Lara era una pieza de museo en la mansión de Eros Vasconcelos: rica, estática y silenciosa. Vestía la alta costura que le imponían y lucía la sonrisa fingida que había aprendido de su hermanastra, Lidia, cuyo veneno sutil la había convertido en una sombra insegura. Su único bien verdadero era el zafiro en bruto colgado de su cuello, una piedra que prometía revelar la verdad y que, irónicamente, ocultaba el secreto de una traición cruel.
Lara estaba a punto de descubrir que la frialdad de Eros no era descuido, sino parte de un plan. No era una esposa infeliz; era una víctima dentro de un juego que la conduciría a la muerte, a un renacer inesperado y a una apuesta impensable con un CEO que no necesitaba ojos para ver.
La verdadera vida de Lara estaba a punto de comenzar… pero antes, debía morir.
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Capítulo 19
La tensión en el coche de vuelta de la gala era electrizante, pero fue en la mansión Kael donde la situación llegó al punto de ruptura.
Al llegar, la casa estaba extrañamente silenciosa. Mario, el mayordomo, había sido despedido o estaba ocupado en sus dependencias.
Lara vio el momento. Dorian estaba visiblemente afectado por la performance de pasión forzada; estaba fuera de su zona de confort.
"Yo te guío, Dorian," dijo Lara, usando su nombre de pila sin la frialdad profesional. Tomó su bastón y lo apoyó contra la pared.
Dorian no se resistió. El contacto físico de Lara era ahora una intoxicación que ya no podía fingir evitar. Permitió que ella tomara su brazo y lo guiara por el vestíbulo.
Mientras subían las escaleras, Lara lo observaba. La luz tenue de la lámpara de araña se reflejaba en sus gafas oscuras, pero ella podía sentir el calor irradiando de su cuerpo.
Le gustó el beso en los labios, pensó Lara, mirándolo con una mirada contradictoria de desafío y atracción.
Aquel toque había sido seguro, pero su reacción en el coche—la posesividad ardiente—la había despertado.
Al llegar a la puerta de su suite, en lugar de soltarlo, Lara se giró para encararlo. "Fuiste brillante, Dorian," susurró ella, usando su nombre como una caricia prohibida.
Antes de que él pudiera responder, o antes de que su razón pudiera intervenir, Lara se inclinó y depositó un suave beso en sus labios.
El toque fue breve, pero rompió todas las reglas no escritas.
Dorian tensó la mandíbula con tanta fuerza que un músculo saltó en su cuello. Sus labios estaban fríos por la sorpresa, y luchaba desesperadamente por mantener la inexpresividad, para no cometer la atrocidad de corresponder, lo que revelaría su secreto y anularía toda su estrategia.
"Lara, el contrato—" comenzó él, con la voz áspera.
Lara no lo dejó terminar. El desafío y la audacia se habían apoderado de ella.
Vio el temblor de control en él y supo que estaba al límite.
Con un movimiento rápido y audaz, llevó las manos a sus gafas oscuras.
"Necesito verte, Dorian," susurró ella. Y se las quitó.
El mundo de Dorian explotó. La luz tenue del pasillo inundó sus ojos, revelando el rostro de Lara a pocos centímetros del suyo. Sus ojos azul-grisáceos, intensos y perfectamente enfocados, la miraban fijamente.
Ella ya no estaba asustada, sino fascinada. La ausencia de palabras de Dorian era la admisión total de la pérdida de su autocontrol.
Ella soltó las gafas en la alfombra. El juego era suyo ahora.
Lara llevó las manos a los cierres de su vestido azul medianoche. Dio un paso hacia atrás, sin romper el contacto visual con los ojos fijos de Dorian, que no parpadeaban. Él la veía, y la veía perfectamente.
Con un suave deslizamiento de la seda, dejó el vestido caer al suelo. Estaba solo en lencería azul (de la misma tonalidad oscura del vestido), una visión audaz y prohibida.
Lara se había despojado de su escudo y de su miedo. Estaba desnuda, y Dorian, que no era ciego, estaba desnudo en su mentira.
El silencio era el único testigo. Dorian, el maestro del control, estaba paralizado.