El profesor de lenguas Yoshiya Taksumagi ha recibido una segunda oportunidad de vivir. Pero este nuevo mundo le demostrará que una segunda vida no significa una vida perfecta.
Ahora, atrapado en el cuerpo de un niño llamado Joshua Moretti, deberá descubrir los secretos detrás de su llegada y enfrentarse a un destino que jamás pidió.
¿Cómo es que un profesor de una de las mayores facultades de Japón terminó siendo un simple niño en un mundo de magia?
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prefiero una siesta
—Wow, hijo mío, has crecido mucho. Me resulta increíble.
Ed me puso su mano derecha sobre la cabeza y me despeinó el cabello con ese gesto suyo, medio torpe, medio cariñoso. Era la tercera vez esta semana que lo hacía. Estaba empezando a pensar que lo hacía a propósito para molestarme. O quizás simplemente no sabía cómo expresar afecto de otra forma. Conociéndolo, era lo más probable.
Daniel, que estaba a nuestro lado, frunció el ceño con ese gesto suyo de niño rico contrariado. Si yo estuviera en sus zapatos, también me sentiría incómodo. Ver cómo tu padre ignora tus logros para centrarse en tu hermano menor no debe de ser agradable. Pero, gracias al cielo, yo no estaba en sus zapatos. Yo era el hermano menor. El "prodigio". El "niño rarito de los ojos negros".
Me prohibieron usar magia constantemente hace unos quince meses. Bueno, "prohibieron" no es la palabra exacta. Fue más bien una recomendación médica. Un médico llegó a nuestra casa ducal una tarde de verano, con su maletín de cuero y su aire de importancia. Al principio pensé que no había casi médicos en este mundo —los libros decían que eran escasos—, pero de un momento para otro, aparecieron. Como setas después de la lluvia.
*Lo cual me resulta bastante extraño. Pero bueno, no voy a quejarme de que haya asistencia sanitaria. *
El médico me examinó de pies a cabeza. Me hizo preguntas sobre mi entrenamiento. Sobre mi magia. Sobre cuántas horas dormía. Tomó notas en un pergamino con una letra tan pequeña que parecía hormigas caminando. Y luego, con una expresión grave, me dijo que tuviera cuidado al mezclar el estilo de batalla cuerpo a cuerpo con el uso de mana para reforzar.
—El cuerpo de un niño no está preparado para ese nivel de estrés —dijo, ajustándose los anteojos—. Si sigues así, podrías dañar tus meridianos de forma permanente.
No le hice caso. Bueno, sí le hice caso, pero solo a medias. Reduje el uso de magia durante los entrenamientos físicos, pero no lo eliminé. No podía. Si quería volverme más fuerte, necesitaba ambos. Magia y acero. Luz y espada.
Ese mismo día, Ed y yo tuvimos una pelea de entrenamiento. Él usó magia de rayo. Una electricidad azul que crujía en el aire y olía a ozono. Yo utilicé luz y agua, combinándolas como mejor pude. La luz para cegarlo. El agua para desequilibrarlo.
Funcionó. Durante tres segundos.
Luego mi padre me desarmó de un golpe seco, me tiró al suelo y me apuntó con la espada de madera en la garganta.
—Nada mal —dijo, sonriendo—. Pero todavía te falta.
—Lo sé —respondí, escupiendo hierba.
*El agua sigue siendo difícil de controlar. Cada hechizo tiene demasiada presión. Es como intentar beber de una manguera de bomberos. Si no regu-lo bien la salida, acabo empapado y sin mana en diez segundos. *
Mi padre salió hoy hacia el Reino Hart. El rey Arturo lo mandó llamar con urgencia. Algo sobre una misión. Algo sobre medicinas. Algo que no me quiso contar en detalle.
—No te metas en líos mientras no estoy —me dijo antes de montar en su caballo.
—No prometo nada —respondí.
Soltó una carcajada y se alejó al galope, levantando una nube de polvo tras de sí.
Dejé escapar un fuerte suspiro mientras lo veía desaparecer en el horizonte.
*Espero que esté bien. Últimamente, siempre que sale de la mansión, algo malo sucede. Y la mayoría de las veces, el algo malo soy yo. *
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Punto de vista de Ed
Me dirigí al castillo del Reino Hart a toda prisa. Apenas pude despedirme de mis hijos. Isabella me miró con esos ojos verdes llenos de reproche, como siempre. Daniel ni siquiera salió de su habitación. Y Joshua... Joshua me dijo que no prometía nada. Maldito mocoso. Me recordaba tanto a su madre que a veces me dolía.
—Tch. ¿Qué quiere ahora ese rey con cara y melena de león?
Murmuré la queja entre dientes, aunque en el fondo no estaba molesto. Arturo era mi mejor amigo. Mi hermano en todo menos en sangre. Si me llamaba con urgencia, era por algo importante. Y cuando Arturo consideraba algo "importante", solía significar "peligroso".
Las puertas reales se abrieron ante mí. Los guardias ni siquiera me pidieron identificación. A estas alturas, mi cara era más conocida en el castillo que la del propio rey. Subí las escaleras de mármol de dos en dos, ignorando las reverencias de los sirvientes, y llegué a la sala del trono en tiempo récord.
El rey Arturo, la reina Elizabeth y la princesa Valentina estaban sentados en sus respectivos tronos. Valentina se veía mucho mejor que la última vez. Sus mejillas tenían color. Sus ojos azules, aunque todavía tristes, brillaban con vida. Verla así me hizo sentir... no sé. ¿Alivio? ¿Orgullo? Mi hijo la había salvado. Mi hijo de siete años. Bueno, ahora de diez.
Puse una rodilla en el suelo y la otra la apoyé con la palma abierta a centímetros del pecho.
—Ed Moretti saluda formalmente al Reino Hart.
—Deja eso para después —me interrumpió Arturo, agitando la mano como si estuviera espantando una mosca—. Escuché que mi querido sobrino está practicando esgrima. Y que tiene un gran talento.
*¿Ya se enteró? Bueno, no me sorprende. Es el rey, después de todo. Tiene espías hasta en las letrinas. *
—Pero lo más importante —continuó Arturo, inclinándose hacia adelante con una sonrisa astuta— no es solo ese talento. También sabe arreglar hogares. Y agricultura.
—¿Qué? ¿De qué estás hablando?
Fruncí el ceño. ¿A qué se refería con "arreglar hogares y agricultura"? Mi hijo era un espadachín en entrenamiento y un mago prodigio, no un...
Espera un segundo.
Esas cartas de agradecimiento. El buzón de la mansión había estado lleno casi a diario durante semanas. Cartas de plebeyos. Dando las gracias a la familia Moretti. Yo nunca les presté atención. Pensé que eran formalidades. O tal vez peticiones de dinero.
Pero eran para Joshua.
Mi hijo. Arreglando casas. Enseñando a cultivar.
*¿Desde cuándo hace todo eso? ¿Y por qué nunca me lo dijo? *
Solté un suspiro. Luego, sin poder evitarlo, una risa.
*Ese chico está completamente loco. Como su madre. *
—Bueno, sea lo que sea —dije, volviendo al tema—, me alegra que mi hijo sea una buena persona y alguien de confianza para las personas.
Aunque aún me resultaba increíble. Joshua siempre había sido solitario. Encerrado en su habitación, leyendo libros, evitando a todos. ¿Cuándo había empezado a preocuparse por los demás?
—Ed, hay algo que me gustaría discutir contigo —dijo Arturo, poniéndose serio de repente—. Vamos a la oficina.
Asentí. Cuando Arturo se ponía serio, significaba que el problema era gordo.
Caminamos hasta su oficina privada. Un cuarto no muy grande, pero acogedor, con una chimenea encendida y una ventana que daba a los jardines reales. Nos sentamos en dos sillones de cuero desgastado. Abrí un poco más la ventana; el cuarto estaba cargado de humo de la chimenea.
—Necesito enviar medicinas al Reino Mirath —dijo Arturo, yendo al grano—. Para eso, hay que pasar por el mar. Ya hablé con la reina sirena y le envié una carta. Ella misma abrirá el mar para que pasen los carruajes.
—Entiendo. Entonces quieres que yo proteja el carruaje.
—Al principio quería que fueras personalmente —admitió Arturo, cruzándose de brazos—. Pero como va a haber peligros, he pensado que puedes mandar a Joshua.
Levanté una ceja.
—Tiene diez años.
—Y ya estuvo a punto de matar a un tipo con un chorro de agua a presión, según tus propias palabras.
Maldición. No debería haberle contado eso. Pero aquella noche, después del ataque en el bosque, necesitaba desahogarme. Y Arturo, siendo mi mejor amigo, era el único con quien podía hacerlo.
—Eso es cierto —concedí—, pero no quita el hecho de que me preocupe. Sabes lo cruel que es el mundo.
—Relájate, querido Ed. ¿Acaso no confías en tu hijo? ¿En tu discípulo?
Me quedé en silencio. Arturo sabía cómo darme donde dolía.
—Tienes razón. Debería tener más fe en mi propio hijo.
Me recosté en el sillón, dejando que el cansancio se apoderara de mí por un momento.
—Le enviaré la carta a Joshua —dijo Arturo, dando el tema por zanjado.
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Punto de vista de Joshua
Estaba en la biblioteca de la mansión, sumergido en la lectura de un tratado sobre magia de fuego. Pasaba las hojas con cuidado, con esa elegancia que solo un profesor sabe tener. El libro olía a ceniza y azufre, y las páginas estaban amarillentas por el tiempo.
*El fuego es el elemento más destructivo. Pero también el más difícil de controlar. Una chispa mal puesta y te vuelas la mano. *
Me miré la cicatriz en la ceja izquierda. Sí. Definitivamente era difícil de controlar.
De repente, la puerta de la biblioteca se abrió de golpe. El estruendo resonó en todo el pasillo, haciendo temblar las estanterías y tirando un par de libros al suelo.
—¡JODER!
El mayordomo, el señor Rubi —ese hombre de cabello blanco y ojos perpetuamente cerrados— se quedó paralizado en el umbral. Sus ojos, normalmente dos rendijas invisibles, se abrieron de par en par. Un logro impresionante, considerando que nunca se le veían los ojos.
*Mierda. Metí la pata. Otra vez. ¿Por qué siempre grito cuando me asustan? Soy un adulto. Se supone que debo mantener la compostura. *
—Joven amo, el señor Ed mandó esta carta. Dice que lo lleve al castillo de inmediato.
Antes de que pudiera responder, Rubi me había agarrado del cuello de la camisa y me estaba arrastrando por el pasillo.
—¡Kyaaa!
El azotamiento de los caballos resonó en mis oídos. El carruaje iba a una velocidad endiablada, saltando sobre las piedras del camino como si fuera una rana epiléptica. Mi mandíbula temblaba con cada bache. Mis huesos crujían.
*¿Por qué tan de repente me llamó mi padre? ¿Acaso no debió decirme esta mañana que viniera con él al Reino Hart? *
No lograba comprenderlo. Ed nunca me llamaba al castillo. De hecho, Ed intentaba mantenerme lo más lejos posible de los asuntos políticos. Decía que yo era demasiado joven. Que ya tendría tiempo de preocuparme cuando fuera mayor.
Supongo que "mayor" significaba "diez años".
—Joven maestro, hemos llegado.
Asentí, dándole las gracias a Rubi con un gesto de cabeza. El hombre me había lanzado al carruaje, sí, pero al menos me había traído de una pieza.
Subí las escaleras del castillo con pasos firmes. Los guardias me reconocieron al instante. Algunos me miraron con respeto. Otros, con miedo. Supongo que los rumores de lo que hice en el bosque se habían extendido.
*Genial. Ahora soy "el niño rarito que casi se muere usando magia de agua". Justo la reputación que quería. *
Las puertas reales se abrieron ante mí. Un sirviente me guió hasta la oficina del rey. TOC, TOC.
—Adelante —la voz de Arturo resonó al otro lado.
Abrí la puerta con una cara seria. Mi mechón blanco, que antes caía sobre mi frente, se había desplazado un poco más hacia atrás con el crecimiento del cabello. Me arrodillé en el suelo, con la misma formalidad de siempre.
—Joshua Moretti saluda firmemente al reino.
Mi padre y el rey me miraron con asombro. Y también un poco aturdidos.
—JAJAJA. ¡Mira cuánto ha crecido mi querido sobrino!
El rey Arturo se acercó a mí con pasos bruscos y me despeinó el cabello sin ningún tipo de miramiento.
*¿Por qué todos me tocan el cabello? ¿Tengo un cartel en la frente que dice "zona de caricias"? *
—Sí, ha pasado un tiempo —dije, forzando una sonrisa. Varias gotas de sudor resbalaron por mis mejillas. *Qué incómodo. ¿Puedo irme ya? *
—¿Puedo preguntar para qué me llamaron? No creo que haya sido solamente para admirar mi estatura.
Mi tono fue un poco grosero. Vale, bastante grosero. El sirviente que me había traído dio un paso adelante, llevándose la mano a la daga que llevaba en el cinturón. Pero el rey alzó la mano, deteniéndolo.
—Así es. Necesito que hagas una misión.
*¿Misión? * No dije nada. Simplemente asentí y dejé escapar un suspiro. De todas formas, no es como si pudiera negarme. Cuando un rey te "pide" algo, no es una petición. Es una orden con buenos modales.
—Bueno, vas a escoltar y proteger unos suministros. En el camino, pasarás por el Reino Mirath.
*Mirath. El reino más aburrido del continente, según los libros. Y lo más importante: le está pidiendo esto a un niño de diez años. ¿Este hombre no tiene soldados adultos para esto? *
Asentí de todos modos.
*Odio mi vida. *
—Por cierto, ¿dónde está tu espada?
El rey me miró con curiosidad, señalando mi cintura vacía.
—Eh... yo no tengo espadas.
El rey se puso rojo. Rojo de ira. Las venas de su cuello se marcaron de forma alarmante.
—¿Cómo que no tienes espada? ¡Eres un espadachín! ¡El hijo de Ed Moretti! ¡El chico que venció a diez bárbaros él solo!
—Eran menos de diez. Y no los vencí. Los maté. Hay diferencia.
El rey se frotó el rostro con la mano, exasperado.
—Vamos al almacén de espadas. Ahora.
—Pero...
—Ahora.
Me encogí de hombros. Si el rey quería regalarme una espada, quién era yo para negarme.
*Aunque, siendo sincero, preferiría una siesta. *