La guerra terminó, pero la pesadilla acaba de despertar.
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CAPÍTULO 9: EL PACTO DE LAS SOMBRAS
El silencio en el callejón era una trampa física. Elías Vane estaba colapsado contra una pared de ladrillo desmoronada, con la respiración convertida en un silbido agónico que indicaba que el aire apenas llegaba a sus pulmones. Sus costillas fracturadas habían llegado al límite de la resistencia humana. Jake, con el fusil en guardia y el sudor frío empapándole el rostro, barría la penumbra con la linterna táctica.
De las sombras, sin emitir un solo roce, empezaron a surgir los Silenciosos. No eran como los otros infectados; sus movimientos eran fluidos, casi elegantes, y sus rostros estaban sellados por una membrana de hongo translúcida que les impedía emitir cualquier sonido. Eran cazadores de puro instinto.
—Elías, levántate...
—susurró Jake, sintiendo que el pánico le oprimía la garganta. Eran demasiados.
Justo cuando el primer Silencioso se disponía a saltar, un fogonazo de magnesio cegador iluminó el callejón. Una figura pequeña y ágil descendió de una escalera de incendios, lanzando dos botes de humo químico que empezaron a sisechar un gas denso y verdoso.
—¡Si queréis seguir respirando, moveos ahora!
—ordenó una voz femenina, firme y cargada de una autoridad eléctrica.
La muchacha, que no aparentaba más de dieciocho años, agarró a Jake por el brazo con una fuerza sorprendente. Jake, sin dudarlo, cargó con el peso de Elías y la siguió a través de una trampilla oculta bajo un contenedor de basura. Descendieron por una red de túneles industriales, estrechos y calientes, donde el olor a metal quemado camuflaba su rastro humano.
Finalmente, llegaron a un espacio amplio: una antigua estación de bombeo convertida en un campamento improvisado. Había camastros, luces LED de baja intensidad y un orden que Jake no esperaba encontrar fuera de Aegis.
—Dejadlo en esa camilla
—ordenó la joven, quitándose la capucha y revelando un rostro de rasgos afilados, ojos oscuros y una cicatriz que le cruzaba el puente de la nariz. Era Elena.
Elena ignoró a Jake por un momento y se centró en Elías. Sus manos se movieron con una destreza quirúrgica sobre el torso del Comandante.
—Tiene tres costillas fracturadas y un hematoma interno que pronto empezará a presionar el pulmón derecho. Necesita estabilización inmediata si quieres que vuelva a caminar.
—¿Quién eres? ¿Por qué nos has ayudado?
—preguntó Jake, sin soltar su fusil.
Elena se giró y lo miró fijamente. Jake sintió una extraña punzada; había algo en la mirada de esa chica que lo desarmaba. No era la frialdad científica de Alexia, sino una chispa de supervivencia pura y salvaje.—Me llamo Elena. Y te he ayudado porque tú no hueles como los demás. Hueles a alguien que todavía tiene dudas. La mayoría de los que vienen de la montaña están tan programados que son tan aburridos como los infectados.
Elena se acercó a Jake, acortando la distancia de forma desafiante.—Puedo curar a tu amigo. Tengo antiinflamatorios reales y un fijador óseo que nosotros mismos destilamos de la biomasa. Pero nada es gratis en San Francisco.
—Dime qué quieres
—respondió Jake, intentando mantener la voz firme.
—A unos dos kilómetros de aquí hay una antigua estación meteorológica en una torre de comunicaciones. Necesito que recuperes la caja negra del servidor principal. Contiene datos atmosféricos de los últimos tres meses. Necesitamos saber cómo el cambio en el patrón de las esporas está afectando a nuestras defensas. Mis hombres están heridos o vigilando el perímetro. Tú eres joven, rápido y tienes ese acero que brilla en tu cinturón.
Jake miró a Elías, que dormitaba bajo el efecto de un sedante suave que Elena le había administrado.
—Si lo hago... ¿él estará a salvo?
—Estará en el lugar más seguro de la ciudad
—aseguró Elena con una sonrisa ladeada
—Y cuando vuelvas, quizás te des cuenta de que la "cura" de tu Alexia no es la única forma de sobrevivir en este infierno. Algunos hemos aprendido a vivir con la Red sin convertirnos en ella.
Jake aceptó el pacto. Mientras Elías quedaba bajo el cuidado de los hombres de Elena en la seguridad del búnker, Jake salió a la superficie acompañado por la propia Elena para la misión de reconocimiento.
Caminaron por los túneles de servicio. Jake observaba a Elena moverse; era como ver a un depredador en su hábitat natural. Ella no luchaba contra el entorno; se mimetizaba con él.
—¿De verdad crees que Alexia puede erradicar el virus?
—preguntó Elena de repente, mientras trepaban por un conducto de ventilación
—Vuestra jefa cree que la humanidad es un paciente que hay que sanar. Nosotros creemos que el mundo simplemente nos ha descartado. No buscamos una cura, buscamos un equilibrio.
Esa frase golpeó a Jake. Durante toda su vida, Alexia había sido la verdad absoluta. Pero aquí, entre las ruinas y la sangre, la pragmática supervivencia de Elena empezaba a tener un sentido oscuro y tentador.
Llegaron a la torre de comunicaciones. Era un pilar de acero envuelto en zarcillos fúngicos que palpitaban con una luz azulada. Jake tuvo que escalar por el exterior, sintiendo el viento gélido de la bahía azotándole el rostro, mientras Elena cubría el acceso inferior con un arco compuesto de poleas silenciosas.
La misión fue un éxito, pero el regreso fue una pesadilla. Tuvieron que atravesar una zona de "biblioteca de carne", donde los recuerdos de los antiguos ciudadanos de San Francisco estaban proyectados en las paredes de hongo. Jake vio imágenes de familias, de risas, de una vida que nunca tendría.
—No mires, Jake
—susurró Elena, agarrándole la mano para guiarlo en la oscuridad
— Eso es solo comida para la Red. Concéntrate en el presente. Concéntrate en mí.
Al volver al campamento, Elías ya estaba consciente, con el torso fajado de nuevo y una mirada de sospecha hacia Elena. Jake le entregó la caja negra a la joven, quien lo miró con una fijación que no ocultaba su interés.
—Has cumplido, soldado
—dijo Elena, rozando el hombro de Jake con sus dedos fríos
—Ahora, deja que curemos del todo a tu comandante. Tenemos mucho de qué hablar sobre lo que realmente hay en la Catedral.
Jake se sentó junto al catre de Elías, sintiendo que algo dentro de él se había fracturado más profundamente que las costillas de su maestro.
La lealtad hacia Alexia seguía ahí, pero el aroma de la supervivencia de Elena y la realidad de la ciudad muerta habían empezado a sembrar una duda que el acero de Marco no podía cortar.