Tras un matrimonio que se desmorona en el silencio y la indiferencia, un encuentro fortuito la sumerge en la vorágine de una pasión que jamás creyó posible. Alejandro, un hombre enigmático y arrollador, emerge de entre las sombras de su pasado, trayendo consigo no solo un amor avasallador, sino también un turbulento secreto que podría destruirlos.
Isabella, una mujer que ha luchado por mantener en pie su independencia y su corazón, se ve arrastrada a un mundo de deseo incontrolable y decisiones prohibidas. A medida que sus cuerpos se entrelazan en encuentros que desafían toda convención, también lo hacen sus almas, forjando un vínculo que es tan peligroso como irresistible. Pero el camino del amor verdadero nunca es sencillo.
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Capitulo 9
Las palabras de Alejandro quedaron flotando en el aire, pesadas y ciertas, mientras Isabella intentaba recuperar el aliento. Sus labios aún ardían, sensibles e hinchados por la intensidad de ese beso robado, y su cuerpo vibraba con una energía que no reconocía, una que había permanecido dormida bajo capas y capas de indiferencia y rutina. Se miró en los ojos oscuros de él, que la observaban con una mezcla de triunfo y ternura, y por primera vez en años, se sintió verdaderamente vista, verdaderamente deseada, verdaderamente viva.
—¿Por qué tú? —susurró ella, con la voz temblorosa, sin apartarse de él, con las manos aún aferradas a su chaqueta como si temiera que desapareciera si soltaba—. ¿Por qué tuviste que aparecer tú para desordenarlo todo? Mi vida estaba… estaba tranquila.
Alejandro sonrió, y acarició su mejilla con la yema de los dedos, bajando despacio hasta su mandíbula, trazando el contorno de sus labios, que ella mordió suavemente al sentir el roce.
—¿Tranquila, Isabella? —respondió él, bajando la cabeza hasta que sus labios casi volvieron a tocar los de ella—. O simplemente… muerta. Porque yo vi lo que había en tus ojos mucho antes de que tú misma te dieras cuenta. Vi el vacío. Vi cómo te apagabas día tras día. Y no pude quedarme de brazos cruzados sabiendo que podías arder así, como ahora.
Isabella cerró los ojos, dejando que su tacto la invadiera. Tenía razón. Su vida con Leonardo había sido una fotografía en blanco y negro: ordenada, perfecta, estática, pero sin matices, sin luz, sin calor. Desde que llegó Alejandro, todo había estallado en colores vibrantes y peligrosos: rojos de pasión, negros de prohibición, dorados de promesas, azules de miedo. Colores que dolían, que emocionaban, que la hacían sentir que estaba viva de verdad.
—Me asustas, Alejandro —admitió ella, abriendo los ojos y sosteniendo su mirada—. Me asusta lo que me haces sentir. Me asusta lo que soy capaz de hacer solo por estar cerca de ti. Nunca nadie me había hecho sentir… esto. Nunca nadie me ha besado como si quisiera devorarme el alma.
—Porque nunca nadie te ha amado como yo lo haré —respondió él con firmeza, y bajó la mano hasta su cuello, donde su pulso latía rápido y desbocado bajo la piel suave—. Y te prometo, Isabella… que lo de hoy fue solo el principio. Si crees que esto es intenso… espera a ver qué pasa cuando no tengamos que escondernos, cuando pueda tocarte donde yo quiera, cuando pueda besarte hasta que olvides tu propio nombre.
Las palabras cayeron sobre ella como una caricia ardiente, encendiendo llamas allí donde antes solo había frialdad. Su mente comenzó a volar, dibujando escenas que jamás había imaginado, fantasías prohibidas que nacían de la memoria de ese beso y de la promesa en su voz. Podía imaginar sus manos recorriendo su cuerpo despacio, desvistiéndola de todo lo que la ataba, podía imaginar su boca bajando por su cuello, por su pecho, por cada rincón que nadie se había atrevido a explorar. Podía imaginarse a sí misma, desnuda y entregada, pidiendo más, siempre más, porque con él, una sola caricia no era suficiente.
—Dímelo —le susurró él, acercando sus labios a su oído, haciendo que un escalofrío le recorriera toda la columna—. Dime que tú también lo deseas. Dime que estás dispuesta a correr cualquier riesgo solo por sentirte así de viva otra vez.
Isabella levantó la cara, buscando sus labios, y respondió con una sinceridad que la sorprendió incluso a ella misma:
—Lo deseo. Lo deseo con toda mi alma, Alejandro. Y me da igual el riesgo… porque ahora que he probado esto, ahora que sé cómo se siente… no creo que pueda volver a vivir en blanco y negro nunca más.
Alejandro sonrió, satisfecho, y selló su respuesta con otro beso, más corto pero igual de profundo, antes de separarse despacio, obligándose a dejarla ir.
—Entonces prepárate, mi vida —dijo él, dándole la espalda para caminar hacia su coche—. Porque esto apenas comienza, y pienso llenar tu mundo de tantos colores… que nunca más querrás ver la oscuridad.
Isabella se quedó allí, apoyada en la puerta de su vehículo, con la respiración entrecortada y el corazón latiendo como un tambor. Lo vio irse, y supo, con absoluta certeza, que ya no había vuelta atrás. Su cuerpo, su mente y su alma ya no le pertenecían del todo. Habían despertado, y ahora, solo podían anhelar más de aquello que Alejandro le había dado.