—¿Si pudieras volver atrás... te enamorarías otra vez de mí? —le pregunté.
Dante no respondió enseguida.
Solo me miró con esa calma que siempre lograba desarmarme.
—La verdadera pregunta, Valeria... es si tú volverías a alejarte de mí.
No contesté.
Porque los dos conocíamos la respuesta.
Mi nombre es Valeria.
Durante mucho tiempo creí que las historias de amor estaban hechas para mujeres distintas a mí. Mujeres bonitas. Seguras de sí mismas. Mujeres que no tenían que vender su cuerpo para pagar el alquiler de un pequeño apartamento en Nueva York.
Entonces apareció Dante De Luca.
Un hombre del que todos hablaban, pero al que muy pocos conocían de verdad.
Yo pensaba que él sería el mayor problema de mi vida.
Qué equivocada estaba.
Porque enamorarme de Dante fue fácil.
Lo difícil fue sobrevivir a todo lo que llegó después.
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Capítulo 14 : El precio de la dignidad
...VALERIA...
Mi madre solía decir que la necesidad era peligrosa. No porque volviera malas a las personas, sino porque, cuando el hambre apretaba demasiado, era fácil convencerlas de que cualquier decisión tenía un precio. Nunca entendí del todo sus palabras. Era niña cuando la escuchaba repetirlas mientras contaba las monedas sobre la mesa de la cocina, convencida de que siempre encontraría la manera de salir adelante sin vender aquello que realmente importaba. Con los años comprendí que no hablaba del dinero. Hablaba del alma.
Aquella noche llamaron a la puerta del camerino.
—Valeria.
Levanté la cabeza. Era Nora. Su expresión seguía siendo tranquila, aunque había algo en sus ojos que me hizo incorporarme de inmediato.
—¿Puedes venir un momento a mi oficina?
Asentí sin hacer preguntas y la seguí por el pasillo. Una vez dentro, cerró la puerta y se apoyó sobre el escritorio antes de mirarme fijamente.
—Uno de los empresarios que estuvo aquí hace unos días quiere hablar contigo unos minutos.
Fruncí el ceño.
—¿Conmigo?
—Dice que quiere agradecerte la atención que recibió en el club. No pidió ningún servicio, solo una conversación.
Algo no encajaba.
Nadie pedía hablar conmigo.
Mucho menos un empresario.
—¿Pasa algo?
Nora negó lentamente.
—No lo sé. Pero la conversación será en la sala privada junto a mi oficina. La puerta permanecerá entreabierta y los guardias estarán en el pasillo. Si en algún momento te sientes incómoda, sales inmediatamente.
Asentí.
—Está bien.
Antes de que pudiera dar un paso hacia la puerta, volvió a hablar.
—Y recuerda algo, Valeria... no le debes nada a nadie.
Respiré hondo y entré en la pequeña sala.
El hombre ya estaba allí.
Debía rondar los cincuenta años. Vestía un traje impecable, un reloj demasiado costoso y sonreía con esa amabilidad perfectamente ensayada de quienes están acostumbrados a conseguir todo lo que desean.
—Buenas noches.
—Buenas noches, Valeria. Toma asiento.
Lo hice únicamente por educación.
Durante los primeros minutos hablamos de asuntos sin importancia. Me preguntó cuánto tiempo llevaba trabajando allí, si vivía sola y si todavía tenía familia. Respondí solo lo necesario. Cuanto más avanzaba la conversación, más incómoda me sentía.
Entonces sonrió.
—Debes escuchar conversaciones muy interesantes trabajando en un lugar como este.
Negué con tranquilidad.
—No presto atención a las conversaciones de los clientes.
Apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó las manos.
—Precisamente por eso pensé en ti.
Sacó un sobre color crema del bolsillo interno de la chaqueta y lo dejó frente a mí.
No hice el menor intento por tocarlo.
—¿Qué es eso?
—Una ayuda.
Su voz descendió hasta convertirse casi en un susurro.
—Solo necesito que, si alguna vez escuchas algo importante, me lo hagas saber. Nada complicado. Nadie tiene por qué enterarse.
Miré el sobre.
No hacía falta abrirlo para saber que estaba lleno de dinero.
Durante un instante pensé en el alquiler que debía pagar la semana siguiente. Pensé en las cuentas acumuladas, en el tratamiento para la tiroides que llevaba meses posponiendo y en los libros que siempre observaba desde el otro lado del escaparate sin poder comprarlos.
Todo aquello cabía dentro de ese sobre.
El hombre sonrió al notar mi silencio.
—Todos necesitamos dinero.
Tomé el sobre entre mis manos.
Pesaba más de lo que imaginaba.
Quizá porque no estaba lleno de billetes.
Quizá porque estaba lleno de consecuencias.
Me puse de pie y lo dejé nuevamente frente a él.
—Sí. Todos lo necesitamos.
Su sonrisa se ensanchó, convencido de que había cambiado de opinión.
Pero negué despacio con la cabeza.
—No de esta manera.
La expresión de su rostro cambió por completo.
—Piénsalo bien. Es más dinero del que ganarás aquí en varios meses.
Lo miré directamente a los ojos.
—Hay muchas formas de ser pobre, señor.
Frunció el ceño.
—¿Cómo dices?
Respiré profundamente antes de responder.
—Y perder la dignidad es la peor de todas.
No esperé su reacción.
Me di la vuelta y abandoné la sala.
Apenas crucé la puerta, uno de los guardias se acercó de inmediato.
—¿Todo está bien, señorita Valeria?
Asentí.
—Sí. Solo necesito hablar con Nora.
Ella salió apenas escuchó mi voz. No hizo falta explicarle demasiado. Bastó con señalar el sobre que el empresario aún sostenía entre las manos para que comprendiera lo ocurrido.
Su expresión se endureció.
Entró acompañada por dos guardias.
Yo permanecí en el pasillo.
No escuché toda la conversación.
Solo la voz firme de Nora atravesando la puerta.
—En este club nadie compra a mis chicas.
Minutos después el empresario abandonó el lugar con el rostro desencajado.
Nora caminó hasta mí y sostuvo mi rostro entre sus manos.
—¿Estás bien?
Asentí.
—Sí.
Sonrió con un orgullo que pocas veces le había visto.
—Hiciste lo correcto.
Negué suavemente.
—Solo hice lo que mi mamá me enseñó.
Ella acarició mi mejilla.
—No, Valeria. Hiciste algo que muy pocas personas son capaces de hacer cuando la necesidad les aprieta la garganta.
No respondí.
Simplemente volví al salón convencida de que aquella noche había terminado.
No imaginaba que, sin saberlo, acababa de llamar la atención del hombre más peligroso de toda la ciudad.
...DANTE...
Lorenzo entró en mi despacho sin anunciarse.
Solo rompía esa regla cuando ocurría algo importante.
Llevaba el teléfono en una mano y una carpeta en la otra.
—Acaba de llamar Nora.
Dejé la pluma sobre el escritorio.
—¿Qué ocurrió?
—Uno de los empresarios intentó comprar a una de las chicas del club.
Sentí cómo la mandíbula se tensaba.
—¿Quién?
Lorenzo abrió la carpeta.
—Valeria.
Guardé silencio.
Él continuó.
—La eligió porque es discreta. Dice que escucha más de lo que habla y que nadie sospecharía de ella.
Apoyé los antebrazos sobre el escritorio.
—¿Aceptó?
Lorenzo negó lentamente.
—Ni siquiera abrió el sobre. Le ofrecieron una suma suficiente para cambiarle la vida. Lo devolvió, habló con Nora y salió de la sala sin mirar atrás.
No aparté la vista de la carpeta.
—¿Dijo algo?
Asintió.
—Sí.
Hizo una breve pausa antes de repetir sus palabras.
—"Hay muchas formas de ser pobre... y perder la dignidad es la peor de todas."
El despacho quedó completamente en silencio.
Recordé a la mujer que daba las gracias por una simple cena.
A la que consolaba a otras chicas cuando creía que nadie la observaba.
A la que acababa de rechazar una fortuna sin dudarlo un solo segundo.
Mi padre estaba equivocado.
No todo el mundo tenía un precio.
Cerré lentamente la carpeta.
—A partir de hoy quiero saber cada vez que ese hombre vuelva a acercarse al club.
Lorenzo levantó la vista.
—¿Solo a él?
Negué despacio.
—A cualquiera que intente utilizar a las chicas.
Permaneció inmóvil.
Sabía que todavía no había terminado.
Lo miré fijamente.
—Y si ese político vuelve a dirigirle la palabra a Valeria...
Dejé que el silencio completara la gravedad de la orden antes de concluir:
—Quiero enterarme antes que él.