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El Precio De Una Promesa

El Precio De Una Promesa

Status: Terminada
Genre:Amor de la infancia / Traiciones y engaños / Amor eterno / Completas
Popularitas:844
Nilai: 5
nombre de autor: Marion Cecilia Coloma Aguirre

En las calles de Maipú, una promesa sellada con el corazón se convierte en un vínculo que ni siquiera la muerte puede vencer

NovelToon tiene autorización de Marion Cecilia Coloma Aguirre para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 10 Susurros que empiezan a crecer

Al principio eran solo palabras lejanas, algo que se escuchaba de pasada, entre murmullos que parecían no tener importancia.

Si alguien me decía algo que no encajaba con lo que yo sabía, simplemente lo descartaba, pensando que eran habladurías sin fundamento, de gente que no tenía nada mejor que hacer.

Pero con el paso de los días, esos susurros empezaron a acercarse más, a volverse más claros y a tomar forma, como si alguien los estuviera construyendo con cuidado para que parecieran verdades absolutas.

Seguíamos con nuestra rutina de siempre: levantarnos temprano, desayunar juntos, ir al colegio y volver a casa al caer la tarde.

Pero ahora, en los pasillos de la escuela o en las calles del barrio, notaba que las miradas ya no eran solo de respeto o curiosidad.

Había algo diferente, una sombra en la forma en que nos saludaban o en cómo desviaban la vista cuando pasábamos.

Nicole también lo notaba; a veces me lo comentaba con voz baja, frunciendo un poco el ceño, pero yo le decía que no le diera importancia, que era solo cosa de gente que no entendía lo que teníamos.

—Son cosas que dicen por envidia —le decía—. No hay nada más que eso.

Ella asentía, queriendo creerme, pero yo empezaba a sentir una pequeña inquietud que no lograba explicarme del todo.

Una tarde, mientras salía del colegio, un compañero que antes me trataba con confianza me detuvo un momento, miró a los lados como si temiera que alguien lo oyera y me dijo con tono de complicidad:

—Oye, Nicolás, solo te lo digo porque te tengo aprecio.

He escuchado cosas sobre Nicole…

Dicen que no es tan fiel como parece.

Que la han visto en lugares donde no debería ir, hablando con otros chicos.

No quiero que te engañen.

Me quedé helado por un instante, pero enseguida reaccioné con firmeza.

—Eso es mentira —le respondí—.

La conozco mejor que nadie.

No creas todo lo que oyes.

Me fui rápido, pero esa frase se quedó dando vueltas en mi cabeza, como una espina que no podía sacar.

Por más que quería desecharla, algo en mi interior hacía que no se fuera del todo.

No le dije nada a Nicole para no preocuparla, pensando que si lo ignoraba, esas palabras se desvanecerían solas.

Pero no fue así.

Al día siguiente, otro vecino me dijo algo parecido, con otros detalles, otros lugares, pero con la misma intención: sembrar la duda.

Del mismo modo, a ella también le llegaban sus propias historias.

Gente que se le acercaba diciéndole que yo andaba con otras chicas, que me veían salir de fiestas sin ella, que hablaba mal de nuestra relación a mis espaldas.

Al principio también lo negaba, segura de lo que sentíamos, pero cada vez que le llegaba un nuevo comentario, su sonrisa se apagaba un poco más, y sus ojos verdes, que antes brillaban con tanta luz, empezaban a mostrar una sombra de confusión.

Nuestra casa, que antes era un refugio donde todo estaba en su lugar, empezó a cambiar de clima.

Seguíamos teniendo las mismas cosas: el comedor amplio, la cocina bien equipada, el escritorio donde estudiábamos, la habitación espaciosa y el baño con el jacuzzi que tanto nos gustaba.

Nicole seguía poniendo sus adornos de color rosa, y yo seguía eligiendo los detalles en negro que nos daban equilibrio.

Pero ahora, en medio de esa misma calma, se colaba un silencio pesado, como si hubiera algo entre nosotros que no nos atreviéramos a decir en voz alta.

Cuando nos mirábamos, ya no era solo con amor, sino también con una pregunta silenciosa.

¿Será verdad lo que dicen?

Pero ninguno de los dos se atrevía a formularla, por miedo a herir al otro o a romper la magia que nos había mantenido unidos hasta entonces.

En las comidas hablábamos de cosas sin importancia, para no tocar el tema que nos carcomía por dentro.

En el jardín, ya no nos quedábamos tanto tiempo en silencio disfrutando del momento; ahora nos preguntábamos cosas para confirmar dónde habíamos estado o con quién, sin darnos cuenta de que cada pregunta era un golpe más a la confianza que habíamos construido con tanto cuidado.

Nuestras familias notaron ese cambio de inmediato.

Mis padres me preguntaban si algo pasaba, si teníamos problemas, y yo les decía que no, que todo iba bien.

Los padres de Nicole hacían lo mismo con ella, y ella respondía lo mismo.

Pero nadie podía engañarlos del todo; ellos sabían que algo había cambiado, aunque no sabían qué era ni de dónde venía.

Nadie imaginaba que fuera solo palabras, que historias inventadas fueran capaces de romper lo que parecía tan sólido.

Yo me repetía a mí mismo que debía confiar en ella, que sabía quién era, que esas mentiras no tenían fundamento.

Pero las palabras repetidas muchas veces, contadas por personas que parecían honestas, empiezan a hacer mella, incluso en el corazón más seguro.

Y así, sin darnos cuenta, esas semillas de duda que habían sembrado en la sombra empezaban a echar raíces, preparando el terreno para lo que vendría después, cuando la calma se rompería de golpe y nuestra burbuja perfecta estallaría en mil pedazos.

 

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