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“Crónicas Del Mundo Antes De Él”

“Crónicas Del Mundo Antes De Él”

Status: En proceso
Genre:Edad media / Mitos y leyendas / Mundo de fantasía
Popularitas:310
Nilai: 5
nombre de autor: kingofcurses_rb.

Veinticinco años antes de los eventos que cambiarían el mundo, la verdad permanecía oculta bajo silencio, sangre y recuerdos prohibidos.
Mientras antiguas fuerzas observan desde las sombras, personas marcadas por la pérdida, la culpa y la soledad intentan seguir adelante en un mundo que lentamente comienza a desmoronarse.
Esta es la historia de quienes existieron antes de la tragedia. Antes de los bucles. Antes de que alguien pudiera regresar de la muerte.

NovelToon tiene autorización de kingofcurses_rb. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9: Los hijos de la tragedia

Los días se convirtieron en semanas.

Y las semanas…

en meses.

El santuario jamás volvió a ser el mismo.

Muchas casas permanecieron destruidas. Varios elfos abandonaron el lugar. Y el miedo hacia la Maga Oscura de la Envidia creció todavía más después de aquella noche.

Pero para Cecilia…

todo había perdido color.

Ya no corría por el bosque. Ya no preguntaba historias absurdas. Ya no esperaba emocionada el regreso de su padre.

La sonrisa inocente de aquella niña parecía haberse quedado congelada junto al lago donde perdió a su madre.

Finalmente…

su padre tomó la decisión.

Debían abandonar el santuario.

Y así…

años después…

Cecilia llegó al Reino de Lytharia.

Tenía doce años.

El enorme reino humano era completamente distinto al santuario élfico.

Calles enormes. Castillos gigantes. Caballeros por todas partes. Y demasiadas personas observándola.

Algunos con curiosidad.

Otros…

con desprecio.

Porque seguía siendo diferente.

Cabello negro. Ojos amatista. Orejas élficas.

Y además…

era hija de una elfa.

El carruaje avanzó lentamente hacia el enorme palacio real mientras Cecilia observaba todo en silencio desde la ventana.

Su padre la miró preocupado.

—¿Estás bien?

La niña tardó unos segundos en responder.

—…Sí.

Pero era mentira.

Todavía soñaba con aquella noche.

Con sangre. Sombras. Y la voz de Alicia hablando sobre un chico que llegaría algún día.

Entonces el carruaje finalmente se detuvo.

Varias sirvientas esperaban cerca de la entrada principal.

Entre ellas…

tres niñas destacaban inmediatamente.

Trillizas.

Cabello oscuro. Ojos parecidos. Y expresiones completamente distintas.

La primera tenía una mirada seria y ligeramente agresiva.

La segunda parecía más tranquila y amable.

Y la tercera observaba a Cecilia con enorme curiosidad.

—Bienvenida a Lytharia, princesa Cecilia.

Las tres hicieron una pequeña reverencia.

—Mi nombre es Kaede. —Yo soy Airi. —Y yo Mio.

Cecilia parpadeó ligeramente sorprendida.

Las trillizas sonrieron suavemente.

Aunque Kaede parecía incómoda.

—Nos asignaron como sus sirvientas personales.

Mio se acercó un poco más emocionada.

—¡Tus ojos son muy bonitos!

Kaede inmediatamente la jaló hacia atrás.

—¡No te acerques tanto!

Airi soltó una pequeña risa cansada.

Por primera vez en mucho tiempo…

Cecilia sintió algo cálido.

Pequeño.

Pero cálido.

Como si tal vez… todavía pudiera encontrar personas buenas.

Sin embargo…

el reino entero también estaba sumido en tristeza.

Porque otra noticia había sacudido al continente entero.

La muerte de Anastasia Artea del Alba.

La Espada Santa había perseguido a Alicia después del ataque al santuario.

Y luchó contra ella una vez más.

Pero jamás regresó.

El cuerpo de Anastasia fue encontrado días después cerca de una región destruida por completo.

Montañas partidas. Bosques arrasados. Y rastros de una batalla monstruosa.

La mujer que protegía al continente había muerto.

Y esa noticia cambió muchas cosas.

Especialmente…

en la capital de Ostrum.

Dentro de una enorme mansión silenciosa…

un niño pequeño entrenaba solo bajo la lluvia.

Cabello plateado.

Ojos azules.

Y una espada demasiado grande para su edad.

Ren Artea del Alba.

Tenía apenas unos años.

Pero ya sostenía el peso de algo imposible.

El manto del Caballero Santo.

La bendición de la Diosa del Mundo había pasado a él tras la muerte de Anastasia.

Y eso…

solo empeoró todo.

—Otra vez.

La voz fría de un hombre resonó en el patio.

Lucios Artea del Alba.

El abuelo de Ren.

Un hombre alto de cabello gris y mirada dura.

Ren respiraba agitadamente mientras intentaba levantar nuevamente la espada.

Sus pequeñas manos temblaban.

—Más rápido.

Muy cerca de ellos…

otro hombre observaba en silencio.

Daniel.

El padre de Ren.

Sus ojos eran fríos.

Vacíos.

Porque cada vez que veía a su hijo…

recordaba a Anastasia.

Lucios apretó ligeramente los dientes.

—Si no hubieras recibido la bendición…

El pequeño Ren bajó lentamente la mirada.

Ya había escuchado esas palabras demasiadas veces.

—Anastasia seguiría viva.

El silencio cayó sobre el patio.

La lluvia golpeaba lentamente el cuerpo del niño.

Pero Ren no lloró.

Porque ya había aprendido algo.

Los caballeros no lloraban.

Incluso si dolía.

Incluso si eran solo niños.

Muy lejos de ahí…

en Lytharia…

Cecilia observaba la lluvia desde la ventana de su nueva habitación.

Sin saber…

que otro niño roto por la pérdida existía en alguna parte del continente.

Y que algún día…

sus destinos terminarían cruzándose.

Capítulo 9

Los hijos de la tragedia — Parte 2

La lluvia seguía cayendo suavemente sobre el Reino de Lytharia.

La habitación de Cecilia era enorme comparada con la casa donde vivía en el santuario.

Grandes ventanas. Cortinas blancas. Muebles elegantes. Y una cama demasiado grande para ella.

Pero aun así…

el lugar se sentía vacío.

Cecilia permanecía sentada cerca de la ventana observando la lluvia caer sobre los jardines del palacio.

Hasta que la puerta se abrió lentamente.

Las trillizas entraron juntas.

Kaede llevaba una bandeja con té. Airi cargaba varias mantas. Y Mio…

simplemente observaba todo con curiosidad.

—Trajimos algunas cosas para usted —dijo Airi suavemente.

Cecilia volteó ligeramente.

—No necesitan hablarme tan formal…

Kaede cruzó los brazos.

—Eres una princesa.

—Pero también soy una persona normal…

—Eso dicen todos los nobles al principio.

Mio se acercó rápidamente ignorando la conversación.

Sus ojos brillaban llenos de curiosidad.

—Cecilia…

—¿Sí?

—¿Cuántos años tienes?

Kaede inmediatamente abrió los ojos.

—¡Mio!

—¿Qué? Yo también quiero saber.

Cecilia parpadeó ligeramente sorprendida.

Luego inclinó un poco la cabeza.

—Bueno…

Las trillizas esperaron la respuesta.

—Tengo apariencia de una niña de doce años.

—Eso ya lo sabemos —dijo Kaede.

—Pero en realidad…

Cecilia sonrió un poco nerviosa.

—Tengo ciento doce años.

El silencio llenó la habitación.

Mio quedó completamente inmóvil.

Airi parpadeó confundida.

Y Kaede…

simplemente dejó caer una cuchara.

—…¿Qué?

Cecilia comenzó a ponerse nerviosa.

—E-Es normal entre elfos…

—¡¿NORMAL?!

Mio se acercó todavía más sorprendida.

—¡¿Tienes más de cien años?!

—¡No grites!

La niña élfica bajó ligeramente la mirada avergonzada.

—Es que el santuario es diferente…

Airi inclinó suavemente la cabeza.

—¿Diferente cómo?

Cecilia observó nuevamente la lluvia.

—El tiempo allí no funciona igual que afuera.

La habitación quedó en silencio mientras ella intentaba explicarlo.

—A veces pasa más rápido… a veces más lento.

Sus ojos amatista reflejaban la lluvia sobre el vidrio.

—Por eso los elfos pueden vivir muchísimo tiempo dentro del santuario.

Kaede frunció ligeramente el ceño.

—Entonces… ¿eres adulta?

—¡No!

Cecilia respondió inmediatamente.

—Mi cuerpo y mi mente siguen creciendo diferente… solo que el tiempo del santuario es extraño.

Mio parecía fascinada.

—Eso significa que técnicamente eres una abuela.

—¡No soy una abuela!

Airi comenzó a reír suavemente mientras Kaede suspiraba cansada.

Por primera vez desde que llegó a Lytharia…

la habitación se sintió viva.

Normal.

Incluso Cecilia terminó sonriendo apenas un poco.

Aunque aquella sonrisa desapareció rápidamente cuando miró otra vez la lluvia.

Porque el santuario…

ya no existía como antes.

Mio notó inmediatamente el cambio en su expresión.

—¿Extrañas tu hogar?

El silencio volvió.

Cecilia bajó lentamente la mirada.

Y después de unos segundos…

asintió.

—Mucho.

La habitación se volvió tranquila otra vez.

Nadie sabía exactamente qué decir.

Porque incluso siendo jóvenes…

las trillizas entendían que algunas heridas no podían curarse fácilmente.

Entonces Mio caminó lentamente hasta sentarse junto a Cecilia.

—Entonces nos aseguraremos de que no estés sola aquí.

Kaede cruzó los brazos mirando hacia otro lado.

—N-No es como si quisiera que estuvieras triste tampoco…

Airi sonrió cálidamente.

—Bienvenida a Lytharia, Cecilia.

Los ojos amatista de Cecilia temblaron apenas un poco.

Porque hacía mucho tiempo…

que no sentía algo parecido a pertenecer a algún lugar.

Muy lejos de ahí…

bajo la lluvia interminable de Ostrum…

Ren seguía entrenando solo.

Una y otra vez.

Una espada demasiado pesada para un niño.

Y un peso todavía más grande sobre sus hombros.

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