Valentina fue comprada a los seis anos por el hombre que la crio. A los dieciocho, un magnate mafioso la reclama como suya. Atrapada entre su tutor obsesivo y un multimillonario que le compra islas y le destroza enemigos, descubre que su propio cuerpo esconde un secreto por el que matarian. ?Escapara... o elegira al hombre equivocado?
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Capítulo 14
Capítulo 14: Cicatriz
El callejón olía a fruta podrida y a aceite de motor.
Valentina caminaba un paso detrás de Sasha, con la bolsa del mandado contra el pecho y el broche de mariposa guardado en el bolsillo interior de su chamarra, envuelto en un pedazo de tela. Podía sentir su peso diminuto contra las costillas, como un segundo corazón latiendo donde no debía.
El mercado ya había cerrado. Los puestos de lona estaban amarrados con lazos de plástico y las luces de la calle parpadeaban con esa cadencia rota que tenían todas las farolas de la Zona Este: encendidas, apagadas, encendidas. Como si la ciudad misma no pudiera decidir si quería ver lo que pasaba en sus esquinas.
—Por aquí es más corto —dijo Sasha, girando hacia la izquierda.
Valentina la siguió sin preguntar. Confiaba en ella. Eso era nuevo: confiar en alguien que Nicolás había puesto ahí para vigilarla.
Fue entonces cuando lo vio.
Salió de entre dos contenedores de basura como si hubiera estado esperando exactamente ese momento. Alto, delgado, con una chamarra negra abierta sobre una camiseta oscura. La cicatriz le cruzaba la mejilla izquierda desde el pómulo hasta la comisura del labio, gruesa y blanquecina, como si alguien le hubiera dibujado una sonrisa permanente con un cuchillo.
Valentina se detuvo. Las piernas se le trabaron antes de que el cerebro procesara la orden.
"Es él. El de la calle. El que nos estaba viendo."
—Buenas noches —dijo Cicatriz. Su voz era tranquila, casi amable. Lo cual era peor que un grito—. Qué casualidad encontrármelas por aquí.
Sasha se puso delante de Valentina con un movimiento fluido, natural, como quien cambia de lugar en una mesa. Pero sus hombros se cuadraron y su mano derecha bajó al costado, lista.
—No es casualidad —dijo Sasha—. ¿Qué quieres?
Cicatriz la miró como quien mira un mueble que estorba.
—No es contigo, muñeca. Es con ella.
Señaló a Valentina con la barbilla.
—¿Quién eres? —preguntó Valentina. Le salió la voz entera. Se sorprendió de eso.
—Eso no importa. Lo que importa es para quién trabajas.
—No trabajo para nadie.
—No, no. —Cicatriz dio un paso más cerca. El farol parpadeó y su cicatriz se volvió una sombra profunda, luego una línea blanca, luego sombra otra vez—. Lo que quiero saber es quién te manda regalitos al mercado. Quién paga brochesitos de plata para la niña bonita del Padrino.
El estómago de Valentina se encogió. Un frío líquido le bajó por la columna.
"Sabe del broche. Nos vio."
—No sé de qué hablas —dijo. La mentira le raspó la garganta como vidrio.
Cicatriz se rio. Una risa corta, seca, sin humor.
—Mira, niña. Tu tío Nicolás le debe dinero a gente seria. A Joaquín. ¿Sabes quién es Joaquín? ¿El Agua?
Valentina no respondió. Pero algo en su silencio debió responder por ella, porque Cicatriz asintió despacio, como un maestro satisfecho con una alumna lenta.
—Ferrera le debe a Los Jaguares una cantidad que no se paga con excusas ni con fiestas bonitas. Y resulta que hay alguien nuevo rondando sus cosas. Alguien que manda flores y joyería. —Se inclinó hacia adelante. Su aliento olía a tabaco y a menta barata—. Y Joaquín quiere saber quién es. Porque si alguien más tiene interés en la mercancía de Ferrera, eso cambia los números.
"Mercancía."
La palabra le cayó como una bofetada.
—Yo no soy mercancía de nadie —dijo Valentina.
—Eso díselo a tu tío. Él fue el que puso precio.
Sasha se movió.
—Ya estuvo. Nos vamos.
Cicatriz la agarró del brazo. Rápido, brutal, sin aviso. La jaló hacia un lado con una fuerza que no correspondía a su cuerpo delgado y Sasha se estrelló contra la pared del callejón. El golpe fue seco. El cráneo contra el ladrillo. Un sonido que Valentina iba a recordar durante semanas.
Sasha se deslizó medio metro por la pared y se quedó de rodillas, con la mano en la sien. No gritó. No lloró. Pero cuando levantó la cara, tenía sangre entre los dedos.
—¡Sasha!
Valentina se lanzó hacia ella pero Cicatriz la tomó de la muñeca y la giró. Su agarre era duro, profesional. La sostuvo como quien sostiene a un animal que intenta huir.
—Pregunto una vez más. ¿Quién manda los regalos?
—Suéltame.
—Quién.
—No lo sé. —El corazón le golpeaba el pecho con tanta fuerza que las palabras le temblaban—. Llegaron sin remitente. No lo sé.
Cicatriz la observó. Sus ojos eran pequeños, oscuros, calculadores. La clase de ojos que no buscan la verdad sino la grieta por donde sacarla.
—Está bien —dijo—. Le voy a decir a Joaquín que la niña del Padrino no sabe nada. A ver si eso le parece suficiente.
La soltó. Valentina dio dos pasos atrás y casi se cayó. Las rodillas no le respondían bien.
Fue entonces cuando escuchó la segunda voz.
—Yo no haría eso.
Tranquila. Controlada. Con el peso de alguien acostumbrado a que sus palabras no necesitaran repetirse.
Un hombre salió de la esquina del callejón. No de las sombras, no de un escondite. Venía caminando por la calle como si estuviera dando un paseo. Mediana estatura, complexión sólida, cabello corto y barba de tres días. Vestía una chamarra de piel oscura y las manos le colgaban a los costados con una calma que Valentina reconoció de inmediato: la misma calma que tenía Damián cuando controlaba una situación sin levantar la voz.
Cicatriz lo miró. Y algo cambió en su cara. No fue miedo exactamente. Fue reconocimiento.
—Sabueso —dijo.
—Cicatriz. —El hombre asintió una vez, como quien saluda a un conocido en un funeral—. Dime una cosa. ¿Joaquín sabe que estás aquí molestando a esta señorita, o es iniciativa tuya?
Cicatriz no respondió de inmediato. Eso fue respuesta suficiente.
—Porque si Joaquín lo sabe —continuó Rafael, dando un paso más hacia el centro del callejón—, entonces tenemos un problema entre organizaciones, y eso se resuelve arriba. No en un callejón. No con mujeres. Y si no lo sabe... entonces tú tienes un problema conmigo.
Su tono no subió. No bajó. Era una línea recta de acero inoxidable.
—Ella está bajo protección —dijo Rafael. No especificó de quién. No hizo falta—. Si la vuelves a tocar, si te acercas a menos de dos cuadras de donde ella esté, lo que te hicieron en la cara va a parecer un rasguño.
Cicatriz apretó la mandíbula. La cicatriz se tensó con el movimiento, como una cuerda a punto de romperse.
—Dile a tu jefe que Joaquín va a querer respuestas —dijo.
—Joaquín puede buscarme cuando quiera. Sabe dónde encontrarme.
Un segundo. Dos. Tres.
Cicatriz escupió al suelo, se dio la vuelta y caminó hacia el fondo del callejón. No corrió. Pero tampoco se detuvo. Desapareció entre los contenedores por donde había llegado, y el silencio que dejó fue más pesado que su presencia.
Valentina respiró. No se había dado cuenta de que había dejado de hacerlo.
Se arrodilló junto a Sasha. La sangre de la sien ya le bajaba por el cuello, pero Sasha la detuvo con la palma.
—Estoy bien —dijo Sasha con los dientes apretados—. Es superficial. Parece peor de lo que es.
—Necesitas que te limpien eso.
—Necesito que nos vayamos de aquí.
Rafael se acercó. No las tocó. Sacó un pañuelo del bolsillo interior de la chamarra y se lo ofreció a Sasha con un gesto breve, sin comentarios.
—Puedo llevarlas —dijo—. Tengo el auto a media cuadra.
—¿Quién eres? —preguntó Valentina.
Lo sabía ya, en algún lugar profundo donde la intuición conectaba puntos que la razón todavía no alcanzaba. Pero necesitaba escucharlo.
—Rafael Navarro. —La miró con ojos directos, sin evasión—. Con permiso, señorita Solís. No hay tiempo para presentaciones formales. La acompaño al auto y de ahí cada quien a su casa.
Caminaron en silencio. Sasha apretaba el pañuelo contra la sien. Valentina cargaba la bolsa del mandado con las manos que no dejaban de temblar. Rafael caminaba un paso atrás y a la derecha, cubriendo el ángulo ciego del callejón hasta que salieron a la calle principal.
El auto era un sedán negro, sin placas visibles, con los vidrios polarizados. Común. Invisible. El tipo de auto que se estaciona en cualquier calle y nadie recuerda.
Rafael les abrió la puerta trasera. Sasha entró primero. Valentina estaba a punto de seguirla cuando se detuvo.
—¿Nicolás tiene una deuda con Los Jaguares? —preguntó.
Rafael la miró un momento. Su expresión no cambió, pero algo en sus ojos se suavizó. Como si la pregunta le confirmara algo que ya sabía.
—No soy la persona indicada para responder eso —dijo—. Pero le sugiero que tenga cuidado con las deudas que le cuentan y con las que le esconden.
Valentina subió al auto.
El trayecto fue corto. Diez minutos hasta la esquina más cercana a la casa de Nicolás que fuera segura para bajar sin levantar sospechas. Rafael no encendió la radio. No habló. Condujo con la precisión silenciosa de alguien que conocía cada calle, cada esquina, cada cámara.
Cuando se detuvieron, Sasha bajó primero con el pañuelo ya oscurecido. Valentina la siguió, pero antes de cerrar la puerta, Rafael habló.
—Señorita Solís.
Valentina se giró.
Él le extendió una tarjeta. Blanca, sin logotipo, con un solo número de teléfono.
—El jefe lleva semanas vigilando que nadie la toque. —Su voz era neutra, casi plana. Como quien lee un parte meteorológico—. Debería darle las gracias alguna vez.
Valentina tomó la tarjeta. La apretó entre los dedos hasta que los bordes le marcaron la piel.
No supo qué responder.
Rafael arrancó sin esperar respuesta. Las luces traseras del sedán se perdieron al final de la calle y la noche se cerró sobre ellas como una boca.
Valentina miró a Sasha. Sasha la miró a ella.
Ninguna dijo nada.
Caminaron hacia la casa en silencio, con la sangre secándose en la piel de Sasha y la tarjeta quemándole los dedos a Valentina, y la certeza de que el mundo en el que vivían era mucho más grande y mucho más peligroso de lo que cualquiera de las dos había imaginado.
El si la compro, para estar esos días con ella😑
Xq el banana de Damián no hace nada?