Valentina Serrano tiene veintitrés años, una marca de vestidos de novia que apenas sobrevive y un problema: acaba de confundir al hombre más poderoso de Ciudad de México con su primo.
Adrián Castellán no perdona. No sonríe. No explica. Pero cuando esa chica le muerde el cuello y sale corriendo, él se queda con su pasador de plata —y con algo más que no sabe nombrar.
Lo que empieza como una deuda se convierte en un contrato. Lo que empieza como un contrato se convierte en fuego.
Él le da todo: telas de Oaxaca, un imperio, la luna si la pide. Ella le da lo único que nadie más pudo darle: una Navidad.
Pero Adrián Castellán carga cicatrices que no se ven —un balazo cerca del corazón, un padre que lo destruyó, una infancia que le robaron— y su forma de amar se parece demasiado a una jaula.
Valentina tendrá que decidir: ¿puede amar a un hombre que quiere protegerla del mundo entero, incluso de sí mismo?
Él es la pesadilla de todos, pero eligió ser el Papá Noel de una sola persona.
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Capítulo 9
Capítulo 9: Adrián, hay gente
Y por primera vez desde que conoció a Adrián Castellán, Valentina no supo si quería huir de él o esconderse más cerca.
Eligió la opción más digna.
—Ya puedo sostenerme —mintió.
Adrián miró su pierna derecha, que seguía temblando por el hormigueo.
—No.
—Eso no era una pregunta.
—Mi respuesta tampoco.
El salón se vaciaba alrededor de ellos. Las conversaciones se apagaron detrás de las puertas que Joaquín cerraba con eficiencia impecable. Aun así, Valentina sentía ojos en la nuca: los de Regina guardando municiones, los de Máximo descubriendo una diversión peligrosa, los de media Polanco fabricando versiones antes de llegar a sus autos.
—Adrián, hay gente —susurró.
Él bajó la mirada a ella.
—Cada vez menos.
—Ese no es el punto.
—Para mí sí.
La levantó con más firmeza antes de que la pierna le fallara otra vez y la llevó hacia la sala privada del pasillo. Valentina quiso protestar, pero hacerlo mientras dependía de su brazo para no caer habría sido una derrota estética.
Detrás de ellos, Máximo intentó dar un paso.
Joaquín se interpuso con la suavidad de una puerta de banco.
—El señor Castellán pidió privacidad.
—Yo soy familia.
—Por eso se lo digo con amabilidad.
Tomás se asomó por encima del hombro de Máximo.
—¿Crees que ella está bien?
Joaquín miró hacia la puerta por donde Adrián acababa de entrar con Valentina.
—Si no lo estuviera, el señor Castellán ya habría llamado a un médico.
—Eso no me tranquiliza —dijo Tomás.
—A mí sí —murmuró Santiago, que había llegado sin prisa—. La pregunta interesante es otra.
Máximo lo miró.
—¿Cuál?
Santiago acomodó el puño de su camisa.
—Desde cuándo Adrián deja que alguien lo vea preocuparse.
La sala privada olía a madera encerada, jazmín del arreglo floral y whisky caro. Adrián la sentó en un sillón bajo y se arrodilló frente a ella sin preguntar.
Valentina se quedó inmóvil.
—¿Qué hace?
—Revisar tu pierna.
—No necesito revisión.
—La escondiste veinte minutos detrás de un biombo.
—No fueron veinte.
—Diecisiete.
—Eso es peor. ¿Me estaba contando?
Adrián tomó su tobillo con cuidado y le quitó el tacón derecho. El gesto fue tan doméstico, tan impropio de él, que Valentina se olvidó de respirar. Sus dedos presionaron la pantorrilla adormecida, buscando circulación sin brusquedad.
—Dime si duele.
—No.
—No te pregunté si quieres parecer valiente. Te pregunté si duele.
Valentina apretó el borde del sillón.
—Hormiguea.
—Eso sí es una respuesta.
El calor de su mano subió por la pierna de ella en oleadas pequeñas. No era indecente. No exactamente. Pero el cuarto cerrado, el tacón en el piso y Adrián de rodillas frente a ella hacían que cualquier gesto pareciera más íntimo de lo razonable.
—¿Leyó mi carta? —preguntó Valentina, porque necesitaba hablar de algo que no fuera su mano.
Adrián levantó la vista.
—No.
La humillación le quemó la cara.
—¿No?
—No.
—¿Entonces por qué aceptó el paquete?
—Porque venía de ti.
La respuesta la desarmó y la enfureció al mismo tiempo.
—Eso no tiene sentido.
—Lo tiene.
—Le mandé una disculpa.
—Preferí escucharla.
—Ya la escuchó.
—No toda.
Valentina lo miró con incredulidad.
—Escribí seis versiones para no sonar desesperada, agresiva, cursi ni culpable.
—Fallaste en dos.
—¿Cuál leyó si no leyó la carta?
—No necesitaba leerla para saber que estabas desesperada.
—Yo no estaba desesperada.
Adrián dejó su tacón en el piso con una delicadeza insoportable.
—Te escondiste detrás de flores porque no usé un regalo.
Valentina abrió la boca. La cerró. Él tenía razón, y eso era una ofensa personal.
—No era cualquier regalo. Era una disculpa.
—Era una cuerda.
—¿Una cuerda?
—Para saber si la tomaba.
La frase le cayó en el pecho con una precisión incómoda. Valentina pensó en el pisa corbatas dentro de una caja, en la carta que había intentado hacer digna, en las horas mirando el celular.
—¿Y la tomó?
Adrián alzó la vista.
—Estoy aquí.
Valentina tragó saliva. El hormigueo de la pierna empezaba a desaparecer, reemplazado por una conciencia demasiado clara de que estaban solos.
—También mandé un pisa corbatas.
—Lo vi.
—No lo usa.
—No.
—Qué grosero.
La comisura de Adrián se movió apenas.
—¿Te molestó?
—No.
—Mientes peor cuando estás sentada.
Valentina le quitó el pie de las manos.
—Entonces párese. Me incomoda.
Adrián obedeció. Eso debió tranquilizarla. En cambio, al verlo de pie frente a ella, entendió que la distancia nueva no era más segura.
—Me escondí porque no quería hablar con usted en público —dijo.
—Te escondiste porque te importó que no usara tu regalo.
—No se sienta tan importante.
—Tarde.
Valentina se levantó con cuidado. La pierna respondió mejor, pero Adrián extendió una mano hacia su cintura antes de que pudiera negar ayuda.
—Estoy bien.
—Todavía no.
—Siempre decide eso por mí.
La frase salió más seria de lo que esperaba.
Adrián la miró. Algo en su cara cambió, apenas, como si la observación le hubiera llegado más lejos que una broma.
—No siempre —dijo.
—Casi siempre.
—Entonces dime que me detenga.
Valentina supo que debía hacerlo antes de que él diera el siguiente paso.
No lo hizo.
Adrián levantó una mano y apartó el borde alto del vestido negro que cubría su cuello. La marca de la mordida anterior ya era una sombra amarillenta. Él la miró con una atención que le hizo arder la piel.
—Ya casi desaparece —murmuró.
—Eso hacen las marcas normales.
—No me gustan las cosas que desaparecen demasiado rápido.
Valentina apoyó una mano en su pecho.
—Adrián...
—¿Me detengo?
La pregunta volvió. Clara. Sin trampa.
Valentina oyó la música apagada del otro lado de la puerta, los pasos lejanos de los meseros, su propio pulso desordenado.
—Hay gente —repitió, más débil.
—No aquí.
Él se inclinó.
No mordió.
Esta vez su boca tocó la piel bajo su oreja con una lentitud que le robó el aire. Un beso. Luego otro, más bajo, más caliente, justo donde el cuello se volvía sensible. Valentina cerró los dedos sobre la camisa de Adrián y sintió la vibración mínima de su respiración contra ella.
—Esto no es una disculpa —dijo, con la voz rota.
—No.
—¿Entonces qué es?
Adrián dejó un beso más, suficiente para marcar sin herir.
—Una advertencia.
Valentina abrió los ojos.
—¿De qué?
Él se apartó apenas. Su mirada estaba demasiado cerca.
—De que mi paciencia tiene límite.
La puerta se abrió de golpe.
Máximo apareció en el umbral con una copa en la mano y una frase muriéndosele en la boca.
Vio a Valentina contra Adrián.
Vio el cuello de Valentina.
Vio la mano de Adrián en la cintura de ella.
La copa quedó suspendida en el aire. Máximo, que siempre tenía una frase indecente lista para cualquier desastre, parpadeó una vez. Luego otra. Su mirada fue de la boca de Adrián al rostro encendido de Valentina, y de ahí a la puerta cerrada que Joaquín, por alguna razón misteriosa, no había logrado defender.
Al fondo del pasillo, Tomás intentó asomarse.
—¿Qué pasó?
Máximo levantó una mano sin mirar.
—Ni respires.
Por una vez, Tomás obedeció sin preguntar nada más.
El silencio pesó como sentencia.
—Ah —dijo, y por primera vez en su vida pareció no encontrar un chiste a tiempo.
excelente
Gracias.