Sophia Clarkson, 17, heredera de Luna Plateada.
Kael Drevon, 24, rey de reyes de Colmillo Negro.
No se conocen. Pero el hilo los encontró.
A 600 kilómetros, ella se quema las manos para no correr hacia él.
Él apoya la frente en vidrio frío para no decir su nombre.
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*Parte 1: El Despacho y la Bestia*
La pluma de obsidiana raspaba el pergamino con un sonido seco, como hueso contra hueso.
Kael no alzaba la vista. Hacía tres horas que firmaba, tratados de paz con reyes que se traicionarían antes del deshielo. Acuerdos de caza con clanes que morían de hambre. Sentencias de muerte para ladrones que robaron pan. Tinta negra sobre papel grueso. Mano firme. Pulso de acero.
El despacho de piedra de Colmillo Negro estaba helado. No por el invierno. Por el rey que había visto morir a todos los que amó.
Y entonces el enlace en su mente explotó.
_“¡Kael! Nos atacan. Ahora.”_
Voz de Rafe. Urgente. Cubierta de nieve y sangre.
_“Son muchísimos. Lobos de guerra. Del tamaño de caballos. Pelaje marrón. Ojos rojos. El alfa al frente. El mismo que le arrancó el colmillo a Bran.”_
Voz de Toren. Calma. Letal. Como siempre.
Kael dejó la pluma. La tinta manchó el tratado. Lo arruinó. Le dio igual.
“Que los guerreros protejan la manada a toda costa” - ordenó por el enlace. “Formen círculos alrededor de los hogares. Escudos arriba. Lanzas afuera. Ningún cachorro toca el suelo”.
Afuera, los aullidos empezaron. Acero contra colmillo. Gritos. Los primeros gritos.
Kael cruzó el despacho en tres zancadas. Empujó la puerta de roble. La hizo astillas. Los consejeros retrocedieron. Vieron sangre en sus manos. No era suya. Todavía.
El patio era caos. Nieve pisoteada hasta volverse barro rojo. Sus guerreros formaban el círculo, como ordenó. Hombro con hombro. Escudos juntos. Detrás, las mujeres empujaban a los cachorros hacia los sótanos.
Rafe estaba al frente. Su hacha de guerra ya cantaba. Bajaba, subía, y cada bajada era un cráneo partido. Sangre caliente le salpicaba la cara. Cada golpe era un juramento: “Ninguno toca a Kael”.
Toren no estaba en el frente. Aparecía detrás de un lobo enemigo, le clavaba la daga envenenada en la base del cráneo, y desaparecía. Sonreía mientras mataba. “Por la manada” - susurraba.
Pero eran muchísimos. Y sus guerreros eran 80.
Por cada lobo marrón que caía, tres más saltaban los muros. Kael sintió la muerte antes de verla.
Un colmillo atravesó el hombro de Dren, el chico de los establos. Lo vio caer de rodillas. Lo vio cuando el segundo lobo le destrozó la garganta.
Dren murió mirando hacia el despacho. Mirando a Kael.
Y ahí se quebró.
Rabia. Culpa. Dolor de rey. Todo explotó en el pecho.
Los tres colmillos tatuados sobre su pecho ardieron como hierro al rojo. Ulf. Bran. Padre.
El dolor lo tiró de rodillas en la nieve roja. Garras se le clavaron en los muslos. Gritó.
Pero no fue un grito humano.
Fue el grito de un dios viejo al que le tocan su altar.
Los consejeros se quedaron paralizados. En quince años de reinado, Kael nunca se transformó. Siempre peleó como hombre. Nadie conocía a la bestia que dormía bajo su piel.
Hasta hoy.
Huesos se rompieron. Su columna se alargó, se engrosó. Músculo se desgarró y volvió a nacer más denso. La piel se abrió y de adentro salió oscuridad pura. Pelo negro como la noche sin luna. Garras del tamaño de espadas cortas.
Dejó de ser hombre.
El aire se volvió más frío. Las antorchas bajaron como si algo se lo estuviera comiendo.
Frente a muchísimos lobos marrones, frente a su manada aterrada, ahora había algo peor.
Amarok.
Enorme. Más alto que tres hombres juntos. Pelaje negro que absorbía la luz. Ojos dorados, líquidos, antiguos. Sin miedo. Sin piedad.
Solo dos no retrocedieron.
Rafe escupió sangre y sonrió: _“Por fin, Amarok. Te esperé toda la guerra”_.
Toren limpió su daga: “Le pusimos nombre cuando tenías doce. Amarok. El lobo que no duerme. El que despierta cuando tocan a la manada”.
Amarok levantó la cabeza. Abrió las fauces. Colmillos blancos del tamaño de dagas.
Y aulló.
El sonido partió el hielo de las Montañas de Hueso. Las avalanchas empezaron a caer. Las murallas vibraron. Las antorchas se apagaron.
Los más de 70 lobos marrones retrocedieron un paso. Por primera vez, el miedo les cruzó los ojos rojos.
Rafe levantó su hacha: “¡Círculo! ¡Nadie se mueve! ¡Esta es pelea de reyes!”
Toren se subió a la muralla. Dagas en mano. “Si uno se mueve, muere”.
Amarok bajó la cabeza. La nieve bajo sus patas se derritió y volvió a congelarse. Mostró los colmillos.
El alfa marrón, manchado de sangre vieja, bajó la cabeza y cargó.
voy a estar subiendo capitulos día por medio. así tengo tiempo de planificar y crear. espero que le guste. estaba haciendo otra novela. pero no me convencio, asiq espero que está si puedan disfrutar. muchas gracias y cualquier cosa que quieran decirme bienvenido sea❤️❤️❤️❤️🥰🥰🥰🥰