Cuando Valentina Rojas, una joven fotógrafa que intenta reconstruir su vida después de una dolorosa traición, conoce a Alejandro Montenegro, un exitoso arquitecto marcado por secretos familiares, ninguno imagina que sus caminos terminarán unidos por el amor. Entre encuentros inesperados, malentendidos, rivales, sueños y sacrificios, deberán descubrir si el amor verdadero es capaz de superar cualquier obstáculo.
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el hombre bajo la lluvia
Valentina observó el mensaje enviado durante varios segundos.
"Sí. Me encantaría."
Parecían palabras simples, pero para ella significaban mucho más.
Durante más de un año había evitado cualquier posibilidad de enamorarse. Había levantado barreras alrededor de su corazón, convencida de que era la única forma de evitar volver a sufrir.
Y ahora estaba aceptando salir a tomar café con un hombre al que apenas conocía.
Un hombre que no podía sacar de su mente.
Dejó el teléfono sobre la mesa y caminó hasta la ventana de su apartamento. La ciudad brillaba bajo las luces nocturnas y, por primera vez en mucho tiempo, sintió una emoción diferente al mirar hacia el futuro.
No sabía qué ocurriría con Alejandro.
Tal vez nada.
Tal vez solo una amistad.
Pero la idea de descubrirlo la hacía sonreír.
Minutos después llegó otro mensaje.
"Entonces mañana a las cinco. Conozco una cafetería tranquila cerca del parque central."
Valentina respondió con rapidez.
"Perfecto."
Luego apagó el teléfono antes de seguir revisándolo cada dos minutos.
Aquella noche tardó bastante en quedarse dormida.
Y cuando finalmente lo logró, soñó con ojos grises y sonrisas tranquilas.
La mañana siguiente fue sorprendentemente larga.
Cada hora parecía durar el doble.
Valentina intentó concentrarse en el trabajo, pero sus pensamientos regresaban constantemente a la cita.
Porque sí.
Aunque técnicamente era un café entre dos personas que apenas se conocían, en el fondo sabía que era una cita.
Y eso la ponía nerviosa.
—Estás distraída.
La voz de Laura la hizo levantar la cabeza.
—¿Qué?
—Llevas cinco minutos mirando la misma fotografía.
Valentina observó la pantalla de su computadora.
Laura tenía razón.
—Solo estoy cansada.
—Claro.
La directora sonrió con evidente desconfianza.
—¿Tiene nombre ese cansancio?
Valentina sintió calor en las mejillas.
—Laura.
—Tiene nombre.
—No empieces.
—¿Quién es?
Valentina soltó un suspiro.
Sabía que no escaparía de aquella conversación.
—Alejandro Montenegro.
Los ojos de Laura se abrieron.
—¿El arquitecto?
—Sí.
—Vaya.
—¿Qué significa ese "vaya"?
—Significa que es increíblemente atractivo.
Valentina no pudo evitar reír.
—Eso no ayuda.
—¿Y van a salir?
—Solo tomaremos café.
—Ajá.
Laura levantó una ceja.
—Y yo soy astronauta.
A las cuatro y media de la tarde, Valentina ya estaba lista.
Había cambiado de ropa tres veces.
Se había peinado dos veces.
Y había considerado cancelar al menos una docena de veces.
Finalmente decidió que estaba actuando de forma ridícula.
Era solo un café.
Nada más.
Tomó su bolso y salió del apartamento.
El parque central estaba lleno de personas disfrutando de la tarde.
Niños jugando.
Parejas caminando.
Familias compartiendo helados.
La cafetería elegida por Alejandro era pequeña y acogedora, con grandes ventanales y mesas de madera oscura.
Cuando entró, lo vio inmediatamente.
Estaba sentado cerca de una ventana.
Llevaba una camisa azul oscuro con las mangas ligeramente remangadas.
Y estaba leyendo algo en su teléfono.
Por alguna razón, el corazón de Valentina se aceleró.
Alejandro levantó la vista.
Y sonrió al verla.
Aquella sonrisa volvió a provocar la misma reacción.
La misma sensación cálida.
La misma extraña felicidad.
—Hola.
—Hola.
Él se puso de pie.
—Me alegra que vinieras.
—A mí también.
Ambos tomaron asiento.
Durante unos segundos compartieron una pequeña incomodidad.
No desagradable.
Simplemente natural.
La de dos personas que desean conocerse mejor.
—¿Cómo estuvo tu día? —preguntó Alejandro.
—Largo.
—¿Mucho trabajo?
—Demasiado.
—Eso es bueno.
—Lo es.
Valentina sonrió.
—Significa que estoy haciendo algo bien.
La conversación comenzó lentamente.
Pero poco a poco fluyó con naturalidad.
Hablaron de sus trabajos.
De sus familias.
De sus sueños.
Y descubrieron algo curioso.
Aunque provenían de mundos completamente distintos, compartían muchas cosas.
Ambos amaban la creatividad.
Ambos valoraban la honestidad.
Ambos creían que el éxito significaba mucho más que dinero.
El tiempo pasó sin que ninguno lo notara.
Cuando salieron de la cafetería, el cielo estaba cubierto de nubes oscuras.
—Creo que va a llover —comentó Valentina.
—Eso parece.
Apenas terminó de hablar, las primeras gotas comenzaron a caer.
Y en cuestión de segundos la lluvia se volvió intensa.
—Bueno, eso fue rápido.
Alejandro rió.
—Muy rápido.
Corrieron hasta una pequeña marquesina cercana.
Pero el refugio era insuficiente.
El viento arrastraba el agua hacia ellos.
Valentina comenzó a reír.
Y Alejandro la observó.
Durante un instante olvidó todo lo demás.
La lluvia.
La ciudad.
Las personas.
Solo veía a aquella mujer riendo bajo la tormenta.
Y comprendió algo que llevaba días intentando ignorar.
Le gustaba.
Mucho más de lo que debería.
La lluvia continuó cayendo con fuerza.
Valentina extendió una mano y dejó que las gotas golpearan su piel.
—Siempre me ha gustado la lluvia.
Alejandro la observó.
—¿En serio?
—Me recuerda que algunas cosas simplemente suceden.
—No entiendo.
Ella sonrió.
—No puedes controlar una tormenta.
No puedes impedir que llueva.
Solo puedes decidir qué hacer cuando ocurre.
Alejandro permaneció en silencio.
Aquellas palabras parecían tener un significado más profundo.
Como si hablara de algo más que el clima.
—Eres una persona interesante, Valentina.
Ella lo miró.
—¿Eso es un cumplido?
—Sí.
—Entonces gracias.
La lluvia comenzó a disminuir poco a poco.
Y el silencio entre ellos se volvió cómodo.
Uno de esos silencios extraños que solo aparecen cuando dos personas disfrutan simplemente estar juntas.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
La voz de Valentina rompió finalmente la tranquilidad.
—Claro.
Ella dudó.
—La fotografía.
—¿Qué ocurre con ella?
—Dijiste que era la imagen más honesta que alguien te había tomado.
Alejandro bajó ligeramente la mirada.
—Sí.
—¿Por qué?
Durante unos segundos pareció debatirse internamente.
Como si estuviera decidiendo cuánto revelar.
Finalmente habló.
—Porque la mayoría de las personas solo ve lo que he construido.
La empresa.
Los proyectos.
El éxito.
—¿Y tú qué ves?
Él levantó la vista.
Sus ojos grises se encontraron con los de ella.
—Un hombre que todavía intenta superar muchas cosas.
Valentina sintió que algo se apretaba en su pecho.
Porque reconocía esa sensación.
Ella también llevaba heridas.
También intentaba reconstruirse.
Tal vez por eso se entendían tan bien.
—Todos tenemos cicatrices —dijo suavemente.
Alejandro sonrió.
—Supongo que sí.
Cuando finalmente la lluvia cesó por completo, comenzaron a caminar por el parque.
Las calles brillaban bajo las luces de la ciudad.
El aire olía a tierra mojada.
Y el mundo parecía extrañamente tranquilo.
Valentina se dio cuenta de que había pasado más de tres horas con Alejandro.
Y no quería irse.
Aquello la sorprendió.
Porque no recordaba la última vez que había disfrutado tanto la compañía de alguien.
Llegaron a la entrada de su edificio poco después.
Ninguno parecía apresurado por despedirse.
—Gracias por el café —dijo ella.
—Gracias por aceptar la invitación.
Valentina sonrió.
—Creo que fue una buena decisión.
—Yo también.
Durante un instante ninguno habló.
Había algo en el aire.
Algo nuevo.
Algo delicado.
Una emoción que todavía no tenía nombre.
Pero que ambos podían sentir.
—Buenas noches, Valentina.
—Buenas noches, Alejandro.
Ella comenzó a caminar hacia la entrada.
Pero antes de entrar, se volvió.
Alejandro seguía allí.
Observándola.
Y por primera vez desde que se conocieron, ninguno apartó la mirada.
Porque ambos estaban empezando a comprender que aquello no era una simple amistad.
No era casualidad.
No era un encuentro pasajero.
Era el comienzo de algo mucho más grande.
Algo capaz de cambiar sus vidas para siempre.
Y ninguno de los dos estaba preparado para lo rápido que sus corazones comenzarían a acercarse.