Segunda parte: Derritiendo el Ducado
El príncipe heredero Christopher tiene veintiséis años, un carisma inigualable, intensos ojos azules y al Imperio entero presionándolo para que elija esposa y tome el trono. Para la alta sociedad, él es solo el carismático, bromista y despreocupado heredero a la corona.
Sin embargo, detrás de esa fachada perfecta y de sus constantes chistes, él guarda un gran y oscuro secreto: es el líder de las Black Shadows, un asesino despiadado y el espadachín más letal del Imperio, un hombre que ama el olor a sangre y que planea llevarse su verdadera identidad a la tumba.
Su plan de mantenerse soltero se desmorona cuando se cruza con una duquesa fuera de lo común. Ella no es una sumisa dama noble y, tras haber reencarnado en ese mundo, guarda el arma más peligrosa de todas: sabe perfectamente quién es el monstruo detrás de la corona. El juego del gato y el ratón ha comenzado, y el "principito" está a punto de descubrir que su prometida tiene las llaves de su
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Capítulo 1: La máscara y el filo
El banquete en el Palacio Imperial era, como cada año, una tortura envuelta en seda y oro.
Christopher apoyó la barbilla en su mano, mirando con fingido aburrimiento cómo una fila interminable de jóvenes nobles intentaba captar su atención. Tenía veintiséis años, el título de heredero al cuello y una paciencia que se agotaba más rápido que el vino de su copa.
—Christopher, hijo —la voz del Emperador resonó en el salón, ahogando la música de las cuerdas—. La estabilidad del trono depende de una unión sólida. Es hora de que dejes de lado tus juegos y elijas una consorte antes del cambio de estación.
A su lado, Cédric y Alissa observaban la escena, acompañados por sus hijos, quienes jugaban ajenos a la tensión del momento. Cédric soltó una pequeña risa que logró que Christopher lo fulminara con la mirada. Era evidente que su amigo estaba disfrutando demasiado de verlo acorralado.
Christopher se puso en pie, su sonrisa narcisista dibujándose en sus labios con la precisión de un actor experimentado.
—Padre, ya sabes que mi corazón es tan volátil como el clima de la capital —dijo, guiñándole un ojo a una de las hijas del Duque, quien se sonrojó al instante—. Además, ¿qué sería de este Imperio sin el misterio de mi soltería? Rompería demasiados corazones si me comprometo hoy.
Las risas contenidas de los cortesanos lo rodearon, confirmando que su máscara de "príncipe despreocupado y algo tonto" funcionaba a la perfección. Nadie sospechaba que, detrás de ese despliegue de vanidad, su mente estaba contando los segundos para que terminara la farsa.
Horas más tarde, la elegancia del Palacio fue reemplazada por la humedad punzante de los barrios bajos.
Christopher ya no era el príncipe rubio que regalaba sonrisas. Vestido de pies a cabeza con un uniforme de cuero negro, con el rostro parcialmente oculto tras una máscara sencilla, se movía como un espectro entre las vigas del almacén. Sus hombres, las Black Shadows, esperaban la señal en silencio absoluto.
El objetivo estaba allí: un alto funcionario del Ministerio de Finanzas, un hombre que se llenaba los bolsillos vendiendo niños a los mercados de esclavos del sur. El tipo temblaba, intentando negociar con un cuchillo en la garganta.
Christopher aterrizó frente a él sin emitir un solo sonido. No hubo discursos, ni juicios, ni palabras de redención.
Christopher desenvainó su estoque. El acero brilló bajo la tenue luz de la luna, y en un movimiento fluido, casi elegante, le cortó la garganta con una frialdad que helaba la sangre. Observó cómo la vida se escapaba del funcionario, deleitándose con ese aroma metálico que emanaba de la herida.
Se acercó al cuerpo, limpiando su espada con un trozo de tela, disfrutando del horror absoluto que aún reflejaban los ojos del hombre muerto.
—La corrupción es una mancha que solo se limpia con hierro —susurró Christopher, su voz ahora carente de toda alegría.
Mientras sus hombres terminaban de despejar la zona, él se guardó el arma. Mañana volvería a ser el principito narcisista que bromeaba en el banquete, pero esta noche, en la oscuridad, Christopher había sido exactamente lo que él quería ser: un monstruo capaz de todo.