"Julián me destruyó, pero Alexander me reconstruyó para ser su arma... y su obsesión."
Micaela era una sombra, una mujer invisible que amó al hombre equivocado. Julián Ferrante no solo la abandonó embarazada en un callejón; se aseguró de que el mundo la olvidara. Pero mientras ella daba a luz en el fango, unos ojos grises la observaban desde la oscuridad.
Alexander Rossi, el implacable CEO de Industrias Rossi, no la encontró por milagro. La eligió. La rescató con un contrato de sangre y oro: su vida y la de su hijo a cambio de su libertad. Ahora, Micaela ha regresado. Ya no pide clemencia, exige deudas. Pero tras la máscara de la esposa perfecta del CEO, Micaela descubre que su salvador es un carcelero mucho más peligroso.
En esta guerra de imperios, Micaela aprenderá que el precio de su venganza es pertenecer en cuerpo y alma al hombre que planeó su ascenso mucho antes de que ella cayera.
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Cadenas de seda
La noche había caído sobre la ciudad, pero en el ático de la mansión Rossi, la atmósfera estaba cargada de una electricidad peligrosa. Alexander se había quitado el saco y la corbata, dejando los primeros botones de su camisa blanca abiertos. Se servía un whisky mientras observaba a Micaela a través del reflejo del gran ventanal.
Ella se estaba quitando los pendientes de diamantes frente al tocador. Sus movimientos eran mecánicos, elegantes, pero Alexander notaba la rigidez en sus hombros.
—Julián está acabado, Micaela —dijo él, su voz vibrando en la habitación silenciosa—. Mañana sus acciones caerán un veinte por ciento. He dado la orden de empezar la compra hostil de su constructora. Para el viernes, tú serás la accionista mayoritaria de la empresa que te humilló.
Micaela se giró, dejando los diamantes sobre la mesa. —Es lo que acordamos, Alexander. Justicia.
—No —Alexander dejó el vaso y caminó hacia ella, sus pasos firmes resonando en el suelo de madera—. Acordamos que serías mi esposa. Pero te comportas como una empleada eficiente que cuenta los minutos para salir de la oficina.
Se detuvo justo detrás de ella. Micaela sintió el calor que emanaba de su cuerpo, ese olor a madera y peligro que la confundía. Él puso sus manos sobre los hombros de ella, apretando suavemente.
—Eres mi esposa ante el mundo, Micaela. Y en este contrato, yo soy el que pone las reglas. Te di una vida nueva, te di a tu hijo sano, te di el poder de aplastar a Ferrante. ¿Y qué recibo yo a cambio? ¿Silencios de hielo?
—Recibes lo que dice el contrato, Alexander —respondió ella, tratando de mantener la voz firme aunque su corazón latía con fuerza—. Una imagen impecable, lealtad en los negocios y...
—Y a ti —le interrumpió él, girándola bruscamente para que lo mirara a los ojos—. Te quiero a ti. No a la muñeca que fabriqué. Quiero que me mires sin odio, quiero que entiendas que lo que yo poseo, lo protejo hasta la muerte.
Alexander la tomó de la cintura, pegándola a su cuerpo. Micaela puso sus manos sobre el pecho de él, sintiendo el latido rítmico y poderoso de su corazón. Había una intensidad en la mirada gris de Alexander que la asustaba; no era solo deseo, era una obsesión territorial.
—No soy un objeto que puedas comprar y guardar en una vitrina, Alexander —susurró ella, desafiante—. Me sacaste del fango, pero no me hiciste libre. Solo cambiaste mi dueño.
—Exacto —Alexander bajó la cabeza, rozando su nariz con la de ella—. Cambié a un dueño que te desechó por uno que mataría por ti. ¿Tan difícil es de aceptar?
En un arrebato de rebeldía, Micaela intentó zafarse, pero Alexander la sujetó con más fuerza, su brazo rodeando su espalda como una cadena de acero. La besó con una urgencia que sabía a posesión, un beso que no pedía permiso, sino que reclamaba territorio. Micaela luchó un segundo, pero luego, contra su propia voluntad, sintió una chispa de fuego recorrerle la espalda. Era el poder de ese hombre, su fuerza bruta y su protección lo que la seducía a pesar del odio.
Se separaron jadeando. Alexander mantenía su frente contra la de ella.
—Mañana irás al hospital —murmuró él, su voz ronca—. Gabriel será trasladado a la mansión. He instalado una unidad médica completa en el ala este. Ya no tendrás que verlo por un monitor. Estará aquí, contigo.
Los ojos de Micaela se llenaron de lágrimas. —¿De verdad?
—Soy un hombre de palabra, mi reina —Alexander le acarició la mejilla con el pulgar—. Pero recuerda el trato. Tu hijo está en mi casa. Tú estás en mi casa. Ambos son míos. Si alguna vez intentas traicionarme o escapar, recuerda que el CEO Rossi es mucho más cruel que Julián Ferrante cuando le roban lo que le pertenece.
Micaela asintió, sintiendo el peso de la jaula de oro. Tenía a su hijo de vuelta, tenía su venganza en marcha, pero ahora sabía que Alexander Rossi nunca la dejaría ir. Ella era la joya de su corona, su posesión más preciada, y el juego del CEO apenas estaba mostrando su cara más oscura.
Mientras Alexander salía de la habitación, Micaela se quedó sola, mirando el anillo en su dedo. Había ganado la guerra contra Julián, pero la batalla contra el hombre que la "propiedad" del CEO acababa de empezar.