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Dos Lobos, Una Luna

Dos Lobos, Una Luna

Status: Terminada
Genre:Hombre lobo / Mujer poderosa / Amor eterno / Completas
Popularitas:3.1k
Nilai: 5
nombre de autor: clau21

Elena una chica humana, se ve atrapada entre dos alfas: Kael, Príncipe de los lobos de Luna Plateada, y Roran, Alfa Supremo de la manada de Ceniza que todos daban por muerta/extinta. Ambos la reclaman, se enfrentan por ella, pero Elena se niega a elegir.

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capitulo 8

...Batalla Final...?...

...****************...

El refugio de Ceniza olía a sangre seca y a humo frío.

Habían pasado 36 horas desde la traición de Varis. 36 horas sin dormir, sin bajar la guardia, con el vínculo entre los tres tenso como una cuerda a punto de romperse.

Elena no se había separado de Kael y Roran ni un segundo. No porque tuviera miedo de estar sola. Sino porque si se separaban ahora, morían separados.

“Vienen al amanecer”, dijo Roran. Estaba de pie frente al mapa de piedra en la sala de guerra. Líneas rojas marcaban las rutas de ataque. “El consejo movilizó a toda la manada de Luna Plateada. No son mercenarios esta vez. Son familia, amigos, gente que creció contigo, Kael”.

Kael no respondió. Tenía la mandíbula tan apretada que Elena temía que se le rompieran los dientes.

“¿Cuántos?”, preguntó ella.

“Ciento veinte lobos”, dijo Roran. “Más treinta cazadores con plata. Más Varis y los miembros del consejo que no tienen miedo de mancharse las manos”.

Elena exhaló. “Y nosotros somos tres”.

“No”, dijo Kael. Se giró hacia ella, con los ojos dorados brillando en la penumbra. “Somos tres alfas. Y tú eres la Luna de Ceniza. Eso cambia la ecuación”.

Roran asintió. “El círculo de piedra debajo del refugio. Si logramos llevarlos ahí, el vínculo se amplifica. Podemos pelear como si fuéramos cincuenta”.

“Si logramos llevarlos ahí”, repitió Elena. “Y si no me matan antes de llegar”.

Kael se acercó y le puso una mano en el hombro. No la agarró. Solo la apoyó.

“No te van a tocar. Yo muero antes”.

“Yo también”, dijo Roran. Simple. Sin drama. Solo verdad.

Elena lo miró a los dos. Dos hombres que lo habían perdido todo, peleando por ella. Por una mujer que hace una semana no sabía que existían.

“Entonces no vamos a morir”, dijo. “Vamos a ganar”.

 

El amanecer llegó sin sol.

Nubes grises, pesadas, cubrían la montaña. El aire olía a lluvia y a plata.

Desde la entrada del refugio se veía el valle. Y en el valle, ciento cincuenta puntos en movimiento. Luna Plateada marchaba en formación. No había gritos de guerra. No había fanfarria. Solo el sonido de pies contra tierra y el tintineo de armas.

Kael se transformó primero. No completo. Medio lobo, medio hombre. Más rápido, más fuerte, sin perder la razón.

Roran hizo lo mismo. Su transformación era más salvaje. Más antigua. El aire alrededor de él se enfrió diez grados.

Elena se puso el chaleco que Roran le había hecho. Cuero reforzado, placas de plata en el pecho y la espalda. No para pelear cuerpo a cuerpo. Para sobrevivir el tiempo suficiente para usar el vínculo.

“Recuerda el plan”, dijo Roran. “Tú no peleas al frente. Tú sostienes el vínculo. Nosotros peleamos. Tú nos mantienes en pie”.

“Y si caen ustedes dos, me convierto en un problema para ellos”, dijo Elena.

Kael sonrió. Era una sonrisa fea, peligrosa.

“Exacto”.

Bajaron al valle.

 

El primer choque fue como chocar contra una ola.

Ciento veinte lobos contra dos. Y una humana en el centro.

Kael se lanzó contra la línea delantera y abrió un hueco como una motosierra. Gritos, sangre, huesos rotos. Roran no gritaba. Roran mataba en silencio, eficiente, brutal.

Elena se quedó en el centro del círculo de piedra que habían dibujado la noche anterior. No era un círculo mágico. Era un círculo de enfoque. Un lugar donde el vínculo no se dispersaba.

Cerró los ojos.

Y abrió el vínculo.

Fue como abrir tres presas a la vez.

El dolor de Kael cuando un cazador le clavó una daga de plata en el muslo.

El cansancio de Roran después de matar a siete lobos seguidos.

Su propio miedo, su adrenalina, su determinación.

Y lo empujó de vuelta.

Fuerza a Kael. Resistencia a Roran. Calma a ella misma.

El efecto fue inmediato.

Kael rugió y se levantó como si la daga no existiera. Roran se movió más rápido, esquivando balas de plata como si fueran moscas.

“¡Mantén el vínculo!”, gritó Kael. “¡No lo sueltes!”

Elena no respondió. No podía. Hablar significaba perder concentración.

Los cazadores fueron por ella.

Seis hombres con rifles de plata, rodeándola, disparando en ráfagas para que no pudiera moverse.

Elena no corrió. No podía. Si se movía, el vínculo se cortaba.

Así que hizo lo único que podía hacer.

Levantó las manos.

La marca en su muñeca brilló.

Una barrera de luz plateada salió de ella y detuvo las balas en el aire. Las balas cayeron al suelo, fundidas, inútiles.

Los cazadores dudaron. Medio segundo.

Fue suficiente.

Roran apareció detrás de ellos y los silenció para siempre.

“¡Sigue así!”, gritó Kael.

Pero Elena ya estaba al límite. Sudor frío le corría por la frente. Sentía que si empujaba un poco más, se desmayaría.

Y entonces llegó Varis.

 

Varis Vardren no entró corriendo. Entró caminando. Lento. Como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Tenía sesenta años, pero se movía como un hombre de cuarenta. El cabello canoso, los ojos grises como los de Kael, pero fríos. Sin vida.

“Kael”, dijo. “Mi sobrino favorito. Siempre tan impulsivo”.

Kael se detuvo. Se giró.

“Tío”, dijo. Su voz era un gruñido bajo. “Termina esto”.

Varis sonrió. “Lo estoy terminando. Hoy muere Ceniza. Hoy muere tu perra Luna. Y tú vuelves a Luna Plateada. Como debe ser”.

Elena sintió el odio de Kael a través del vínculo. Un odio tan puro que le quemó la garganta.

“Ella no es mía”, dijo Kael. “Es nuestra. Y tú no vas a tocarla”.

Varis se rió. “Nuestra. Mira lo que te ha hecho. Te ha vuelto débil. Te ha hecho olvidar quién eres”.

Se giró hacia Elena.

“Niña. Entrégate. Y dejo vivir a Kael. Es mi última oferta”.

Elena no respondió con palabras.

Abrió el vínculo al máximo.

Y lo lanzó contra Varis.

Varis cayó de rodillas. No por fuerza física. Por fuerza mental. El vínculo de Ceniza no era solo físico. Era mental, emocional, antiguo.

Varis gritó.

“¿Qué es esto? ¿Qué me estás haciendo?”

“Te estoy mostrando lo que se siente”, dijo Elena. “Sentir el dolor de la gente que mataste. Sentir el miedo de los niños que quemaste”.

Varis se tapó los oídos. “¡Cállate!”

“No”, dijo Elena. “Escucha. Escucha a tu hermano pidiéndote que pares. Escucha a los lobos que murieron por tu ambición”.

Kael se acercó. No para atacar. Para mirar.

“Termínalo”, dijo Roran desde atrás. Sangraba de tres cortes, pero seguía en pie.

Elena negó con la cabeza.

“No. No voy a convertirme en él”.

Soltó el vínculo.

Varis cayó al suelo, jadeando, temblando.

“Eres débil”, escupió. “Como tu madre”.

Elena se acercó.

“No. Soy más fuerte que tú. Porque yo no necesito matar para ganar”.

Levantó la mano.

La marca brilló.

Y Varis se quedó dormido. No muerto. Dormido. Un sueño sin sueños. Un castigo peor que la muerte para un hombre como él.

 

La batalla no terminó ahí.

Porque el consejo tenía un plan B.

Mientras Varis caía, los treinta cazadores restantes activaron las jaulas de plata. Jaulas enormes, diseñadas para contener a un alfa.

Y Kael estaba dentro de una.

Plata pura. Quema, debilita, mata lentamente.

Kael rugió de dolor. Cayó de rodillas. La piel se le ampollaba donde tocaba el metal.

“¡Kael!”, gritó Elena.

Roran se lanzó hacia la jaula, pero dos cazadores lo sujetaron.

Elena corrió. No pensó. Solo corrió.

Se metió en el círculo de la jaula.

La plata la quemó al instante. Dolor cegador. Como si le hubieran vertido ácido en la piel.

Pero no se detuvo.

Puso las manos sobre la jaula.

“¡Ábrete!”, gritó.

La marca brilló.

La jaula se calentó al rojo vivo. Los cazadores gritaron y soltaron.

Elena empujó con todo lo que tenía.

La jaula se partió en dos.

Kael cayó hacia adelante, inconsciente, quemado, pero vivo.

Elena lo atrapó antes de que tocara el suelo.

El costo fue inmediato.

Se desmayó.

 

Cuando despertó, estaba en la sala de ecos.

Acostada en el suelo, con Roran a un lado y Kael al otro. Ambos con la cara llena de preocupación.

“¿Vives?”, preguntó Roran. Su voz era ronca.

Elena intentó sonreír. “Sí”.

Kael le tomó la mano. Tenía quemaduras en los dedos, pero no le importó.

“No vuelvas a hacer eso”, dijo. “Nunca”.

“Lo haría otra vez”, dijo Elena. “Sin dudar”.

Roran se rió. Corto, sin humor.

“Eres una idiota valiente”.

“Gracias”, dijo Elena.

Fuera del refugio, la batalla seguía. Pero el sonido había cambiado.

Ya no era el sonido de una masacre. Era el sonido de una retirada.

“Se van”, dijo Kael. “Se enteraron de que Varis cayó. Sin él, no tienen líder”.

Elena se incorporó con esfuerzo.

“¿Y ahora?”

“Ahora”, dijo Roran, “se negocia. O se rinden. No tienen otra opción”.

Kael se puso de pie con esfuerzo.

“Vamos a verlo”.

Salieron los tres.

El valle estaba lleno de cuerpos. Algunos moviéndose, otros no. Lobos de Luna Plateada arrodillados, armas en el suelo.

En el centro, el consejo. Diez hombres y mujeres mayores. Sin Varis. Sin Drakar.

El Alfa del consejo, una mujer de setenta años llamada Mireya, se adelantó.

“Se acabó”, dijo Mireya. “Perdimos”.

Kael no respondió.

Elena dio un paso adelante.

“No perdieron”, dijo. “Ganaron la oportunidad de no morir hoy”.

Mireya la miró. Vio la marca en su muñeca. Vio la forma en que Kael y Roran se ponían a sus lados sin que ella se lo pidiera.

“¿Qué quieres, Luna de Ceniza?”, preguntó Mireya.

Elena respiró hondo.

“Quiero paz. Quiero que Luna Plateada reconozca a Ceniza como manada soberana. Quiero que el consejo se disuelva y se forme uno nuevo. Con representación de las dos manadas. Y quiero que nadie más me llame abominación”.

Mireya la miró largo rato.

Luego se arrodilló.

Los demás la siguieron.

“Paz”, dijo Mireya. “Bajo tus condiciones, Luna”.

Kael cerró los ojos. Alivio puro.

Roran exhaló. Por primera vez en veinte años, no estaba en guerra.

Elena sintió que las piernas le fallaban.

Kael la sostuvo antes de que cayera.

“Lo hiciste”, dijo. “Lo hiciste”.

Elena asintió.

“Lo hicimos”.

 

La guerra terminó a las 3:47 p.m.

No hubo fiesta. No hubo celebración. Solo silencio, y el sonido de los heridos siendo atendidos.

Elena pasó la noche en la sala de ecos, con Kael y Roran a su lado. No durmió. No podía. Había demasiadas cosas en su cabeza.

“¿Y ahora qué?”, preguntó a las 4 a.m.

“Ahora”, dijo Roran, “reconstruimos. Ceniza vuelve a ser manada. Luna Plateada se reforma. Y tú decides qué quieres hacer con nosotros”.

Kael la miró.

“Nosotros no vamos a presionarte, Elena. Si quieres irte, te ayudamos. Si quieres quedarte, nos quedamos contigo”.

Elena miró su muñeca. La marca ya no brillaba. Estaba ahí, tenue, como un tatuaje viejo.

“Yo no sé qué quiero”, dijo. “Solo sé que no quiero estar sola”.

Roran sonrió.

“En eso podemos ayudarte”.

Kael asintió.

Elena se recostó entre los dos.

Cerró los ojos.

Y por primera vez en una semana, durmió sin soñar con sangre.

 

Una semana después, Elena volvió a la biblioteca.

No como bibliotecaria.

Como Luna.

La gente la miró diferente. No con miedo. Con respeto. Con algo parecido a esperanza.

Kael y Roran la acompañaron. No se escondieron. No se separaron de ella.

La guerra había terminado.

Pero la historia de los tres apenas empezaba.

1
Rosa Pandui
Que suerte tiene
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