Mi nombre es Sara Miller, y antes de llegar a la Universidad de Minnesota, creía que la distancia geográfica era un factor suficiente para alterar el resultado de un trauma. Huí de Boston con una beca de excelencia académica y el alma rota, buscando desaparecer entre la nieve de Minneapolis. Pero el destino no entiende de estadísticas. En mi primer día de clases, la ecuación de mi supervivencia colapsó al encontrarme frente a frente con Thomas y Carter, los mismos dos monstruos con uniforme de hockey que habían convertido mi pasado en una pesadilla y que ahora jugaban para los Gophers.
Fue en ese pasillo helado donde todo cambió. Cuando la violencia física era inminente, apareció la variable más impredecible de todo el campus Jhon King.
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Capítulo 9
Jhon
El silencio que dejó el profesor Henderson al alejarse se sentía más pesado que el aire de la pista de hielo después de tres periodos de juego intenso.
Podía sentir la mirada de Sara clavada en el perfil de mi rostro, fija, analítica, como si estuviera diseccionando cada una de mis variables moleculares para encontrar el error en la ecuación.
El color rojo seguía quemándome las mejillas y el cuello; me sentía completamente expuesto en medio de la pista de baile de mi propia fraternidad.
—Jhon —su voz sonó baja, pero con un filo de precisión matemática que me hizo tensar los hombros—. Tenemos que hablar. Ahora mismo.
—No aquí, Sara —respondí, tomándola suavemente de la muñeca. Mi agarre fue firme pero cuidadoso, sintiendo los latidos acelerados de su pulso bajo mis dedos—. Vámonos. Ya fue suficiente fiesta por hoy.
No esperé a que protestara. La guíe a través de la multitud que seguía bailando y bebiendo, abriéndome paso con el cuerpo mientras la mantenía protegida justo detrás de mi espalda. Cruzamos el salón principal hacia el vestíbulo, pero la suerte no estaba de nuestro lado esta noche. Justo al lado de la puerta principal, bloqueando la salida hacia el porche, Thomas y Carter estaban apoyados contra el marco de madera, sosteniendo vasos rojos y rodeados por tres novatos del equipo.
Al vernos caminar a toda prisa, Carter soltó una carcajada amarga, mostrando el labio partido que yo mismo le había dejado en la banca del partido unas horas antes.
Thomas: Miren al capitán, huyendo de su propia celebración. ¿Qué pasa, King? ¿La nerd ya se cansó de hacerte la tarea o es que el profesor Henderson vino a recordarte que sigues siendo el mismo bruto de siempre en los exámenes?
Carter: Déjalo, Thomas. El capitán necesita cuidar a su mascota de Boston. Aunque todos aquí sabemos que las chicas que vienen de allá con expedientes ocultos suelen tener pasados bastante... interesantes. ¿Verdad, Miller? ¿Les vas a contar a los novatos lo que hacías en los vestuarios de Massachusetts?
El mundo se detuvo por un segundo.
Pude sentir cómo el cuerpo de Sara se congelaba por completo detrás de mí. Sus dedos, que minutos antes descansaban cálidos sobre mi hombro, se clavaron en la tela de mi chaqueta de cuero con un temblor violento de puro pánico.
Los recuerdos de la humillación que había sufrido en Boston estaban siendo arrastrados al fango frente a la mitad de mi equipo.
La furia me cegó. Di un paso al frente, apartando a Sara con suavidad para dejarla detrás de una columna de la entrada, y me planté frente a Carter con los puños cerrados. Mis nudillos lastimados protestaron con un dolor agudo, pero la adrenalina tapó cualquier sensación física.
Jhon: Vuelve a abrir esa maldita boca, Carter —siseé, manteniendo la voz lo suficientemente baja para que el entrenador, que estaba en el patio trasero, no escuchara, pero con una intensidad que hizo que los tres novatos dieran dos pasos atrás de inmediato—. Vuelve a decir una sola palabra sobre ella o sobre Boston, y te juro por Dios que la pelea de la tarde va a parecer un juego de niños. No me importa el campeonato, no me importa la NHL y no me importa que me expulsen del campus esta misma noche.
Te voy a hundir los dientes en la garganta.
Thomas intentó intervenir, dando un paso al frente para proteger a su amigo, pero le clavé una mirada tan cargada de pura violencia contenida que se detuvo en seco.
Jhon: Y tú, Thomas, si vuelves a cubrirle las espaldas en sus estupideces, te vas con él. Lárguense de la puerta. Ahora mismo.
El vestíbulo de la fraternidad quedó en un silencio sepulcral. Nadie en ese campus, ni siquiera los defensas más pesados, desafiaba al capitán cuando tenía esa mirada gris tormentosa. Carter apretó los dientes, tragándose la rabia, y se hizo a un lado junto con Thomas, abriendo el paso hacia la salida.
Tomé a Sara de la mano, sintiendo que sus dedos estaban completamente helados, y la saqué de la casa sin mirar atrás.
Sara
El viento helado de Minneapolis me golpeó el rostro en cuanto cruzamos el porche, pero el frío del exterior no era nada comparado con el vacío y el pánico que sentía en el estómago.
Las palabras de Carter seguían resonando en mis oídos como un pitido ensordecedor, amenazando con traer de vuelta las lágrimas que tanto me había esforzado por contener desde que salí de Boston.
Jhon me guió en silencio hasta su camioneta, me abrió la puerta del copiloto con brusquedad y esperó a que subiera antes de cerrarla con un golpe seco. Rodeó el vehículo a grandes zancadas y subió al asiento del conductor.
Encendió el motor y el sistema de calefacción comenzó a rugir, pero ninguno de los dos dijo nada mientras salíamos del estacionamiento de la fraternidad a toda velocidad, dejando atrás las luces y el ruido de la fiesta.
Afuera, una intensa nevada comenzaba a cubrir las calles de la ciudad, reduciendo la visibilidad a unos pocos metros. Jhon mantenía ambas manos firmes sobre el volante, con los nudillos blancos por la fuerza del agarre y la mandíbula tan tensa que parecía de piedra. El silencio dentro del auto era sofocante, lleno de preguntas flotando en el aire que necesitaban una respuesta urgente.
Sara: Gracias —dije en un susurro, mirando hacia la ventana empañada—. Por lo de la puerta. Por defender contra ellos.
Jhon: No tienes que agradecerme nada, Sara —respondió, sin apartar los ojos de la carretera helada—. Esos idiotas no debieron decir eso. Te prometí inmunidad en este campus y voy a cumplirlo, aunque tenga que romperles la cara todos los días del semestre.
Sara: Jhon, el profesor Henderson... lo que dijo en la pista de baile. Necesito que seas honesto conmigo. ¿Me buscaste antes de que empezara el semestre? ¿Sabías quién era yo antes de verme en el tablero de ciencias?
Jhon soltó una exhalación pesada, y por primera vez en todo el trayecto, disminuyó la velocidad de la camioneta, deteniéndose a un lado del camino, bajo la luz mortecina de una farola cubierta de nieve.
Apagó los faros principales pero dejó el motor encendido, sumergiéndonos en una penumbra azulada y sumamente íntima dentro del vehículo. Se giró hacia mí en el asiento, pasándose una mano por el cabello oscuro y desordenado.
Jhon: Sí, Sara. Fui a la oficina del decano a exigir que cambiarán mi tutor por ti antes del primer día de clases.
Sara: ¿Por qué? —sentí que la respiración se me cortaba—. Ni siquiera me conocías. ¿Por qué una estudiante nueva de Boston? ¿Me elegiste por lástima? ¿Por el expediente?
Jhon: ¡No! —su voz sonó profunda, casi rota, llenando todo el espacio de la camioneta—. No fue por lástima, Sara. Odio que la gente sufra, odio a los tipos que usan su tamaño para intimidar a los demás, pero contigo fue diferente desde el principio.
Vi tu foto en el registro de transferencia cuando el entrenador estaba revisando los papeles de Thomas y Carter. Leí lo que habías logrado en el examen de admisión y vi tus notas perfectas. Eras un maldito genio atrapado en medio de la peor mierda posible. Pensé que si te ponía como mi tutora oficial, nadie en el equipo se atrevería a molestarte porque sabrían que estabas bajo mi supervisión directa. Quería darte una segunda oportunidad para estudiar en paz, sin miedo.
Lo miré fijamente a los ojos a través de mis gafas de marco negro. La tormenta gris de su mirada estaba cargada de una honestidad tan brutal que me desarmó por completo. No había arrogancia en él, no había el orgullo del capitán de hockey; solo estaba el chico que había planeado todo un sistema de seguridad silencioso para una desconocida que acababa de llegar a la ciudad con el alma rota.
Sara: Te arriesgaste mucho por mí, Jhon, incluso antes de saber si yo te caería bien o si querría ayudarte con tus notas.
Jhon: Te vi en el pasillo enfrentándolos el primer día, Sara, y ahí supe que no me había equivocado —dijo, inclinándose un poco hacia mi asiento, rompiendo la distancia. Su aroma a menta y cuero inundó mis sentidos—. Tienes una fuerza increíble, genio. Me di cuenta de que no solo quería protegerte... quería estar cerca de ti. Quería aprender a ver el mundo de la forma en que tú lo ves. Las tutorías de cálculo eran la única excusa legítima que tenía para pasar dos horas al día contigo sin que pensaras que era otro atleta acosándote.
El corazón me dio un vuelco violento, latiendo con una fuerza que amenazaba con salirse de mi pecho.
Sus palabras no eran una confesión de amor directa, pero la devoción y el cuidado absoluto que revelaban sus ojos eran la cosa más romántica que alguien había hecho por mí en toda mi existencia.
Me di cuenta de que Jhon King no me había elegido para salvar su promedio académico; me había elegido para ser mi escudo en las sombras, y en el proceso, estaba borrando cada una de las sombras de mi pasado.