La vida despreocupada de fiestas y alcohol del universitario Esteban Anderson da un vuelco total cuando una mañana encuentra una bebé en su porche con una nota de despedida. Tras confirmar por ADN que es su hija y comprobar que la madre nunca volverá, Esteban deja atrás los excesos para criarla solo. Entre trabajos de madrugada, clases universitarias y un amor incondicional, bautiza a la pequeña Isabella y descubre que el propósito más grande de su vida era convertirse en su padre.
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Capitulo 9
El despertador de las cinco y media de la mañana sonó con una agresividad insoportable, pero esta vez no me quedé buscando el botón para apagarlo. Me senté en la orilla de la cama de un solo salto, sintiendo cómo los músculos del cuerpo me dolían por la mala noche que acababa de pasar. Apenas tres horas antes, Isabella se había despertado llorando con desesperación por un cólico que nos obligó a mi mamá y a mí a caminar en círculos por la sala durante una eternidad.
Miré hacia la cuna de madera. La pequeña seguía profundamente dormida, con su carita tranquila y los puñitos cerrados sobre las mantas. Me pasé las manos por la cara, sacudiéndome el cansancio, y abrí el cajón del escritorio. Allí, sobre un cuaderno escolar, estaba el pequeño paquete de pañales que quedaba y la boleta de la leche especial que la pediatra nos había recetado. Las cuentas no cuadraban. La ayuda de mis padres era valiosa, pero yo sabía perfectamente que no podía seguir dependiendo de ellos para comprar cada cosa que Isabella necesitaba. Tenía veidtiún años, era padre y necesitaba dinero propio, rápido y de manera urgente.
Esa misma mañana, después de dejar a Isabella en manos de mi mamá con un nudo de preocupación en el pecho, salí a la calle con una pila de solicitudes de empleo impresas en papel barato.
El cielo estaba nublado y el viento helado de octubre me golpeaba la cara mientras recorría las cuadras del vecindario. Entré a una pastelería, a un supermercado local, a una ferretería y a una lavandería. En todos lados obtuve la misma respuesta amable pero cortante: "Lo sentimos, muchacho, por ahora no estamos contratando personal", o "Necesitamos a alguien con experiencia previa, y veo que estás estudiando administración".
A la tercera hora de caminar con los zapatos mojados y el frío metido hasta los huesos, la frustración empezó a pesarme en los hombros. ¿Quién le iba a dar un trabajo de medio tiempo a un universitario sin experiencia real, con un historial de materias reprobadas y fama de fiestero? Me senté en la banqueta frente a un taller mecánico polvoriento, sintiendo que las ganas de rendirme me ganaban la partida. El olor a aceite de motor, gasolina y metal quemado flotaba en el aire.
—Oye, chico, estás estorbando el paso con esa cara de velorio. ¿O es que acaso se te rompió el coche y necesitas que lo revise? —una voz ronca y profunda interrumpió mis pensamientos.
Levanté la vista de golpe. Parado en la entrada del taller había un hombre de unos cincuenta años, con las manos completamente manchadas de grasa negra, una gorra desteñida hacia atrás y una playera gris con manchas de aceite. Era Martín, el dueño del taller mecánico y de distribución local, un tipo conocido en todo el vecindario por tener cara de pocos amigos, pero un corazón de oro cuando se trataba de ayudar a la gente trabajadora.
Me puse de pie de un salto, sacudiéndome los pantalones, y caminé hacia él sosteniendo la última solicitud de empleo que me quedaba en la mano.
—No, mi coche está bien, señor Martín... o bueno, más o menos —dice con una sonrisa nerviosa, tragando saliva—. Busco trabajo. De lo que sea. Necesito medio tiempo por las tardes, después de mis clases en la universidad. Sé que no tengo experiencia en mecánica, pero aprendo rápido, soy fuerte y de verdad necesito el dinero.
Martín me miró de arriba a abajo con sus ojos pequeños y penetrantes, evaluándome como si fuera una pieza de motor defectuosa. Se cruzó de brazos, limpiándose la grasa de las manos con un trapo viejo y sucio, y soltó una risa seca.
—¿Esteban, verdad? El hijo de los Anderson —dijo Martín, entrecerrando los ojos—. Te he visto por el barrio. Y también he escuchado por ahí que antes te la pasabas de fiesta en fiesta sin dar golpe. ¿Y ahora resulta que quieres trabajar? ¿Qué pasó? ¿Se te acabó el dinero para la diversión del fin de semana?
Sentí que el calor me subía directo a las orejas por la vergüenza. Sabía que mi reputación me precedía, pero no podía darme el lujo de bajar la cabeza e irme.
—Las cosas cambiaron, Martín —respondí con la voz firme, mirándolo a los ojos sin vacilar—. Tengo una hija ahora. Nació hace una semana. Necesito comprar leche, pañales y pagar mis cosas. No me importa barrer el piso, cargar llantas pesadas o limpiar la grasa de las herramientas. Haré lo que sea necesario.
Martín se quedó en silencio durante varios segundos largos. Me examinó el rostro con atención, buscando tal vez alguna mentira o un destello de vacilación. Al parecer, encontró lo que buscaba, porque su expresión seria se relajó un poco y dio una palmada sonora sobre una mesa de trabajo cercana.
—Mira, Esteban, aquí no regalamos el dinero —dijo Martín con tono severo pero justo—. El trabajo es pesado, te vas a manchar las manos de grasa hasta los codos, vas a terminar con la espalda destrozada y vas a tener que soportar el olor a combustible todos los días. Si vienes con rodeos o crees que esto es un juego para pasar el rato, te puedes ir por donde viniste ahora mismo. Pero si de verdad necesitas mantener a tu hija... preséntate aquí hoy a las dos de la tarde en punto. El sueldo es poco al principio, pero el trabajo honrado paga las cuentas. ¿Trato hecho?
—Trato hecho —respondí sin pensarlo un solo segundo, extendiendo mi mano hacia él.
Martín me apretó la mano con una fuerza brutal que casi me hace chirriar los huesos, sellando un compromiso que iba a cambiar por completo el ritmo de mi vida.
A partir de ese día, mi rutina se convirtió en una carrera de obstáculos contra el reloj y el agotamiento físico.
Las mañanas estaban destinadas a las clases en la facultad de economía, donde intentaba mantener los ojos abiertos mientras el profesor explicaba teorías financieras que se me iban de la cabeza. Apenas terminaba la última clase, corría hacia el coche, manejaba a toda velocidad hasta el taller de Martín y me ponía un overol azul demasiado grande para mí.
Mis tardes eran un infierno de sudor y esfuerzo físico. Me tocaba cargar acumuladores pesados, limpiar piezas de motores con solventes que me irritaban la piel, barrer virutas de metal del suelo de cemento y cambiar neumáticos bajo el sol abrasador o el frío de la tarde. Los primeros días fueron brutales. Llegaba a casa con los músculos de los brazos y las piernas gritando de dolor, las manos ásperas y negras de grasa que ni con estropajo se me quitaban, y un cansancio tan profundo que sentía que me iba a desmayar en cualquier pasillo.
Y, sin embargo, cuando regresaba a casa de madrugada y me asomaba a la cuna para ver a Isabella respirando tranquila, todo el dolor físico desaparecía en un instante.
Un par de semanas después de empezar en el taller, llegó el momento que tanto había esperado. Con el sobre del primer pago semanal en la mano, caminé directo a la farmacia del barrio. Pagué los pañales de la talla correcta, dos latas grandes de leche especial y un pequeño conjunto de ropa de algodón color pastel que me pareció hermoso. Cuando llegué a la casa y puse las bolsas sobre la mesa de la cocina frente a mis padres, sentí un orgullo tan grande en el pecho que ninguna fiesta del mundo me había dado jamás.
El camino apenas comenzaba, y el cansancio era real, pero las manos sucias de grasa y el esfuerzo de cada tarde en el taller mecánico eran la prueba viviente de que estaba cumpliendo mi promesa. Yo era el padre de Isabella, y nada iba a detenerme para sacarla adelante.