Miriam Bloomson debía ser la protagonista de la historia.
Pero cuando el destino cambió y el futuro que recordaba desapareció, comprendió que ya no tenía un lugar en la trama.
Así que tomó una decisión:
desaparecer junto con ella.
Sin embargo, fingir su muerte fue mucho más fácil que escapar de las consecuencias.
La historia que conocí desapareció… así que decidí desaparecer con ella.
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Un cliente frecuente y muchas ventas
La tienda abrió sus puertas tres días después.
Tres días enteros de trabajo.
Tres días bendiciendo armas.
Tres días organizando estanterías.
Tres días descubriendo que una tienda era mucho más difícil de manejar de lo que parecía.
Pero al final estaba lista.
Y Lina estaba orgullosa.
Muy orgullosa.
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La primera mañana entraron varios curiosos.
Un soldado compró una daga.
Un aventurero adquirió una cuerda.
Y un anciano pasó media hora observando una espada sin comprar absolutamente nada.
—¿Le interesa?
Preguntó Lina.
—No.
—Entonces, ¿por qué la mira?
—Es bonita.
Y siguió observándola.
Los clientes eran extraños.
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Poco antes del mediodía entró un grupo de soldados.
Lina sonrió inmediatamente.
Los soldados eran excelentes clientes.
Especialmente porque las armas se rompían con frecuencia.
—Bienvenidos.
Uno de ellos dejó una espada sobre el mostrador.
—Escuchamos que bendices armas.
—Correcto.
—¿Funciona?
—Si no funcionara ya habría cerrado.
El hombre pareció convencido.
Minutos después vendió dos espadas y una lanza.
Su primera venta importante.
Cuando los soldados se fueron, Lina observó las monedas.
—Muajajajaja...
Luego miró alrededor.
—Nadie escuchó eso.
La campanilla volvió a sonar.
Y esta vez reconoció inmediatamente al visitante.
Leonhart.
—Veo que sobreviviste.
Comentó él.
—Y ya hice varias ventas.
—Felicidades.
—Estoy pensando en volverme absurdamente rica.
—Qué objetivo tan noble.
—Lo sé.
Trabajo muy duro para ello.
Leonhart negó con la cabeza mientras sonreía.
Mientras hablaban, siguieron llegando clientes.
Un cazador compró flechas.
Dos aventureras adquirieron cuchillos.
Un guardia pidió mantenimiento para su espada.
Y Lina descubrió algo importante.
Le gustaba vender.
Mucho.
Especialmente porque conocía las armas.
Sabía aconsejar.
Sabía identificar problemas.
Y sabía exactamente qué recomendar según cada cliente.
—Necesito algo resistente.
Dijo un aventurero.
—Entonces no compres eso.
Respondió ella señalando una espada.
—¿Por qué?
—Porque la romperás en dos semanas.
El hombre terminó comprando otra más cara.
Y salió satisfecho.
—Eres buena en esto.
Comentó Leonhart.
—Lo sé.
—Qué humilde.
—También soy excelente siendo humilde.
—Eso ni siquiera tiene sentido.
—Detalles.
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Durante los días siguientes, Leonhart siguió visitando la tienda.
A veces compraba algo.
A veces solo conversaba.
Y otras veces observaba cómo Lina atendía clientes.
Lo cual era bastante entretenido.
Porque cada persona recibía una respuesta diferente.
—¿Esta espada es buena?
—Sí.
—¿Y esta?
—No.
—¿Por qué?
—Porque es horrible.
—Eso no explica nada.
—Pero es verdad.
Las ventas continuaron creciendo poco a poco.
Nada espectacular.
Pero suficientes para mantener el negocio funcionando.
Y cada vez que vendía una nueva arma bendecida, Lina sentía la misma satisfacción.
Había escapado de una historia que no quería vivir.
Había cruzado medio continente.
Había construido una nueva vida.
Y ahora tenía una tienda exitosa.
Además de un cliente misterioso que aparecía con sospechosa frecuencia.
Aunque todavía no sabía exactamente qué pensar sobre eso.
Lo único que tenía claro era una cosa.
El Imperio Carmesí estaba resultando mucho más interesante de lo que había imaginado.
......................
La tienda cerró más tarde de lo habitual.
Había sido un buen día. No espectacular, pero sí suficiente para dejar a Lina satisfecha. Varias ventas, algunos clientes nuevos y, como siempre, la presencia constante de Leonhart apareciendo por la tienda como si fuera parte del mobiliario.
—Empiezo a sospechar que te gusta este lugar más que tu propia casa.
Leonhart levantó una ceja mientras ayudaba a bajar una de las cortinas.
—¿Y si fuera cierto?
—Entonces deberías empezar a pagar alquiler.
—Qué cruel.
—Los negocios son los negocios.
Cuando terminaron de cerrar, Lina se quedó observándolo unos segundos.
—Sube.
—¿Perdón?
—Te prepararé algo de cenar.
—¿Eso es una invitación?
—Es una recompensa por cargar cajas, traer clientes y soportar mis discursos sobre armas.
—Suena razonable.
Subieron al segundo piso.
La casa era sencilla pero acogedora. Nada de mármol, candelabros gigantes o muebles absurdamente caros.
Solo un hogar.
Y a Lina le gustaba así.
Mientras preparaba algo rápido de comer, Leonhart observó el lugar.
—Todavía me sorprende que hayas comprado una casa tan pequeña.
—¿Y a mí me sorprende que sigas viniendo aquí?
—Punto para ti.
Ella sonrió.
Minutos después ambos estaban sentados frente a la mesa.
La conversación comenzó de manera normal.
Con comida.
Luego con el negocio.
Después con los clientes.
Y terminó derivando hacia cualquier tema que se les ocurriera.
—¿Cuál fue el cliente más extraño de hoy?
Preguntó Leonhart.
—El anciano de siempre.
—¿El que mira espadas?
—El mismo.
—¿Compró algo?
—No.
—Increíble.
—Empiezo a pensar que está enamorado de una de las espadas.
Leonhart soltó una carcajada.
—Eso explicaría muchas cosas.
Después de cenar se trasladaron al pequeño mueble de la sala.
Era más cómodo.
Y ninguno parecía tener prisa por terminar la conversación.
Lina apoyó la cabeza en el respaldo.
—¿Sabes qué es raro?
—¿Qué?
—Que me resulte tan fácil hablar contigo.
Leonhart la observó.
—¿Eso es raro?
—Bastante.
—¿Por qué?
Ella se encogió de hombros.
—Nunca fui muy buena haciendo amigos.
Aquello era cierto.
Ni como Lina.
Ni como Miriam.
Leonhart permaneció en silencio unos segundos.
—Yo tampoco.
—No te creo.
—¿Por qué?
—Porque tienes cara de persona competente.
—Eso no tiene ninguna relación.
—Claro que sí.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Los dos terminaron riendo.
La conversación continuó.
Hablaron de viajes.
De caballos.
De comida.
De ciudades.
Incluso de sueños absurdos.
Y sin darse cuenta fueron acercándose poco a poco.
No de forma intencional.
Simplemente ocurrió.
Primero porque querían escucharse mejor.
Luego porque ninguno prestó atención.
Y finalmente porque estaban demasiado concentrados hablando.
Lina fue la primera en notarlo.
Levantó la vista.
Y se quedó inmóvil.
Estaban muy cerca.
Mucho más cerca de lo normal.
Por un instante ninguno dijo nada.
Solo se observaron.
Los ojos grises de Leonhart parecían más claros bajo la luz de las lámparas.
Y Lina descubrió algo incómodo.
Era bastante atractivo.
Muy atractivo.
Lo cual era una información completamente innecesaria.
Su cerebro decidió entrar en pánico.
—Bueno.
Dijo de repente.
—Eso fue raro.
—Un poco.
Respondió él.
Pero ninguno se movió inmediatamente.
Lo que hizo que la situación fuera todavía más extraña.
Y también más incómoda.
Y curiosamente...
ninguno parecía tener demasiadas ganas de romper aquel momento.
Hasta que Lina carraspeó.
—Creo que deberías irte.
—Probablemente.
—Sí.
—Sí.
Pero aun así tardaron varios segundos más en levantarse.
Cuando finalmente Leonhart llegó a la puerta, ambos parecían ligeramente avergonzados.
—Gracias por la cena.
Dijo él.
—Gracias por la ayuda.
—Nos veremos mañana.
—Probablemente.
Leonhart sonrió.
Y se marchó.
Lina cerró la puerta lentamente.
Luego apoyó la frente contra la madera.
Leonhart se había ido.
Y aun así, Lina seguía apoyada contra la puerta.
—Esto es ridículo.
Se apartó rápidamente.
Después caminó hasta la sala.
Luego volvió a la cocina.
Después regresó a la sala.
Y finalmente se dejó caer sobre el mueble.
—Definitivamente es culpa de esta casa.
Porque claramente no era culpa de la situación.
Ni de la cercanía.
Ni de la forma en que se habían quedado mirándose.
No.
La culpable era la casa.
Una teoría impecable.
Completamente lógica.
Y absolutamente falsa.
Lina tomó uno de los cojines y se cubrió el rostro.
—¿Por qué estoy pensando en esto?
Había asuntos más importantes.
Su negocio.
Sus bendiciones.
Las nuevas ballestas.
Las futuras ganancias.
Las gloriosas ganancias.
Eso era mucho más interesante.
Muchísimo más.
Sin embargo, cuando intentó concentrarse en las cuentas, descubrió que recordaba perfectamente la sonrisa de Leonhart.
—Maldición.
Dejó caer la cabeza sobre la mesa.
Aquello era peligroso.
Muy peligroso.
Porque había escapado de una novela romántica precisamente para evitar dramas.
Y ahora estaba empezando a encariñarse con el.
pinta interesante 🤭🥰🤭🤣