Yael Yúnez tiene veinte años, cabello plateado, y un secreto que lo mantiene caminando en la cuerda floja: a los dieciocho se casó con su "hermano mayor", León Luján — el heredero que abandonó una fortuna familiar para estar con él.
Ahora León es el CEO de LX Capital, la firma de inversiones más temida de Ciudad del Valle. También es el nuevo patrono de UniValle, la universidad donde Yael estudia artes. Nadie sabe que el empresario de mirada glacial llega cada noche a casa a cocinarle pasta a un chico de pelo plateado que le pone apodos ridículos en WhatsApp.
Pero los secretos no duran para siempre.
Cuando una foto se viraliza, cuando los empleados de LX empiezan a murmurar sobre "la pareja del jefe", y cuando un hombre del pasado de León aparece con una obsesión peligrosa por Yael... el matrimonio oculto empieza a resquebrajarse.
Gonzalo Luján — hermanastro de León, vicepresidente del imperio que León rechazó — lleva años observando a Yael en silencio. Y ahora está decidido a tomar todo lo que León tiene: su empresa, su posición... y su esposo.
"Quiero que te divorcies de él."
"Señor Luján, la clínica psiquiátrica queda a dos cuadras. Todavía hay camas disponibles."
En medio del caos, Yael descubrirá la verdad que León siempre le ocultó: por qué se fue dos años, por qué nunca volvió a su familia, y qué fue exactamente lo que sacrificó — todo por un chico que ni siquiera sabía lo amado que era.
Contenido:
🔥 CEO posesivo que se derrite solo por su esposo
💍 Matrimonio secreto (¡ya están casados desde el capítulo 1!)
😭 "Te hago llorar pero después te consiento"
⚡ Villano obsesivo + drama familiar + plot twists
💕 Tres parejas, todas adorables
🌶️ Escenas subidas de tono (con mucho amor)
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Capítulo 24
Capítulo 24
Esa empresa
—No te invité solo por la campaña, Fé.
Félix escuchó la frase y, por un momento, lo único que pudo hacer fue mirar la mano de Hugo sobre la carpeta.
No lo tocaba.
Eso era lo que más lo desarmaba. Hugo tenía la fuerza suficiente para llenar el espacio con su presencia, para empujar una conversación sin levantar la voz, para hacer que medio mundo le obedeciera con una sonrisa. Pero ahí, frente a él, se mantenía al borde. Cerca. Esperando.
Félix pasó la yema del pulgar por la esquina de su libreta.
—¿Entonces por qué?
Hugo no sonrió de inmediato.
—Porque quería verte sin tener a Yael a medio metro fingiendo que no nos mira. Porque quería hablar contigo de algo que fuera tuyo, no de mi hermano, no de mi familia, no de un favor. Y porque, si me dices que no, prefiero escucharlo de frente.
El pecho de Félix se apretó con una mezcla de susto y alivio.
—No te he dicho que no.
—Lo sé.
—Tampoco te he dicho que sí.
—También lo sé.
Félix soltó una risa bajita. El miedo seguía ahí, pero ya no le mordía igual.
—Eres muy tranquilo para alguien que acaba de confesar algo así.
—No estoy tranquilo.
Hugo levantó la taza. La sostuvo dos segundos antes de darse cuenta de que ya estaba vacía.
Félix miró el gesto y la risa le salió más limpia.
—Ah.
—No abuses.
—No dije nada.
—Lo pensaste con mucha claridad.
Félix bajó la mirada a sus bocetos. Los dedos le temblaban menos.
—Me da miedo.
La respuesta de Hugo fue inmediata:
—¿Yo?
—No. Bueno... un poco. Eres enorme.
—Mido lo normal.
—Mides como alguien que puede discutir con una señora en una carne asada y ganar.
Hugo se llevó una mano al pecho, ofendido.
—Eso fue un halago muy específico.
—Era una advertencia.
—La acepto.
Félix respiró hondo. Al otro lado del vidrio, la tarde caía sobre la calle y la gente seguía entrando y saliendo del café con bolsas de pan, vasos fríos, conversaciones pequeñas. Nadie sabía que una frase le estaba cambiando la semana completa.
—Me da miedo que esto se vuelva incómodo para Yael —dijo por fin—. O para mí. O para ti. Tu familia es... mucha familia.
Hugo asintió con seriedad.
—Mi familia es un temblor con calendario propio.
—Exacto.
—Pero no voy a usarlos para presionarte. Ni a Yael, ni a mis papás, ni a nadie. Lo que yo quiero preguntarte es simple.
Félix tragó saliva.
—Pregunta.
Hugo apoyó por fin dos dedos sobre la mesa, junto a la mano de Félix. La distancia era mínima, una línea de aire.
—¿Me dejarías invitarte a salir? No como campaña, no como contrato, no como hermano de Yael. Una cita de verdad.
Félix miró esos dedos. Después miró a Hugo.
Tres años de esconderse detrás de una libreta no lo habían preparado para que el hombre del que había hecho bocetos en silencio le pidiera una cita con esa calma peligrosa.
—Sí —dijo.
Hugo se quedó inmóvil.
—¿Sí?
—Sí. Pero despacio.
—Despacio.
—Y sin anuncios familiares.
—Sin anuncios familiares.
—Y si Yael grita, tú lo controlas.
Hugo soltó una carcajada que hizo voltear a dos mesas.
—Fé, nadie controla a Yael. Ni León, y ese hombre administra capitales como si fueran piezas de ajedrez.
Félix intentó no sonreír. Falló.
El celular vibró otra vez. Esta vez era un mensaje de Quique:
"Último aviso. Si no respondes, Luca entra con una excusa estúpida."
Debajo, Luca escribió:
"No será estúpida. Diré que perdí un riñón."
Félix le mostró la pantalla a Hugo.
Hugo tomó una servilleta, pidió una pluma al mesero y escribió con letra firme:
"Félix está bien. Luca, si perdiste un riñón, llama a Héctor. Hugo."
Félix le tomó foto y la mandó al chat.
La respuesta de Yael llegó primero:
"¿HUGO TE ESCRIBIÓ EN SERVILLETA? qué romántico de señor."
Luca:
"Me ofende que no se preocupe por mi riñón."
Quique:
"Sigo vigilando."
Hugo negó con la cabeza, pero estaba sonriendo.
—Tienes un club de protección.
—Y tú quieres entrar voluntariamente en ese desastre.
—Sí.
Félix sintió que esa palabra le calentaba el pecho más que el café.
***
Cuando Yael llegó a la residencia Luján esa noche, entró con la energía de alguien que traía una noticia prohibida atorada en la lengua.
León estaba en la sala, sentado con la laptop sobre la mesa baja y Tonto dormido sobre sus zapatos como si hubiera sido abandonado durante diez años. No traía saco. La camisa blanca estaba abierta en el cuello y las mangas dobladas; eso significaba que había dejado el modo CEO en la entrada, pero no el cansancio.
Yael se quitó la mochila y caminó directo hacia él.
—Tengo información.
León alzó la vista.
—Buenas noches, mi cielo.
Yael se detuvo, regresó dos pasos y le dio un beso rápido en la mejilla.
—Buenas noches. Tengo información.
—Eso sonó menos como saludo y más como amenaza.
—Depende de si consideras a mi hermano coqueteando con mi amigo una amenaza.
León cerró la laptop con calma.
—¿Hugo y Félix?
Yael abrió la boca.
—¿Tú sabías?
—No.
—Lo dijiste demasiado tranquilo.
—Hugo es Yúnez. Félix se pone rojo cada vez que alguien lo menciona. No era una ecuación difícil.
Yael se dejó caer a su lado.
—Me siento traicionado por tu inteligencia.
León le rodeó la cintura y lo acomodó más cerca.
—Yo me siento traicionado cada vez que tu familia produce otro problema romántico.
—Oye. Mi familia produce amor.
—Produce ruido.
Tonto levantó la cabeza, bostezó y volvió a dejarla sobre el zapato de León.
Yael sacó el celular.
—Félix dijo que sí a una cita. Despacio. Sin anuncios. Lo cual significa que tengo que fingir que no sé nada.
—No vas a poder.
—Voy a poder.
León lo miró.
Yael sostuvo la mirada tres segundos.
—Bueno, tal vez no.
León le besó la sien.
—Haz el intento por Félix.
El gesto, pequeño y tibio, le bajó a Yael la euforia. Se recargó en el pecho de León y dejó el celular sobre su propio muslo. La sala olía a café recién hecho y a detergente limpio. Doña Lidia había dejado una cobija doblada en el respaldo del sillón, como si supiera que Yael siempre terminaba hecho bolita ahí.
—Hoy no hubo tantos comentarios de la foto —dijo Yael, más bajo.
León movió los dedos sobre su cintura.
—El post oficial hizo su trabajo.
—Quique se sentó conmigo.
—Lo sé.
Yael levantó la cabeza.
—¿Lo sabes porque me estás vigilando?
—Lo sé porque me mandaste una foto de la bolsa de pan dulce con el texto: "El guardia volvió a su puesto".
—Ah. Cierto.
León casi sonrió.
—¿Cómo te sientes?
Yael miró la cadena bajo su playera. No sacó el anillo, pero lo tocó por encima de la tela.
—Menos asustado. No libre todavía, pero menos asustado.
León le tomó la mano.
—Vamos a ir poco a poco.
—¿Y si vuelve a explotar?
—Entonces lo resolvemos.
La certeza en su voz era tan simple que dolía un poco. Yael se inclinó y le dio un beso en la boca, suave, agradecido. León lo recibió sin prisa, con una mano en su nuca y otra todavía sobre su cintura.
El celular de León sonó sobre la mesa.
Yael no se separó al primer tono.
León tampoco.
Al segundo, León abrió los ojos.
El nombre en la pantalla no le cambió la postura, pero sí la temperatura. La mano que estaba en la cintura de Yael se quedó quieta.
—¿Trabajo? —murmuró Yael.
León tomó el celular.
—Simón.
Contestó sin levantarse.
—Dime.
Yael seguía cerca, lo suficiente para sentir cómo el cuerpo de León se endurecía. No oyó todo lo que Simón decía al otro lado, solo fragmentos: propuesta, socio, condiciones, contacto indirecto.
La mirada de León perdió el calor doméstico.
—No.
La palabra cayó seca.
Yael se incorporó despacio.
León escuchó unos segundos más. Después se puso de pie, no para alejar a Yael, sino porque algo en él había cambiado de espacio. Ya no era el esposo que besaba en el sillón. Era el hombre que podía cerrar una sala entera con una sola mirada.
—Diles que no voy a negociar con esa empresa.
Colgó.
Yael se levantó también.
—¿Qué empresa?
León lo miró. La frialdad no era para él, pero igual le rozó la piel.
León guardó el celular en el bolsillo y le acarició la mejilla con el pulgar.
—Nada por lo que tengas que preocuparte, mi cielo.