Pamela, orgullosa y arrogante, humilla en público al señor Fitwilliam, un supuesto “hombre viejo” que resulta ser un multimillonario frío, poderoso y mucho más peligroso de lo que aparenta.
Como castigo, su padre la obliga a casarse con él.
Ahora vive atrapada en un matrimonio forzado con el hombre al que despreciaba… y al que desafía a cada instante. Pero Fitwilliam no es de los que pierden el control. Ni de los que olvidan.
Entre orgullo y poder, solo una cosa es segura: uno de los dos terminará cayendo primero.
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capitulo 9: "Marido y Mujer

La ceremonia avanzaba con todos los invitados en silencio expectante. Frente al oficiante, Pamela y Maximiliano permanecían de pie, uno al lado del otro, sin mirarse realmente.
—Si alguien tiene algo que objetar, hable ahora o calle para siempre —dijo el oficiante.
Nadie respondió.
—Muy bien… —continuó—. ¿Acepta usted, Maximiliano Santorini, a Pamela Mendoza como su esposa?
Maximiliano la miró de reojo un segundo antes de responder con calma.
—Acepto.
El oficiante asintió.
—¿Acepta usted, Pamela Mendoza, a Maximiliano Santorini como su esposo?
Pamela respiró hondo, con una ligera sonrisa irónica.
—Supongo que no tengo muchas opciones… acepto —respondió con sarcasmo.
Un leve murmullo recorrió los invitados.
—Por el poder que me ha sido conferido, los declaro marido y mujer —anunció el oficiante—. Puede besar a la novia.
Genial… me toca besar a este viejo. Ojalá no le huela la boca a cigarrillo… porque ahí sí me desmayo, pensó con ironía mientras se acercaba.
Maximiliano también pensó que, si ese beso transmitía personalidad, esperaba no contagiarse del modo capricho extremo de ella.
Se acercaron lo suficiente para cumplir con el gesto, breve y contenido. Sin embargo, en ese instante ambos sintieron una extraña incomodidad, como si el momento fuera más intenso de lo que querían admitir.
Maximiliano, acostumbrado a mantener siempre el control, notó por primera vez lo distinto que era besar a alguien más joven que él. No era solo la edad, sino la energía impulsiva de Pamela, que lo desconcertaba ligeramente.
Pamela, por su parte, sintió algo similar. Era la primera vez que besaba a un hombre mayor, alguien con una presencia firme que la hacía perder por un segundo su habitual seguridad.
Entre ambos pasó una leve corriente, difícil de ignorar, que los dejó un instante en silencio interno.
Para sorpresa de Pamela, el aliento de Maximiliano no tenía nada desagradable. No había cigarrillo, como había temido, sino un leve toque a menta que la descolocó más de lo que quería admitir.
Se separaron apenas, manteniendo la distancia mínima exigida por la ceremonia.
—Espero que no estés pensando que esto se va a repetir —murmuró Pamela con molestia, apartándose apenas.
—Tranquila, no estaba en mis planes volver a repetirlo —respondió Maximiliano con calma.
Pamela lo miró de reojo con evidente molestia, sin decir nada más. Maximiliano mantuvo la calma, como si su comentario no hubiera tenido importancia.
Poco después, el oficiante dio por concluida la ceremonia y los invitados comenzaron a acercarse para felicitarlos.
Entre flashes y murmullos, los fotógrafos capturaban el momento: Pamela y Maximiliano posaban juntos, aunque sin ocultar del todo la distancia emocional entre ambos.
—Felicidades —decían algunos invitados mientras se acercaban a saludar.
—Que sean muy felices —comentaban otros con cortesía.
Pamela respondía con una sonrisa breve y forzada, mientras Maximiliano agradecía con educación, manteniendo su postura seria.
A lo lejos, Teresa observaba la escena en silencio, con una expresión que apenas lograba disimular su incomodidad.
Horas después, cuando la ceremonia terminó, Pamela llegó a la mansión donde viviría a partir de ese momento, la misma donde ya residía Maximiliano desde antes.
Teresa los acompañó hasta la entrada. Ver a Pamela como la nueva esposa de Maximiliano no le resultó nada agradable, aunque trató de disimularlo.
En el interior, Pamela fue recibida por los trabajadores de la casa. Observaba todo con evidente desinterés, recorriendo con la mirada cada rincón con aire aburrido.
—Esta casa es tan aburrida que da sueño… —pensó con sarcasmo—, claro, si el que vive aquí es el rey del amargamiento. Ay, papá… qué me hiciste.
Teresa, que estaba allí cerca, la observaba con evidente disgusto.
Cuando Pamela giró la mirada y se encontró con sus ojos, Teresa no disimuló. Le hizo un gesto de desaprobación, frío y directo, antes de apartar la vista.
Sin decir nada más, se dio la vuelta y se alejó, dejando a Pamela sola en la sala.
Pamela la siguió con la mirada unos segundos, sin entender del todo su reacción, y luego soltó un leve gesto de indiferencia.
—¿Quién será esa mujer…? —pensó—. Qué fastidio… otra con cara de no soportar a nadie.
Los empleados continuaron con las indicaciones, mostrándole los espacios de la mansión.
Finalmente, una de las empleadas la guió hasta su habitación.
—Esta será su habitación, señora —dijo con respeto antes de retirarse.
Pamela entró lentamente y comenzó a observar el lugar.
—Qué habitación tan aburrida... y esos colores tan insípidos —murmuró con desagrado—. Si voy a vivir aquí, no se la voy a dejar fácil a ese viejo y mucho menos voy a aburrirme en esta casa.
Resopló con fastidio y llevó las manos a su vestido de novia, dispuesta a quitárselo después de aquella larga ceremonia.
En ese momento, la puerta se abrió.
Maximiliano entró en la habitación sin imaginar que Pamela aún seguía allí.
Ambos se quedaron mirándose durante unos segundos.
—¿No te enseñaron a tocar antes de entrar? —preguntó Pamela, cruzándose de brazos de inmediato.