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Curvas Peligrosas

Curvas Peligrosas

Status: En proceso
Genre:Autosuperación / Romance / Amor-odio
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: YuiKiri

Dayana soñaba con convertirse en escritora, pero la realidad la mantenía atrapada como editora en una revista donde su talento pasaba desapercibido. Un solo error, una cadena de decisiones ajenas y un encuentro completamente inesperado la arrastran al vertiginoso mundo del motocross. Allí conoce a Alexander Amati, el piloto más famoso del planeta, un hombre tan brillante frente a las cámaras como peligroso cuando nadie lo observa. Lo que comienza como una simple coincidencia pronto se convierte en una batalla de voluntades, secretos y emociones donde nadie sale ileso. Porque, a veces, basta un instante para cambiar una vida... y una sola persona para poner tu mundo de cabeza.

NovelToon tiene autorización de YuiKiri para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9: Alexander Amati

La lluvia golpeaba con furia los ventanales del apartamento en Madrid, creando una cortina gris que aislaba la habitación del resto del mundo.

El sonido era constante.

Hipnótico.

Como un tambor lejano que se negaba a detenerse.

Alexander acababa de salir de la ducha.

El vapor todavía flotaba en el baño abierto, mezclándose con el aroma limpio del jabón y el calor residual del agua. Una toalla descansaba sobre sus hombros mientras otra rodeaba su cintura. Pequeñas gotas descendían por su cuello y recorrían lentamente la piel de su torso, perdiéndose entre los contornos definidos de un cuerpo acostumbrado al entrenamiento constante.

Se miró al espejo empañado, pasando una mano por su cabello castaño, que caía rebelde y goteante sobre su frente. Sus ojos penetrantes, intensos y cargados de una frustración contenida, reflejaban el cansancio de quien ha luchado contra corrientes que no puede controlar.

—Aaa, qué fastidio... —gruñó, su voz resonando profunda y ronca en la habitación.

Se dejó caer sobre la cama, el colchón protestó bajo su peso. Apoyo la cabeza contra el respaldo y cerro los ojos. Mañana tendría que presentarse en la editorial, caminar por esos pasillos y encontrar a la gente responsable de su tormento.

Al final de cuentas, no es como que tuviera opción su manager había sido claro: “Limpia tu imagen, Alexander. Si quieres que los patrocinadores sigan apostando por ti en la Copa Mundial de Motocross, tienes que dejar de ser el puto mujeriego sin escrúpulos que sale en cada tabloide”.

—Joder... mejor dejo en paz este asunto —murmuró, cerrando los ojos mientras la imagen de las mujeres que había conocido inundaba su mente.

Con un movimiento brusco, deslizó la toalla hacia abajo, dejando que su erección, dura y palpitante, saltara a la vista. Su mano, grande y callosa por el manejo de la motocicleta, envolvió su miembro con una fuerza dominante.

—Maldita sea... —gruñó, comenzando un ritmo rápido y agresivo.

Se imaginó a una mujer bajo él, alguien que se creyera fuerte, alguien que intentara resistirse al principio solo para terminar suplicando por más. En su mente, la visualizaba arqueando la espalda, con los dedos clavados en las sábanas, mientras él la poseía con una brutalidad controlada, llenándola hasta que ella perdiera el sentido de la realidad. Quería sentir cómo sus uñas arañaban su espalda y cómo su voz se quebraba en gritos que llenaran la habitación, ahogando el sonido de la lluvia.

Aumentó la velocidad, apretando el agarre, imaginando que cada embestida de su mano era un golpe profundo y posesivo. El roce de su piel húmeda generaba un sonido húmedo y rítmico que aceleraba su corazón. Su respiración se volvió errática, pesada, transformándose en jadeos profundos mientras el placer empezaba a concentrarse en la base de su columna.

—Eso es... grita para mí... —susurró con la voz rota, sumido en su propia fantasía oscura.

Se imaginó obligándola a mirarlo a los ojos mientras llegaba al límite, viendo cómo sus pupilas se dilataban y cómo las primeras lágrimas de placer comenzaban a resbalar por sus mejillas, no por tristeza, sino porque el orgasmo era tan intenso que resultaba casi doloroso. Alexander no quería ternura; quería dominio. Quería que ella se deshiciera en sus brazos, reducida a un manojo de nervios y deseo, llorando de satisfacción mientras él reclamaba cada centímetro de su cuerpo.

La tensión llegó a un punto crítico. Sus músculos se tensaron, sus venas se marcaron en sus brazos y cuello, y con un último apretón violento y un gemido gutural que nació desde lo más profundo de su pecho, Alexander se corrió con fuerza, sintiendo cómo el espasmo lo sacudía violentamente mientras el semen saltaba sobre su propio abdomen y las sábanas blancas del hotel.

Se quedó allí, jadeando, con el pecho subiendo y bajando rápidamente, sintiendo el vacío placentero del orgasmo.

—Mañana será un día horrible... —murmuró finalmente.

La tormenta continuó golpeando las ventanas mientras Alexander se hundía lentamente en la oscuridad del sueño.

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Cliente anónimo
Un maratón
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