Alessandro levantó una ceja, divertido.
—Cláusula siete, apartado b: “Cumplir con las obligaciones maritales cuando la situación lo requiera para mantener las apariencias”. Lee con atención la próxima vez.
Elena sintió que la sangre le subía al rostro. Rabia, vergüenza, miedo… todo mezclado.
—No voy a acostarme contigo.
—Nunca dije que tuvieras que hacerlo hoy —contestó él con calma—. Pero llegará el momento en que tú misma lo desees. O al menos… fingirás muy bien.
El teléfono de Alessandro vibró sobre la mesa. Él miró la pantalla y su expresión cambió por completo. La sonrisa desapareció. Sus ojos se endurecieron hasta volverse casi negros.
Contestó con voz cortante.
—¿Qué?
La persona al otro lado habló durante varios segundos. Elena solo captaba fragmentos: “investigación”, “hospital”, “viva”, “imposible”.
Alessandro apretó tanto el teléfono que los nudillos se le pusieron blancos.
—¿Cómo que está viva? Verifícalo de nuevo. Quiero pruebas. Y quiero que me traigan todo el expediente esta misma noche.
Colgó sin despedirse. Durante unos segundos se quedó mirando la ciudad iluminada a través de la ventana, con la mandíbula tensa. Luego se giró hacia Elena.
—Parece que nuestro pequeño acuerdo acaba de complicarse de forma interesante.
Ella frunció el ceño.
—¿De qué estás hablando?
Alessandro se acercó de nuevo. Esta vez no había burla en su mirada, solo una intensidad que la asustó.
—Alguien que debería estar muerta… acaba de aparecer en el radar. Y creo que tú tienes mucho que ver con eso, Elena.
—¿Yo? ¡Pero si ni siquiera sé de qué hablas!
Él la tomó suavemente por la barbilla, obligándola a mirarlo. Sus rostros quedaron a centímetros.
—Cinco años atrás, una noche cambió todo. Tú estabas allí. Aunque no lo recuerdes… yo sí. Y ahora, mi querida esposa, vamos a descubrir juntos qué diablos pasó realmente aquella noche.
Elena sintió que el mundo se tambaleaba. La lluvia seguía cayendo con fuerza. El contrato ya estaba firmado. No había vuelta atrás.
Y en ese momento, con la mano de Alessandro aún en su rostro y su mirada clavada en ella como si quisiera leerle el alma, Elena entendió algo aterrador:
No solo había firmado un matrimonio de conveniencia.
Había firmado un pacto con el diablo… y el diablo tenía planes mucho más oscuros de lo que imaginaba.