Elena siempre fue la "omisión" de la manada Luna Plateada: huérfana, supuestamente humana y relegada a las tareas de limpieza. Todo cambia la noche del baile de emparejamiento, cuando Derek Blackwood, el despiadado y temido Alpha Supremo de la manada Sangre de Hierro, irrumpe en el territorio. El aroma a bosque húmedo y tormenta lo cambia todo. Él es su alma gemela, pero el destino oculta un secreto: Elena no es humana, y su sangre despierta un poder que podría destruir a todos los Alphas del continente.
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Capítulo 7: El desfiladero de las lágrimas
El estrépito de miles de armaduras de hierro y el rugido sordo de los lobos de guerra hacían temblar las paredes de piedra del Desfiladero de las Lágrimas, el único paso natural que conectaba las tierras del norte con el Valle de los Proscritos. El ejército unificado de las Cinco Manadas avanzaba como una marea de acero y pelaje oscuro, una demostración de fuerza bruta que el continente no había visto en generaciones. Banderas con emblemas de lobos rampantes, colmillos ensangrentados y lunas menguantes ondeaban bajo un cielo extrañamente plomizo, densamente cargado de nubes grises que amenazaban con descargar una tormenta inusual.
En la retaguardia de la vanguardia, montado en su semental negro, Derek Blackwood lideraba la marcha. Sin embargo, la imponente armadura que vestía apenas lograba disimular el temblor de sus manos. Su respiración era errática; un hilo de vapor blanquecino escapaba de sus labios con cada exhalación, y bajo su jubón de cuero, la marca del rechazo se sentía como si un témpano de hielo babilónico estuviera atravesando su corazón. Su lobo interno yacía en un silencio sepulcral, debilitado por la proximidad del aroma de Elena, que flotaba en el viento como una advertencia silenciosa.
—Supremo, los rastreadores no detectan centinelas en las alturas —informó Silas, el Alpha del Oeste, cabalgando a su lado con impaciencia—. Esos malditos rogues deben estar escondidos en sus cuevas, temblando ante el tamaño de nuestro contingente. Esto será una carnicería rápida.
—No te confíes, Silas —siseó Derek, y el esfuerzo por hablar hizo que una punzada de dolor le recorriera el pecho—. Ella no es una rogue. No cometas el mismo error de juicio que nos trajo hasta aquí.
Antes de que el Alpha del Oeste pudiera replicar, un sonido agudo y cristalino, similar al quiebre de un millar de espejos perfectos, resonó desde las alturas del desfiladero. La marea de soldados se detuvo en seco. Los sabuesos de guerra en la primera línea comenzaron a gemir, clavando sus garras en la tierra reseca y negándose a avanzar un solo paso más.
En la cima de la cresta rocosa, recortada contra el cielo plomizo, apareció la silueta de Elena. Vestía su túnica de seda blanca que flotaba al viento, salpicada de hilos plateados que imitaban las constelaciones del firmamento. Sus ojos de azul eléctrico brillaban con una intensidad cósmica que humillaba la escasa luz del día. A su lado, los tres primeros parias marcados con las runas celestiales permanecían en posición de guardia, con sus pelajes destellando con reflejos de escarcha.
—¡Ahí está la sirvienta! —bramó el general de la manada Sangre de Hierro, alzando su espada—. ¡Arqueros, apunten!
—Detengan su marcha, hombres de barro y ceniza —la voz de Elena no fue un grito, sino una reverberación polifónica y antigua que se filtró directamente en los cráneos de los miles de soldados, anulando instantáneamente los comandos de sus Alphas—. Este desfiladero es el límite de su tiranía. Den la vuelta y conserven sus vidas, o dejen que la tierra dicte su juicio—.
—¡No le teman a una humana con trucos de circo! —rugió Silas, desenvainando su hacha de combate y activando su Voz de Alpha para romper el trance de sus hombres—. ¡Adelante! ¡Traigan la cabeza de esa impostora en una bandeja de plata!
El ejército unificado desató un grito de guerra salvaje y se lanzó a la carga, rompiendo la formación para correr pasaje abajo. Miles de garras y botas pesadas golpearon el suelo del desfiladero con la intención de aplastar cualquier resistencia.
Elena observó la marea humana y licántropa con una mezcla de lástima y fría determinación. No alteró su postura. Lentamente, alzó su mano derecha hacia el cielo y luego, con un movimiento fluido y descendiente, golpeó el aire en dirección al suelo.
Las marcas rúnicas de un azul brillante que decoraban los pilares de piedra del desfiladero se encendieron al unísono.
La tierra bajo los pies de los invasores no se abrió; se congeló de forma instantánea. Una capa de hielo místico, liso como el cristal y duro como el diamante, cubrió el suelo del desfiladero en un radio de un kilómetro. La inercia de la carga se convirtió en su peor enemiga: los lobos de guerra resbalaron masivamente, chocando unos contra otros en un caos de armaduras abolladas, huesos rotos y gritos de dolor. Los caballos de la caballería cayeron de costado, incapaces de mantener el equilibrio sobre la superficie resplandeciente.
Pero la verdadera trampa celestial apenas comenzaba. De las paredes de piedra del desfiladero, guiadas por la voluntad de Elena, brotaron miles de estalagmitas y lanzas de hielo afiladas que crecieron a una velocidad aterradora, bloqueando los caminos de evacuación y atrapando a los contingentes en celdas elementales perfectas. No era un ataque sangriento destinado al exterminio; era una exhibición de control absoluto que anulaba la fuerza bruta de las manadas sin necesidad de entablar combate cuerpo a cuerpo.
Derek, atrapado a mitad del desfiladero, desmontó a duras penas de su caballo antes de que el animal cayera. Utilizando su espada de acero negro para apoyarse en el hielo, alzó la mirada hacia la cima de la colina. El dolor en su pecho era insoportable; cada runa que Elena activaba se sentía como un clavo de escarcha clavado en su propia alma licántropa, un recordatorio de que el poder que lo estaba humillando era el mismo que él había despreciado.
Silas, enfurecido y transformado a medias en una bestia salvaje, intentó saltar hacia una de las plataformas de piedra para alcanzar a Elena, pero uno de los parias rúnicos interceptó su trayectoria en el aire. El lobo desterrado, imbuido de la fuerza del invierno, golpeó al Alpha del Oeste con una onda de choque gélida que lo derribó contra el hielo, dejándolo de rodillas y temblando de un frío que ninguna piel licántropa podía resistir.
Elena descendió flotando suavemente desde la cresta, deteniéndose a unos metros de las líneas delanteras del ejército atrapado. El hielo se abría a su paso, respetando su figura real. Sus ojos azules se clavaron en el pálido y debilitado rostro del Alpha Supremo.
—Tu Consejo de las Cinco Manadas ha caído antes de tocar las fronteras de mi santuario, Derek —sentenció Elena, y el frío del ambiente pareció intensificarse con sus palabras—. Tu orgullo te trajo aquí a cazar a una sirvienta, pero solo has encontrado el invierno de tus propios pecados. Retira tus tropas marchitas, o deja que el hielo las convierta en estatuas del olvido—.
Derek apretó los dientes con tanta fuerza que la sangre corrió por su mentón. Miró a su alrededor: su ejército unificado, la fuerza militar más grande del continente, estaba completamente inmovilizado, temblando de pavor y frío ante una sola mujer. Su imperio no había sido derrotado por espadas; había sido juzgado por una reina.