Morir por un golpe en la cabeza no estaba en los planes de Elysia. Despertar en La Sangre de la Corona, el mahwa que leía en secreto, tampoco.
El problema es que no reencarnó como la protagonista. Reencarnó como la comandante del villano. Del hombre destinado a perder la guerra por el trono.
Aster es letal, frío y no malgasta palabras. También es, para su desgracia, exactamente su tipo, al menos hablando de su fisico.
Pero todo se complica cuando recibe una orden imposible: eliminar a Athena, la heroína de la historia, la chica que el guion protege.
Atrapada entre su lealtad, su instinto de supervivencia y un jefe que empieza a mirarla como ningún villano debería, Elysia deberá decidir si acepta el destino... o lo reescribe ella misma.
Porque si va a morir como villana, al menos lo hará peleando.
NovelToon tiene autorización de Luz de luma para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 8 — DIFERENCIAS
Los días siguientes transcurrieron con una calma tensa.
Elysia se lanzó de lleno a la investigación. Interrogó a más capitanes. Revisó informes viejos, mapas, listas de suministros. Recorrió los puestos de vigilancia uno por uno, buscando más símbolos tachados, más deserciones silenciosas, más grietas en la lealtad que sostenía el territorio de Aster.
Encontró tres.
Tres puestos más con el emblema tachado. Tres puestos donde los soldados no habían desaparecido, pero donde el miedo se palpaba en el aire como la niebla de la mañana. Nadie hablaba abiertamente. Nadie señalaba culpables. Pero todos sabían algo. Y ese algo apuntaba hacia el este, hacia las tierras de Aslan, hacia una mujer de cabello rubio y ojos rojos que aún no había aparecido en escena pero cuyo nombre ya era un susurro.
Elysia trabajaba hasta el agotamiento. No porque quisiera impresionar a Aster. Se decía a sí misma que era por supervivencia. Mientras más útil fuera, más segura estaría. Mientras más información tuviera, más margen de maniobra tendría cuando la historia empezara a cumplirse.
Pero en el fondo, había algo más. Algo que no quería admitir.
Le gustaba el trabajo. Le gustaba la estrategia, el análisis, la sensación de estar haciendo algo real. En su vida anterior, todo era entrenamiento y combates controlados. Aquí las consecuencias eran de verdad. Las decisiones importaban. Y aunque estaba en el bando equivocado —el bando del villano—, no podía evitar sentir que ese bando, por ahora, era el suyo.
Apenas veía a Aster.
Él estaba ocupado con sus propias tareas: reuniones con consejeros, cartas a otras casas nobles, informes del frente oriental. Elysia le entregaba sus reportes por escrito, a través de un ayudante, y no recibía respuesta. No la necesitaba. Las órdenes llegaban puntuales cada mañana, escritas con una letra firme y sin adornos. Inspecciona esto. Interroga a aquel. Confirma tal información.
Era eficiente. Era frío. Era Aster.
Pero Elysia empezó a notar algo extraño.
Él la observaba.
No era obvio. No era constante. Pero de vez en cuando, al cruzar el patio de entrenamiento, al salir del comedor, al pasar por un pasillo, ella sentía el peso de una mirada. Y cuando se giraba, allí estaba él. Apoyado en una columna, o junto a una ventana, o en la puerta de su despacho. No decía nada. No se acercaba. Solo miraba.
Como quien observa un experimento. Como quien estudia un insecto bajo una lupa.
No era romántico. No era cálido. Era clínico. Y de alguna forma, eso la inquietaba más.
Una tarde, Elysia estaba en el patio, entrenando sola. Los demás soldados se habían retirado hacía rato. El sol caía y las antorchas empezaban a encenderse una a una. Ella golpeaba el poste de madera con la espada de práctica, repitiendo una y otra vez la secuencia que le había enseñado Darian. Sudaba. Le dolían los brazos. Pero no se detenía.
—Ese movimiento es nuevo.
La voz llegó desde atrás. Elysia se giró. Aster estaba junto a la puerta del patio, con los brazos cruzados. Llevaba la ropa de diario, sin armadura, pero su presencia imponía más que cualquier cota de malla.
—¿Nuevo? —preguntó Elysia, bajando la espada.
—No lo hacías antes. Del golpe.
No era una pregunta. Era una afirmación. Elysia se tensó. Había introducido variantes de sus propias artes marciales en el entrenamiento. Pequeñas modificaciones. Golpes de muay thai adaptados a la espada. Desplazamientos de hapkido. Su cuerpo los hacía sin pensar. Pero él lo había notado.
—Supongo que el golpe me ha hecho replantearme algunas cosas —dijo, eligiendo las palabras con cuidado.
Aster avanzó unos pasos. No muchos. Los justos para que la luz de las antorchas le diera en el rostro.
—El médico dijo que un golpe así puede cambiar a una persona. —Hizo una pausa—. Pero no tanto.
Elysia sintió un escalofrío.
—¿A qué te refieres?
Aster no respondió de inmediato. La estudió. Esos ojos grises recorrían su rostro como si buscaran algo. Una marca. Una señal. Una prueba.
—Antes no me mirabas a los ojos —dijo al fin—. No replicabas. No cuestionabas órdenes. Entrabas, escuchabas, obedecías. Eras eficiente. Silenciosa. Predecible.
—¿Y ahora?
—Ahora eres... distinta.
Lo dijo sin juicio. Sin aprobación ni desaprobación. Solo constatación.
Elysia se obligó a mantener la calma. Era el momento de jugar bien sus cartas. Si se ponía a la defensiva, él sospecharía más. Si se mostraba demasiado indiferente, también. Tenía que encontrar el punto medio.
—No recuerdo cómo era antes —dijo, y era la primera verdad completa que le decía en días—. No recuerdo casi nada. Ni mi infancia. Ni mi entrenamiento. Ni mis años de servicio. Sé que soy tu comandante porque me lo han dicho. Sé que debo obedecerte porque es mi deber. Pero no recuerdo quién era esa mujer.
Aster la escuchó sin interrumpir. Cuando ella terminó, él desvió la mirada hacia el poste de entrenamiento, hacia las marcas de los golpes en la madera.
—¿Y quién eres ahora?
La pregunta cayó como una piedra en un estanque. Elysia abrió la boca y la cerró. No lo sabía. No del todo. Era una mezcla de la lectora de mahwas, la luchadora callejera, la comandante sin pasado. Un rompecabezas de tres piezas que no terminaban de encajar.
—Estoy averiguándolo —respondió, con honestidad.
Aster asintió, casi imperceptiblemente.
—Averígualo rápido. No tengo tiempo para comandantes que no saben quiénes son.
Se fue. Sin despedirse. Sin mirar atrás. Elysia se quedó en el patio, con la espada de madera colgando de la mano y el corazón latiéndole en las sienes.
Había pasado la prueba. De momento.
Pero Aster no era estúpido. Seguiría observando.
Esa noche, en su habitación, Elysia se sentó ante el espejo. Se miró los ojos dorados, los rayos de sol atrapados en su cabello castaño, las facciones que eran suyas y no lo eran. ¿Quién era la Elysia original? ¿Qué pensaba? ¿Qué sentía? ¿Por qué se había quedado sirviendo a Aster durante seis años sin ascender, sin casarse, sin salir de allí?
No lo sabía. Y quizá nunca lo sabría.
Pero sí sabía algo: la Elysia original era silenciosa. Predecible. Obediente. No miraba a los ojos.
La nueva Elysia no podía ser más distinta.
Y Aster lo había notado.
Se tumbó en la cama y cerró los ojos. El sueño tardó en llegar, como siempre. Y cuando llegó, estaba lleno de imágenes inconexas: un castillo en llamas, una mujer de cabello rubio y ojos rojos, un trono vacío. Y en el centro de todo, unos ojos grises que la miraban sin parpadear.
Observando.
Siempre observando.