Valeria Silva lo perdió todo a los 24: su libertad, su dignidad y 2 costillas rotas a manos de Ricardo del Valle.
Escapó con 2.7 millones robados y una promesa: nunca más.
8 años después es CEO, madre de 118 niños rescatados y el objetivo #1 de Errol Musk, el hombre que trafica con “Oro Rojo”: niños.
Cuando Errol quema sus casas y secuestra a Ana, su hija de 8 años, Valeria deja de ser CEO.
Vuelve a ser superviviente.
Junto a Gael Torres, (su primer Amor) que mató a su ex por ella, lanzan Operación Cuna: rescatar a 844 niños y enterrar a 750 monstruos.
"No dejes monstruos sobre la faz de la tierra"
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Capítulo 11 : El juramento del quirófano.
Urgencias. Hospital La Paz. 3:19 am.
El hospital huele a desinfectante y a muerte lenta.
Gael aparca en minusválidos, se baja primero, cojea, su chándal gris empapado de rojo a la altura del hombro, pero sus ojos... sus ojos son negros otra vez, de verdugo.
"Yo entro", dice. Saca el cuchillo que robó de mi cocina. "Tú quédate con las niñas."
Lo agarro de la muñeca. No.
"Esta vez no, Gael." Mi voz no tiembla, ya se me acabaron las lágrimas, "Tú me salvaste ocho años tarde, ahora me toca a mí condenarme por ti."
Le quito el cuchillo. Pesa. Pesa como todas las veces que me arrodillé por Ricardo.
Él niega. Desesperado. "Valeria, no. Tú no eres..."
"¿Un asesino?", termino por él, le toco la cara, está ardiendo de fiebre. "Tienes razón. Aún no. Pero después de esta noche, seremos iguales. Y ya no tendrás excusa para dejarme atrás."
Las niñas duermen atrás. Inocentes. Lo único limpio que nos queda.
"Si escucháis sirenas, arrancad", le tiro las llaves a Gael. "Llevadlas a la casa que mi madre tenía en Segovia. Llave bajo la maceta. No volváis por mí."
"Valeria..."
"Lo que haga mi mano derecha", le beso los nudillos reventados, saben a sangre y a juramento. "Ya lo sabe la izquierda. Y dice que sí."
Me giro. Camino hacia la luz blanca de Urgencias. Descalza. Otra vez. Como empecé con Ricardo. Como acabaré con él.
Dentro. Caos. Gente tosiendo. Un borracho gritando. Nadie mira, todos están concentrados en sus dolores y sus penas
Pregunto en el mostrador, pongo mi mejor cara de esposa preocupada.
"Ricardo del Valle. Lo trajo la policía. ¿Dónde está?"
La enfermera ni levanta la vista. "Box 7. Custodia policial fuera. Solo familia."
Familia. Casi me río.
Camino. Pasillo. Tic. Tic. Tic. Mis pies descalzos contra el suelo helado.
Box 7. Dos policías en la puerta. Café. Aburridos. Piensan que el peligro pasó.
Me acerco. Ojos llorosos. Actriz. CEO. Mentirosa. Asesina.
"Agentes... soy... soy Valeria. Su... su prometida", me rompo a mitad. Es verdad. Lo fui. En el infierno. "Necesito verlo. Decirle que lo perdono antes de... antes de la operación."
Se miran. Dudan. Soy una víctima. Tengo moratones. Voy descalza. Huelo a miedo.
Uno suspira. "2 minutos. Sin tocarlo. Gritenos si hace falta."
Asiente. Corren la cortina.
Y ahí está.
Ricardo. En una camilla, cable en el pecho. Pip. Pip. Pip. Cabestrillo, cara morada, vivo, por poco tiempo.
Abre los ojos, me ve, sonríe. El hijo de puta sonríe.
"Sabía que vendrías", susurra. La voz rasposa. "Siempre vuelves, criada. Siempre te arrastras."
Cierro la cortina detrás de mí. Ssssss.
Los policías están fuera. A dos metros. Pero yo estoy dentro. Con él.
"Vine a decirte algo, Ricardo", me acerco. Huele a sangre y a colonia cara. Huele a mi pasado.
"¿Que me amas? ¿Que sin mí no eres nada?", se ríe. Tose. Sangre. "Dilo. Como antes."
Niego con mi cabeza, saco el cuchillo, lo escondo detrás del muslo. **El filo refleja la luz del *pip. pip. pip.***
"No." Me inclino sobre su oído, para que solo él me escuche, para que se lleve mi voz al infierno.
"Vine a decirte que Gael no te mató en el ático."
Él se congela.
"Me pidió que lo hiciera yo" "Porque dice que me debes ocho años, y que la deuda se paga con sangre."
Los ojos se le abren. Terror. Puro. Real. Por primera vez veo el terror en sus ojos.
"Valeria... no... podemos hablar... tengo dinero..."
"Lo sé", le pongo la mano buena sobre la boca mano izquierda, la que ahora sabe, la cómplice, "Pero esto lo hago gratis."
Pip. Pip. Pip.
Levanto el cuchillo, me tiembla. Dios, me tiembla.
Pienso en mi madre en quimio, pienso en mis rodillas sangrando por fregar su casa,.pienso en Gael descalzo en la basura, pienso en Ana y Sofía en el coche.
Pienso en "Lo que haga tu mano derecha".
Y dejo caer la mano derecha.
Shhhhk.
No grita. No puede. Un corté limpio, al cuello Rápido. Como me enseñó Gael en el almacén sin decirme nada.
Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiii.
La máquina. Línea plana.
Sangre, mucha, sangre,. En mis manos. En mi ropa, en mi alma.
Lo miro a los ojos, se apagan, y por fin, no veo a mi dueño, veo un cadáver.
Guardo el cuchillo, sin ruido, casi no puedo respirar.
Salgo del box. Caminando. Descalza. Calmada.
Los policías se giran. "¿Señorita? ¿Todo bien? Su tiempo..."
Miro la máquina por encima del hombro. Piiiiiiiiiiiii.
"Creo", digo. Y mi voz suena vacía. Porque lo estoy. "Creo que mi prometido acaba de morir."
Gritos. Caos. Corren dentro. "¡CÓDIGO AZUL! ¡CÓDIGO AZUL!"
Yo camino. Paso a paso, hacia la salida, hacia el aparcamiento.
Gael está en el coche, con las niñas, motor encendido, me vio salir. Vio mi cara.
No pregunta. Abre la puerta del copiloto.
Me subo. Cierro. Click.
Me mira las manos. Rojas. Completas.
"¿Hecho?", su voz es un hilo.
Asiento con la cabeza, una vez, no puedo hablar, si hablo, vomito, si vomito, me quiebro.
Él no dice nada, no me juzga, no me abraza, no hace falta.
Arranca, despacio, salimos del aparcamiento del hospital como dos fantasmas.
A los 5 minutos, le digo que pare, abro la puerta, vomito, bilis, miedo, 8 años.
Gael baja me sujeta el pelo, en silencio, como en el puerto, como siempre.
Cuando acabo, me limpia la boca con su manga ensangrentada, su sangre y la de Ricardo, ahora mezcladas en mí.
"Ya somos iguales, Valeria", susurra.
Lo miro. Y por primera vez desde los 21, sonrío de verdad. Rota. Manchada. Libre.
"No, Gael", le agarro la cara. Mano derecha. Mano izquierda. Las dos asesinas.
"Ahora tú eres el bueno de los dos."
Él apoya su frente en la mía. Y llora. El templario llora, por mí, por él, por lo que acabamos de perder para siempre. "Ahora nos buscan"
Atrás, Sofía se despierta. Nos mira. A los dos. Cubiertos de sangre. Llorando.
Y dice con su voz de 13 años:
"¿Ya somos una familia?"