Cinco años de matrimonio empañados por la distancia y un embarazo fallido llevan a Victor y Victoria al inevitable divorcio. El acuerdo es pacífico y la separación, inminente. Cada uno toma su propio camino; sin embargo, no pasa mucho tiempo antes de que el frío y reservado Victor Song descubra que desatarse del pasado es imposible cuando la mujer que dejó ir sigue siendo la única que desea.
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Noticias Que Nadie Quería Saber; Un Verdadero Peligro
El silencio de la oficina era denso. Podía sentir el peso de las miradas encima de mí, y solo el tic toc del reloj funcionaba como un triste ambientador de la oficina. Mis dedos tecleaban sin incomodidad alguna. Era una oración que salió tan pulcra como debería serlo mi estado de ánimo. Un punto final marcó el término de mi escritura y por fin levanté la cabeza, dándole mi atención a los que esperaban frente a mí con las cejas fruncidas en pura preocupación barata.
—¿Victor, eso es un accesorio?
Yuri preguntó con cuidado, señalando mi mano vendada; sin embargo, mi falta de expresión facial pareció ser suficiente respuesta para los dos.
—Fue un accidente —respondí con firmeza.
—La junta con los proveedores de París será en cuatro horas, ¿no quieres pasar al hospital antes? —indagó Leo, preparándose para levantarse de su asiento.
—Ya les dije que estoy bien —suspiré—. Fue un corte artificial y Victoria me ayudó a tratarlo.
Sus ojos saltones me atraparon. Ambos intercambiaron una mirada, pero decidí ignorarla y acomodar la venda que se había doblado un poco.
—Antes de la reunión, me encontraré con Ginny para hablar sobre la participación de Ben en la empresa —les expliqué, cerrando la computadora—. Te mandaré un mensaje cuando termine y podemos encontrarnos en el restaurante con los proveedores —miré a Leo
—Sí, señor.
—Bien, entonces yo me voy.
Tomé mi abrigo y las llaves de mi auto personal sin permiso a alguna palabrería. Bajé al primer piso y me tocó ignorar las miradas que me seguían insistentemente. Como presidente de la compañía, Victoria siempre me insistía en hacerme con un estilo impecable cada día: trajes limpios y planchados, cabello cuidadosamente peinado hacia atrás, accesorios simples. Todo lo exacto y oportuno para un hombre de su estatus. No obstante, por el hecho de verme con una venda en la mano, ahora la situación se veía extraña e indignante, pues pareciera que los incidentes no tenían chance de asomarse en mí.
El viaje a la cafetería no fue una gran cosa. Me dediqué a tomar el camino corto y me estacioné en el cajón más recóndito del lugar. Era un sitio tranquilo, transcurrido por gente que buscaba anonimato a cambio de una taza de café con precio altísimo en comparación a otras.
Los murmullos eran suaves en el interior. Había una música apenas audible como relleno de silencios indeseables y las mesas estaban apartadas entre una distancia bien marcada para que nadie pudiera escuchar la charla de los vecinos.
Era un buen sitio para hablar confidencialmente.
Por más que quise evitarlo, mis pasos avanzaron con cierta resistencia. El anuncio del divorcio aún no era publicado y una nota indebida terminaría en una problemática general. No quería que la imagen de Victoria se arruinara por culpa mía y que se desencadenara una serie de daños colaterales porun mínimodescuido. Aun así, me obligué a mantener el mentón alto con una mirada discreta que no dejara expuesta mi intranquilidad.
Después de todo, esta reunión era exclusivamente sobre negocios.
Afortunadamente, en lo más oculto del local, una mano alzada me saludó, invitándome a acercarme. Ahí estaba ella; sonriente, con el cabello negro un poco más debajo de los hombros, maquillaje dramático, y un vestido negro de piel que sugirió una escapada de entre medio de una sesión fotográfica.
Le devolví la sonrisa y me senté en el lugar vacío tan pronto como llegué, pero sin la oportunidad de salvarme de sus ojos juzgadores.
No me iba a librar del cuestionario de todos.
—Me he cortado esta mañana —expliqué.
—¿Seguro? ¿No es resultado de una pelea con Victoria? —sugirió burlona, dando un sorbo a su propio café—. Estoy bromeando, pedí un americano para ti —señaló.
Tiré de las comisuras de mis labios, lanzando una mirada sin gracia. Conocía su punto. Entendía a lo que quería llegar, pero antes había temas que claramente necesitaban más atención.
—Entonces, ¿lo hablaste con Bin? —comencé, abandonando de momento mi café.
—Lo hice —suspiró, borrando todo rastro de socarronería—. Pero entró en modo defensa... dice que no quiere tener nada que ver con su padre y me confesó que está a punto de ser expulsado de la escuela.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Por mi culpa, es obvio —reafirmó su postura—. Mis peleas con su padre, nuestra separación y el divorcio lo tienen más estresado que a mí misma. Le dije que esos temas no le concernían, pero solo se ofendió.
La miré a los ojos. Un rastro de tristeza, impotencia y enojo los cubrieron. Estaba agotada, a pesar del maquillaje que cubría perfectamente sus inexistentes imperfecciones.
—Desde que lo conozco, Bennie siempre ha sido muy inteligente —mencioné, atrayendo su atención—. Te propongo algo, Ginny; si me lo permites, me gustaría ser el tutor personal de Ben.
—¿Podrás con el demonio rebelde? —jadeó, recuperando la sonrisa.
—¡Qué va! Es mi especialidad tratar con demonios.
Ginny por fin sonrió con más gracia, soltando una pequeña risita. Bebió de su café con más gusto, sin embargo, su mirada de pronto se volvió enigmática, lo suficientemente despreocupada como para hacerme sentir desconcertado.
—Cómo vas a ser el tutor de Bennie, entonces yo me convertiré en tu instructora para que dejes de ser un idiota —musitó.
—¿Perdón?
Ginny se giró de esa elegante manera que solo ella lo hacía. Rebuscó un poco en su bolso y pescó una tarjeta de cartón que dejó sobre la mesa y extendió hasta mi lugar. Era la tarjeta de información de un negocio, pero no de uno cualquiera.
—¿Hotel, Restaurante? Ginny, ¿qué es esto?
—John invitó a Victoria a una cena este jueves —respondió sin pizca de emoción en sus palabras—. Y, al parecer, ella aceptó.
La sangre bajó hasta mis pies como caída libre que me congeló la columna vertebral. Leer esas dos palabras y conocer aquel detalle provocaron que mi cabeza diera rienda suelta. Escenarios que no debía imaginar llegaron como suposiciones amargas que me revolvieron el estómago.
Me sentía atrapado y diversas opciones se presentaron ante mí. Se suponía que la mudanza de Victoria sería este fin de semana, por lo que pude investigar. Si esto resultaba así, entonces podría encerrar a Victoria en casa y mantenerla adentro hasta que pasara un mes. Así, John pensaría que quedó plantado y...
—Victor Song—llamó Ginny, pellizcando mi dorso—. ¿Qué piensas ahora?
—Ginny... ¿De verdad ya la he perdido?