Un refugio maldito, una obsesión mortal y un secreto de sangre a punto de estallar.
Huyendo de su familia, Bibiana toma la drástica decisión de mudarse con Adam a una cabaña aislada en mitad del espeso bosque finlandés. Ellos creen estar construyendo su propio nido de amor en una paz idílica, sin embargo, ambos viven en una mentira: ignoran por completo la existencia de un Pacto de sangre, la oscura deuda del pasado que ya ha marcado sus destinos. Pero el invierno no perdona, y la tragedia golpea con la fuerza de un témpano.
Segunda temporada de la novela Destinada a un amor inmortal
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T2 Capítulo 8 - El precio de la salvación
Adam retrocedió, negando con la cabeza ante la propuesta de su abuela.
—No voy a convertir a Bibi, abuela. Tiene que haber otra forma de salvarla que no implique arrebatarle su alma.
—¿Por qué te resistes tanto? —preguntó Clara con calma—. Ella ya es tuya; puedo ver que la has marcado.
Adam la miró sorprendido.
—¿Cómo sabes que la marqué?
—Lo veo en tu aura y puedo percibirlo a través de tu vínculo conmigo. Pero no has respondido a mi pregunta: ¿por qué no quieres convertirla?
—Porque no quiero condenarla a esta existencia —sentenció Adam con amargura—. No quiero que viva para siempre en las sombras. Por favor, abuela... dime que hay otra manera.
Clara lo observó con ternura y, tras un breve silencio, extendió su mano entregándole un pequeño frasco con una esencia luminosa.
—Haz que beba esto.
—¿Qué es esta fórmula, abuela? —preguntó él, examinando el frasco con curiosidad.
—Contiene la esencia de la temperatura corporal humana. Es una mezcla poderosa que estabilizará su calor interno y eliminará la hipotermia desde adentro.
—¿Por qué crearías algo así?
—La diseñé para aquellos de nuestra especie que necesitan camuflarse entre los humanos sin levantar sospechas por su frialdad —explicó ella—. Pero en este momento, será su salvación.
—Gracias por ayudarme, abuela —Adam sonrió por primera vez en horas y la estrechó en un abrazo lleno de gratitud.
—De nada, mi vida. Ahora vete; dáselo antes de que su estado se agrave más.
Adam se despidió y, con un esfuerzo mental, regresó a la realidad. Sus ojos se abrieron en la habitación del hospital y, para su asombro, el frasco seguía en su mano, materializado desde el sueño. Se acercó rápidamente a la cama.
—Vas a recuperarte con esto, mi amor —susurró.
Con sumo cuidado, vertió el contenido del frasco en los labios de Bibiana, ayudándola a beber la fórmula. Casi de inmediato, el milagro ocurrió: el color empezó a regresar a sus mejillas y su respiración se volvió profunda y constante.
—Funcionó... —murmuró Adam, sintiendo que el alma le volvía al cuerpo. Se inclinó y besó su frente con devoción—. Realmente funcionó.
Alaska - Mansión Soler
Mientras tanto, en la Mansión Soler, la tiranía de Marcelo asfixiaba a su familia. Giselle, la hermana menor de Adam, protestaba con rabia.
—¡Es injusto! Yo no quiero matar humanos, solo quiero divertirme —gritó Giselle ante la prohibición de salir de casa.
—Son las reglas —sentenció Estela, aunque su mirada reflejaba cansancio.
—¡Por eso Adam se fue! —gritó la joven—. Y si esto sigue así, yo también desapareceré.
Marcelo emergió de las sombras con una sonrisa gélida.
—Hazlo y te encontraré de inmediato. En cuanto a tu hermano, tengo noticias: mis hombres ya lo localizaron. Muy pronto, Adam volverá a casa con su verdadera familia.
En el Hospital
A la mañana siguiente, el doctor realizaba su ronda con una expresión de total desconcierto mientras revisaba los monitores de Bibiana, quien descansaba en un sueño profundo y tranquilo.
—Esto es... verdaderamente extraño —murmuró el médico, ajustándose las gafas y volviendo a leer los resultados.
—¿Por qué dice eso, doctor? —preguntó Adam, esforzándose por mantener un tono de voz neutral y disimular su conocimiento sobre la fórmula de Clara.
—Ayer, esta joven estaba al borde de la muerte. Con ese nivel de hipotermia, las probabilidades de una recuperación tan drástica eran casi nulas —explicó el médico, aún sorprendido—. Pero ahora su temperatura corporal es completamente normal. Es asombroso, casi un milagro.
—Entonces, ¿mi novia se va a recuperar? —insistió Adam, dejando que una chispa de esperanza genuina brillara en sus ojos.
—Con la temperatura estabilizada, es un hecho. Se recuperará mucho más pronto de lo que imaginamos. Más tarde vendré a ver cómo evoluciona —concluyó el doctor antes de salir de la habitación, todavía rascándose la cabeza por la confusión.
En cuanto la puerta se cerró, Adam dejó escapar un suspiro de alivio y se sentó al borde de la cama. Tomó la mano de Bibiana y depositó un beso tierno sobre su piel, que ahora se sentía cálida.
—Estoy tan feliz, mi vida... —susurró conmovido—. La fórmula de mi abuela funcionó. No voy a perderte. Te amo.
Bibiana no despertó, pero una ligera sonrisa pareció dibujarse en su rostro mientras seguía sumergida en su descanso.
—Tengo que avisar a tu familia —continuó Adam en voz baja—, pero primero iré a casa por algo de ropa limpia para ti. Estoy seguro de que te darán el alta en un par de días. Ya regreso, mi amor.
Se inclinó para darle un beso final en la frente y salió de la habitación con el corazón ligero por primera vez en días. Justo cuando la puerta terminó de cerrarse, un susurro escapó de los labios de la joven dormida:
—Adam... —pronunció ella, aferrándose a su nombre incluso en la inconsciencia.
La casa de los Anderson
Mientras tanto, tras recibir la llamada de Melissa, Diego entró corriendo al estudio de su padre.
—¡Papá! Bibiana tuvo un accidente, está en el hospital.
Ignacio se quedó impactado, sintiendo que el mundo se le venía abajo. Sin perder un segundo, ambos salieron disparados hacia el hospital.
La Cabaña de Adam
Adam entró en su cabaña y recogió la ropa de Bibiana. Al intentar salir, se topó con dos figuras imponentes que bloqueaban la puerta. Bajo la luz tenue del día gris, sus pieles pálidas lucían casi espectrales.
—Hola, Adam —dijo uno de los vampiros.
—¿Qué hacen aquí? —rugió Adam, soltando la bolsa de ropa.
—Vinimos a llevarte a Alaska. Tu padre dio la orden y, con este clima, no tenemos prisa por escondernos.
Adam se tensó. Estaba acorralado en su propia casa y sabía que su padre no tendría piedad.